El “enfant terrible”, en sus propias palabras

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Un prodigio de creatividad, el artista excesivo del escenario, monstruo del entretenimiento, un incansable viajero e incansable conversador, Orson Welles cumple 100 años y aún no cabe celebrarlo en su justa medida.

Fue un renovador cultista del teatro en su país, el cual dotó de referencias inusitadas al radiodrama; fue quien otorgó una estatura seria y consciente al cine y luego a la televisión. Todo lo que abordó, lo desbordó razonadamente, lo condujo a nuevos límites, lo dinamitó y lo reconstruyó con creces.

En el teatro —que cultivó arduamente desde su infancia— causó revuelo a los 21 años con su Macbeth vudú que lo puso en la mira, y lo disparó hacia el estrellato. Nunca en su vida de cineasta, que es lo que se llega a recordar, dejó de actuar o de producir teatro, y hasta su última aparición en las tablas en 1956, con un mórbido Rey Lear atroz, incomodó a su público con inteligencia.

En la radio también incursionó con precocidad, a los 25 años había adaptado, dirigido, narrado y no pocas veces protagonizado, semana a semana, poco más de 70 horas de novelas, obras dramáticas y relatos que impusieron nuevos antecedentes en la historia de esa vertiente espectacular del medio.

Hasta entonces el radiodrama no conocía superproducciones tan serias, y Welles puso a su servicio una compañía de teatro entera, una treintena de músicos, frente a los que Bernard Hermann arreglaba y componía música original, y un artificioso repertorio de sonidos que hacían las delicias del hogar de costa a costa de Estados Unidos.

En esa escalada radial, y siendo Orson ya un showman que trabajaba 20 horas al día, llegó La guerra de los mundos, la brillante y radical adaptación (por su dejo de realismo inédito) de la obra de H.G. Wells que el 30 de octubre de 1938 puso en órbita a Welles y le abrió como a nadie las puertas de Hollywood para consagrar su carrera como director con El ciudadano Kane (1941).

Esta megalomaníaca ópera prima puso de cabeza a la farándula, conduciendo el pueril chismorreo de folletín a ámbitos políticos, pues se develaban sobreentendidos vergonzosos de personajes imponentes e importantes.

Trocó, de paso, los negocios que tienen que ver con el cine, pues al develar aquello, la estructura de esa industria cultural se tambaleó: no había candidez ni inocencia ni en el dinero, ni en toda la grandeza de la fábrica de los sueños.

Al adentrarse en el cine, Welles que venía de fuera, lo hizo de manera analítica, otorgándole a este arte un rostro nuevo, a la vez adusto y fértil. Le dio al séptimo arte la sofisticación de una conciencia y esa fue su perdición. Después de ese choque cultural no pudo redondear un proyecto cinematográfico sino hasta bien entrada la década del 60, con El proceso (1962), o Campanadas a la medianoche (1966).

Obsesionado con la sala de edición, y habiendo concluido un filme que resulta ser el non plus ultra de la moviola, F for fake (1973), emprendió un viaje que aún hoy no concluye.

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