La poesia visual de Mathias Goeritz

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Por:

Fotos Daniela Hernández

La poesía no es sólo un puñado de letras que intenta contener el mundo. La poesía es una serpiente, un “lamento incrustado en el muro más luminoso”, según la definió el escultor, pintor y arquitecto Mathias Goeritz, uno de los creadores más relevantes en el arte del siglo xx. Visionario y polémico, su concepción artística estuvo marcada por la huella de su propia historia: el exilio y la guerra.

En una carta que envió a su madre, Goeritz escribió: “Me siento como andando a través de un pasado remoto, en un extraño ambiente bíblico y no sé cómo coordinar esta nueva realidad con aquella otra de la que estoy huyendo”.

Werner Mathias Goeritz Brünner nació en Danzing, Alemania, en 1915, y cuatro años después fue llevado a Berlín. En 1931 se inscribió a la carrera de medicina, renunciando casi de inmediato para integrarse a la Escuela de Artes y Oficios de Berlín. En 1941 fue enviado a trabajar al área cultural del consulado alemán en el norte de África. Pasó de ser un agente gubernamental a ser un artista en busca del mundo moderno. Al término de la Segunda Guerra Mundial se vio obligado a viajar a España, por ser uno de los pocos países que ofrecía asilo a los alemanes.

España es el lugar donde inicia su verdadera búsqueda estética. Fundó la Escuela de Altamira, un pequeño taller de arte experimental que tenía como objetivo vincularse y difundir las vanguardias españolas y las corrientes plásticas europeas que se gestaban entre los años de 1947 y 1948.

Fue entonces cuando Mathias comenzó a desarrollar un arte más sintético, donde la figuración pierde terreno; una estética en la que predomina la geometría, es decir, un trabajo con formas puras mediante el cual intenta desvincularse de su pasado alemán, y que lo sitúa como un creador de avanzada.

En 1949, Mathias Goeritz llegó a México, donde vivió el resto de sus días y maduró la idea de su poesía escultórica y de la arquitectura como una visión estética marcada por un sentido espiritual.

En su Manifiesto de la arquitectura emocional escribió:

El arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo. Pero existe la impresión de que el arquitecto moderno, individualizado e intelectual, está exagerando a veces —quizá por haber perdido el contacto estrecho con la comunidad— al querer destacar demasiado la parte racional de la arquitectura.

En México consolidó su carrera, formó parte del movimiento de la Ruptura y se enfrentó al desdén de los representantes de corrientes estéticas como el muralismo, quienes lo acusaron de “cosmopolita, decadente y agente del imperialismo”. Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros lo descalificaron como “un simple simulador, carente en absoluto del más mínimo talento y preparación para el ejercicio del arte del que se presenta como profesional” e, incluso, exigieron su deportación a Europa.

Esta “guerra fría cultural” y los momentos culminantes de su obra son los ejes de la magna exposición El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional, organizada por el Museo Nacional Centro Arte Reina Sofía de Madrid, que ahora se presenta en el Palacio de Iturbide, en la Ciudad de México, como parte de los festejos por el centenario del nacimiento de Goeritz.

La muestra reúne más de quinientas piezas en diversos formatos: pintura, escultura, fotografía y dibujo. En ella se recorre el legado que dejó en España, México e Israel, también los momentos más representativos de su trayectoria —el Museo Experimental El Eco, las Torres de Satélite y la Ruta de la Amistad, entre otros—, así como sus manifiestos, la poesía visual y la lucha política que enfrentó a lo largo de cuarenta años.

la Guerra fría cultural

Francisco Reyes Palma, curador de la exposición, dedicó una parte importante de la muestra a la guerra cultural que Goeritz vivió en México, como una forma de mostrar el contexto sociopolítico.

—Lo que ayuda a entender qué pasa con Mathias es el Edificio del Museo Experimental El Eco, su obra-manifiesto de la arquitectura emocional. Cuatro años después de llegar a México, un mecenas le ofrece hacer lo que él quiera y Mathias diseña El Eco. Ya que necesitaba autosustentarse, funcionaba también como restaurante y bar. Lo que Goeritz construye ahí es una propuesta que tiene mucho que ver con lo que hizo en España: dar difusión al arte en Estados Unidos, ésa era su propuesta. Él quería dar a conocer un tipo de creación que no tenía visibilidad en México. Y eso fue, en esencia, una llamada a la confrontación directa con el grupo de muralistas mexicanos que mantenía la hegemonía del arte desde la década de 1920. El hecho de que El Eco fuera un esfuerzo de la iniciativa privada lo enfrentó también con el Estado, que apoyaba al movimiento mural ya que éste reafirmaba las acciones del gobierno como instancia de integración nacional.

