Lunes 3.08.2020 - 22:07

Homo homini lupus

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Ilustración Francisco Lagos La Razón

Nunca supimos qué tan inútiles nos habíamos convertido como especie hasta que un buen día tuvimos el infortunio de recibir una tormenta solar que frió todos nuestros instrumentos electrónicos. En todas nuestras pesadillas apocalípticas, la mitad del mundo quedaba destruida y la población diezmada y los supervivientes deambulaban de un lado al otro visitando grandes supermercados abandonados donde siempre había latas, o casas vacías de las cuales saquear alimentos o encontrar refugio.

En todas nuestras pesadillas, lo poco de la raza humana era capaz de subsistir con lo que quedaba, nunca pensamos en nuestra dependencia a la tecnología y en zonas densamente pobladas donde los alimentos llegaban de diversas partes del mundo e incluso el agua era bombeada desde kilometros de distancia, si teníamos hambre sacábamos nuestro celular y buscábamos en Internet dónde comer o recetas para hacer, todos nuestros insumos, libros, ropa y demás elementos de nuestra vida diaria estaban a un click de distancia. Nuestra dependencia era absoluta, aire acondicionado, refrigeradores, transporte, entretenimiento, salud... nuestra inutilidad era absoluta.

En el día en que la tormenta solar llegó, el planeta entero se fue apagando poco a poco y no tuvimos advertencia alguna, no hubo posibilidad de aviso pues los medios de comunicación se apagaban y lo único de lo que nos enteramos fue de que el gran apagón había dejado a oscuras Europa, África, América, Oceanía, Asia. La desesperación provocó disturbios e incendios pero, no el cataclismo de muertes que todos los libros de Ciencia Ficción predijeron. 7,000’000,000 de personas incomunicadas e inútiles, desesperadas y desconectadas.

Sólo fue cuestión de tiempo para que los alimentos de las grandes ciudades se terminaran y el hambre obnubilara nuestra tecnodependiente especie, y cuando hay hambre, no hay razón que subsista. Lo primero en desaparecer fueron los animales domésticos, perros, gatos y palomas se convirtieron en la primera fuente de alimentación, quisiera decir que eso fue a lo máximo que llegamos, pero no, la barbarie hizo presa en nuestra sociedad, la ley del más fuerte, el abandono de todo aquello que nos hacía civilizados en un planeta en el que sólo el 1% sabía cultivar, cazar o pescar y en el que 99%, al menos en teoría, sabía cómo matar.

La naturaleza nos llevó a la cúspide y nos dejó caer. Atrofiados como especie, dependientes de todo sin ser autosuficientes en nada. Siempre es más fácil culpar que aceptar nuestra culpa, así que, los gobiernos fueron los primeros en desaparecer y después de condenarlos masivamente, les prendimos fuego y nuestra mayor vergüenza fue como el olor nos hacía salivar, era cuestión de tiempo que llegáramos a este punto y con llanto en los ojos, no por ellos, sino por nosotros y nuestra decadencia, saboreamos su carne de burócratas.

Como siempre, los límites que nos ponemos son siempre en abundancia, en carencia no los tenemos y sólo hace falta romperlos una vez para seguir rompiéndolos una y otra y otra vez.

Nunca, ninguna de nuestras pesadillas nos llevó a convertir en realidad la frase de “Homo homini lupus”, el hombre es el lobo del hombre y ahora, como manadas regidas sólo por el hambre, cazamos y nos devoramos entre nosotros porque ya no hay otra cosa que devorar. Antes nos dividíamos en clases sociales, raza, religión... ahora sólo somos presas o cazadores dependiendo de qué tan fuertes o débiles seamos.

Dicen que en algunos lugares todavía existe algún remedo de civilización donde los niños leen, los hombres y mujeres se ayudan y los campos siguen produciendo. Dicen que aún hay esperanza, pero esos lugares que estaban a horas en avión, ahora están a meses de marcha y nadie se atreve a marchar sin comida, sin bebida y sabiendo que en cualquier momento, en soledad, puedes ser cazado y devorado.

Quizá llamarnos lobos no sea adecuado, somos más como una plaga de langostas que después de devorar y destruir todo a nuestro paso, no nos quedó de otra que volvernos hacia nosotros mismos. Quizá me trato de justificar a mí mismo y quitarme el sabor de la culpa que me da el sabor de la carne al ser depredador de mi propia especie y un inútil en la pirámide alimenticia con los demás animales. Quizá podamos sobrevivir a nuestra barbarie pero nunca seremos los mismos.

Espero que en unas décadas este escrito sea leído y nos perdonen... si es que queda alguien que sepa leer.