Viernes 10.07.2020 - 22:40

Cuadernos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Leo que en las escuelas de Finlandia —espejo de todos los sistemas educativos del planeta— los niños dejarán de aprender a escribir a mano porque van a recibir clases de mecanografía para escribir directamente en los teclados. Sin duda esa corriente pedagógica y digital terminará imponiéndose en todo el mundo, lo cual acarreará la progresiva desaparición de lápices, bolígrafos, rotuladores y estilográficas, por no hablar de los cuadernos, los blocs de notas y los papeles

artesanos.

Carezco de autoridad para opinar sobre las ventajas o desventajas de tamaño cambio de paradigma, mas sí puedo proclamar el inmenso placer que me produce escribir a mano, semejante al que me produce acariciar cualquier trasto de escribir como las antiguas máquinas, los frascos de tinta o los tipos emplomados de los abolidos talleres de tipografía.

Desde hace años, cada vez que viajo a países remotos y ciudades literarias, compro lápices, cuadernos, sacapuntas y papeles verjurados que atesoro como alhajas, porque pienso que a mis hijos, a mis futuros nietos y a los que vengan más adelante, les parecerá un regalo poseer tales reliquias.

Somos los últimos habitantes de un estilo de vida que se extingue, y nada como la caligrafía, los dibujos y los libros subrayados para dejar fragmentos vivos de nuestra efímera humanidad. En realidad, quienes tenemos la costumbre de garabatear los libros escribimos una suerte de autobiografía en fichas, márgenes u hojas de respeto.

Hace unos días me puse a hojear un libro que subrayé hace más de veinte años. ¿Cómo dialogarán los nietos de mis nietos con los subrayados que les aguardan en esta biblioteca que algún día será centenaria aunque todavía no haya cumplido los sesenta? Cuando era alumno universitario adquirí la costumbre de resumir en un cuaderno los libros que leía para mis estudios, y más de una vez releyendo aquellos apuntes me he sentido hermano mayor e incluso padre del muchacho que fui. Tal vez dentro de unos años me sienta su abuelo y entonces no me importe perdonarme.

A comienzos de los noventa, mi madre me obsequió algo que ella consideraba un tesoro personal: los poemas que mi abuela copiaba a mano en unos papeles que recibí cuando carecía de la conciencia que ahora tengo y que me vino de sopetón el día que cumplí los cincuenta. ¿Cómo así la mamama

Manuela copiaba versos de Amado Nervo, Rubén Darío, Villaespesa o Herrera y Reissig? ¿Se los entregaría la mamama en persona para que los salvara o tal vez mi madre los encontró en un cajón mientras vaciaba armarios una desolada mañana de enero de 1973? Ya nunca podré saberlo, porque la memoria de mi madre se disuelve risueña en una niebla mágica. Sin pena, sin prisa, sin dolor.

En casa guardamos poemas y dibujos de mi suegro Eduardo, las postales que el joven teniente Iwasaki le mandaba a su madre desde la helada Ilave y más de un cuaderno, tarjeta o esquela manuscrita. Por eso quiero que los cuadernos de casa le expliquen a quienes me sobrevivan por qué tantos libros, tantos árboles y tantas memorias, porque sospecho que las computadoras, las tabletas y los pendrives de ahora se volverán inútiles como los disquetes antiguos o su contenido se disolverá en otra niebla, como los chats del WhatsApp de una BlackBerry reseteada.