El Eco, cuyo proceso creativo puede apreciarse en El retorno de la serpiente, fue un espacio que intentó difundir el arte experimental y operó como bastión del “abstraccionismo”, inspirado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Mientras esto sucedía en 1952, en París se llevaba a cabo la gran exposición de arte mexicano, un símbolo del triunfo de la pintura mural (Siqueiros, Rivera, Orozco, entre otros).

—Después de que El Eco se inaugura —añade Reyes Palma—, a los pocos meses muere el mecenas y el museo termina convertido en un cabaret. Después, Mathias es nombrado museógrafo de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), lo que significó una competencia directa al muralismo y en especial a Fernando Gamboa, quien tenía el control del arte mexicano destinado a la exportación.

El 15 de junio de 1954, el periódico Excélsior publicó una nota sobre la protesta por la asignación a Mathias Goeritz de ese cargo en la unam: “Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros censuran el nombramiento”; el siguiente mes (como se puede comprobar en la exposición), en el diario Nuevo San Carlos se decía: “Siqueiros, Rivera y alumnos de San Carlos derrotan a los malinchistas”.

—Aquí es donde se manifiesta —precisa Reyes Palma— la gran discusión que tiene lugar entre los muralistas y Goeritz, por qué suceden tantas confrontaciones y por qué lo quieren echar del país. Como extranjero, él no se podía meter en política de manera clara, de ahí que su estrategia fue trabajar desde sus obras y las organizaciones privadas, sin confrontarse con este grupo.

Tres momentos clave

Después del Museo Experimental El Eco, hay tres momentos clave para entender la trayectoria artística de Goeritz: son las Torres de Satélite, la Ruta de la Amistad y el Espacio Escultórico en la unam.

Las Torres de Satélite son un gran ejemplo de la arquitectura emocional, es decir: un objeto que puesto en un espacio lo activa y genera una serie de reacciones. Reyes Palma da cuenta en la exposición de cómo las Torres provocan tal respuesta que, de hecho, se convierten en el símbolo de la modernidad y el progreso en México.

—Toda esta visión desarrollista que se da en la posguerra —señala Reyes Palma— puede apreciarse en las Torres de Satélite. Por otro lado, la Ruta de la Amistad que Goeritz concibió para las Olimpiadas Culturales de México 68 y que sin duda se desdibujó después de un crimen de Estado como el que sucedió en Tlatelolco, fue una propuesta cultural muy fuerte (el corredor escultórico más grande del mundo, con 17 kilómetros y 19 obras de artistas de distintos países), que quiso mostrar a México como un país de cultura, aunque finalmente apareció como un país de barbarie. La Ruta de la Amistad es una respuesta a lo que planteó Siqueiros cuando decía: “No hay más ruta que la nuestra”.

El tercer momento significativo para Goeritz, también otra asignación de la unam, fue el Espacio Escultórico, un proyecto importante para la tradición escultórica de México y que reunió la obra de artistas mexicanos como Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Hersúa, Sebastián y Federico Silva.

—Goeritz deja en este proyecto una herencia de escultores que se vuelven virales, ya sin ningún concepto y apartados de la arquitectura emocional. Me refiero, sí, a los artistas que hacen megaobras que sólo tienen un sentido decorativo, y a quienes han masificado los recursos. El abuso ha destruido el sentido del arte público. Aunque no quiero decir con esto que Mathias producía obras puras: las Torres de Satélite —caracterizadas por su intensidad y fuerza— son, de hecho, un gran anuncio para promover un proyecto inmobiliario, aunque él las llamara Oraciones Plásticas.

De acuerdo con el curador, “La Bitácora” es una de las piezas más importantes de El retorno de la serpiente. Es una suerte de biografía intelectual, un cuaderno de notas donde podemos ver las fotografías y los avances de sus proyectos, las anotaciones sobre sus obras y las referencias a los cristos y los campos de concentración. Es una prueba de su desarrollo como artista y de cómo fue fijando sus posiciones estéticas.

Goeritz también fue un representante muy temprano de la poesía visual a escala monumental, como se muestra en esta exposición. Recreó la escultura a través de las emociones y fue un poeta de la arquitectura.