Viernes 25.09.2020 - 06:08

Panait Istrati, el escritor vagabundo

Cae taxista que asaltó a joven en Tlalpan y sí queda preso
Por:

Ilustración Rafael Miranda Bello La Razón

Un día Panait Istrati (1884-1935) salió de Braila, la ciudad que cruza el río Danubio. Era el hijo de un contrabandista griego y de una campesina rumana. A su padre nunca lo conoció y con su madre, dedicada a lavar ropa ajena, vivió en su infancia y primera adolescencia una dura miseria en la cual, sin embargo, el agobio era interrumpido por pequeñas alegrías.

Él fue a la escuela primaria pagada por el Ayuntamiento y luego contaría que las historias de guerras, de reyes, de emperadores y de príncipes aprendidas en los libros escolares, se las relataba por las noches a su madre analfabeta. El gozo de ella sembró en su espíritu el ser un narrador.

Vivió en los peores barrios de la ciudad, donde pululaban no sólo obreros humildes, cargadores, comerciantes, sino también maleantes, borrachos perdidos, prostitutas. Cuando ya no pudo ir a la escuela trabajó de ayudante en una pastelería y después como mozo en una taberna. Pero la inquietud —la atracción por el mundo representado por los barcos arribados al puerto—, motivaba su ansia de aventura, la necesidad de partir.

Huyó en un tren hacia Bucarest; la suya era una verdadera fuga para evitar el arraigo, el matrimonio pobre, la desesperanza. Y en la capital rumana encontró trabajo en una imprenta y se volvió corrector de pruebas, un oficio de autodidacta útil para escritores o filósofos en formación. Se convirtió al socialismo y se entregó a una militancia idealista que lo acercó al anarquismo, leyendo como textos bíblicos las obras de Proudhon, Kropotkin, Bakunin.

Y al ser perseguido por sus ideas buscó refugio en un país extranjero, en Turquía donde conoció la cárcel sórdida de Estambul pues al ser robado por un amigo de viaje no pudo pagar su cuarto de hotel. Ese tema de la amistad fue fundamental en su vida y en su obra; entre sus libros dedicados a ese vínculo humano, destacan: Codine, Michael,La vida de Adrián Zograffi, Kyra Kyralina. Él dijo: “La Amistad, he aquí la suprema felicidad. ¡Pero cuántas veces me ha engañado mi corazón!”.

Después vino el peregrinaje por Grecia, Siria, Egipto, vivió en Constantinopla, Atenas, Beirut, Medina, Jerusalén, El Cairo, Alejandría.

Trabajó de marino, de albañil, de alfarero y fue también un vagabundo, por lo cual durmió debajo de los puentes y mendigó para comer. Y después viajó a Marsella, a París, a Ginebra. Fue polizonte, estibador, fotógrafo ambulante. En Niza, enfermo, hambriento, se derrumbó y se quiso suicidar con un corte en la garganta.

En el hospital de indigentes donde lo curaron consiguió algunas hojas de papel y una pluma. Le escribió entonces a un escritor admirado, al célebre Romain Rolland, autor de Juan Cristóbal, un libro que en su tiempo era leído de manera fervorosa. Le contó su vida en Braila, bajo las estrellas en sus vagabundeos, durante todos sus viajes, le habló intensamente de sus afanes, sus pérdidas, sus avatares, sus experiencias en el amor y en la amistad, le transmitió así su conocimiento de la condición humana. Una enfermera compasiva le ayudó a enviar esa carta profusa y apasionada.

Y el milagro se dio. El gran escritor descubrió en esas líneas de un vagabundo desesperado, a un semejante. Escribió: “Leí la carta y vi que en ella se manifestaba la expresión tumultuosa de un genio. Era un viento incendiario, que soplaba por las llanuras. Era la confesión de un nuevo Gorki de los países balcánicos”.

Romain Rolland ayudó a rescatarlo Kyra Kyralina y Tío Angel. Y vinieron en cascada Narransula, Mis andanzas, Los cardos del Baragán (éste último relata de manera impresionante una insurrección campesina aplastada a cañonazos). Y vino la fortuna como escritor.

Era un hombre libre. Aunque había admirado la Revolución Rusa, ésta le decepcionó. Viajó al país de los soviets y se hizo amigo de Víctor Serge, un disidente de izquierda. En contra del criterio de su salvador, Romain Rolland, escribió un libro contra el estalinismo. Cuando en 1934 regresó a su país, Istrati era una celebridad. En la estación de trenes lo esperaba una multitud, entre la gente se encontraba una formación de la Guardia de Hierro, el movimiento fascista rumano que se dedicó a alabarlo y cortejarlo. Los aceptó a pesar de decirles que seguía siendo un socialista, incluso un anarquista.

Regresó a sus lugares en Braila, donde se paseó como hijo pródigo; pudo depositar flores en la tumba de su madre. Enfermo de tuberculosis en sus últimos días, tuvo la compañía de la poetisa Berthine Ziemssen quien lo amaba entrañablemente. Al pensar en ella escribió: “El arte y la mujer endulzan la vida”.

Su vida fue una aventura azarosa, salió pobre de Braila y regresó rico después de casi treinta años. Eso le dio tiempo para la nostalgia.

Obras:

» Las narraciones de Adrian Zograffi (1930) » Isaac, el alambrero. (1930) » Infancia de Adrian Zograff. Codine. (1931) » La casa Thüringer (1933) » Los Aiducs. Las narraciones de Adrián Zograffi (1933)

» El capitán Mavromati y otros estudios (1949) » Los cardos del Baragán (1973) » Mijail y otras obras (1974) » Kyra Kyralina (1977) » Kira Kyralina. El tío Anghel (2008) » El pescador de esponjas: páginas autobiográficas (2011)