Cuba, una muchacha que se bana en un arroyo de furias encontradas

Confirma tribunal expulsión del Real Madrid de Copa del Rey
Por:

Carlos Olivares Baró/carlos.olivares.baro@hotmail.com

Conocí a Rubén Cortés Fernández (Pinar del Río, Cuba, 1964) en el apartamento del novelista Eliseo Alberto en un almuerzo dominguero de frijoles negros, arroz blanco, carne ripiá, yuca con mojo y helado de coco con panetela que el autor de Informe contra mí mismo prepara con devoción para los amigos. Hicimos química rápidamente. Me gustó el humor guajiro de su habla, llamó la atención la recordación paquidérmica que exhibía: hablábamos de Cuba y de su destino político; Rubén refería fechas y datos con tanta precisión que me pareció un acto de petulancia.

Más tarde supe que era un gesto de respeto por la crónica de la Isla. “Saber la historia, salvaje*, del lugar donde naciste con exactitud es demostración de cariño; los amores tienen que ser puntuales o no son amores…”, me confesó después. Empezamos a coincidir en los convites de Lichi y nos unió otra pasión: la música popular cubana. Un día vi cómo derramaba blanduras y caricias sobre su hijo Santino: decidí en ese mismo instante, que un tipo así tan delicadamente papá tenía que ser mi amigo.

Hay reporteros que informan con gestión rayana pero nunca se entusiasman, no se comprometen; Rubén es un apasionado: lo he visto en varias encomiendas periodísticas y de su pecho aflora el delirio. Meticuloso, exigente y preciso, se puso un traje de camuflaje militar y se marchó a la guerra última de Afganistán e Irak para después escribir un libro crudo y triste, Crónicas de guerra. Afganistán e Irak en el frente de batalla (Cal y Arena, 2003). Cuando la noticia de los tres pescadores náufragos (nueves meses a la deriva del océano) nos sorprendió, a Rubén no le bastó el cuento oficial y se fue a entrevistarlos. De ese encuentro nació el impecable reportaje Nueve meses en la eternidad. Historia de tres náufragos mexicanos (Cal y Arena, 2007).

Cincuenta años de “Revolución” con los Castro liderando, por arbitraje personal, el destino de 10 millones de cubanos. Un Fidel enfermo con presencia en las decisiones de su hermano presidente; y Rubén llega con un manual de crónicas espléndidas: ¡Cuba, Cuba! 9 historias verídicas de la vida en la isla (Ediciones Cal y Arena, México, 2009) que desmenuzan –sin aversión ni odios– algunos de los enigmas del escenario real de esa Isla tantas veces pronunciada en estos tiempos de incertidumbres, dolencias y borrascas. “Son sucesos robados a mis amigos en conversaciones. Intento reunir voces dispersas y que todos los cubanos de aquí y de allá se vean reflejados…”, me dice un Rubén recatado, sin aspaviento ni ínfulas de escritor: en sus ojos de campesino se observa el gozo de un niño que ha realizado bien su tarea escolar y nada más.

La escritura como designio: decir la patria es abrir los portones del corazón para que el mundo sepa un poquito más de estos 600 meses de asombro que los cubanos tenemos tatuado en el aliento de los huesos.

¡Cuba, Cuba! es un libro cifrado en la lluvia de la querencia: derrocha amor en cada una de sus páginas. La cadencia de su prosa nos pone en vilo y los sucesos que se cuentan son tan contundentes que sólo le queda a uno la posibilidad de la fruición. Se revela un Rubén Cortés certero contador de historias; se confirma el oficio de un periodistas discípulo de la estirpe de los grandes (Norman Mailer, Truman Capote, Hemingway, García Márquez, Eliseo Alberto, Lino Novás Calvo, Fernando Benítez o Kapuscinski). Cuba y su circunstancia tantas veces manoseada por mercaderes y oportunista de la noticia. Rubén se arriesga y se lanza al ruedo. El resultado no puede ser mejor: estamos en presencia de un manual que nos acerca al arcano de esa Cuba que despierta pasiones y desencuentros.

Los búfalos del comandante corretean por los terrenos de su latifundio; el pelotero Anglada al fin encuentra la justicia; el trovador Silvio Rodríguez es multado por un policía oriental; “Nosotros” y “Un montón de estrellas” se juntan en los azares de dos pinareños inmortales en tumbas olvidadas; las madres revisan los güevos de sus hijos; el sexo, deseo consumado en la escuela al campo donde se forma el hombre nuevo perdido en la calina de las sombras de una utopía abrumada por el desaliento. Nadie se llama Pedro, Juan o Alberto, como Dios manda: un monte de Yoelvis, Yuniet, Yasmany y Yuliesky invade los juzgados municipales de inscripciones de nacimientos: máscaras para descubrirse “verdaderos”, los jóvenes cubanos quieren pertenecer aunque sea por designación a otra realidad.

Cuba es una muchacha que se baña en un arroyo de furias encontradas. Rubén sabe calmar las iras y domar el agua de los aborrecimientos desde el frontispicio de la veracidad. Cuaderno con buena cuota de fervores y anhelos: el periodismo cubano necesitaba estas nueve cucharadas de abluciones sosegadas.

*Vocativo usado por Rubén para apodar a sus amigos.

fdm