TIEMPO

TIEMPO
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Moría, no había nada que lo impidiera o me salvara, era solo cuestión de tiempo y esa sensación de inevitabilidad me había quitado el terror al asunto y dejado un estado de paz, tal vez resignación, o quizá apatía, no sabía distinguirlo muy bien y tampoco había mucho para intentar identificarlo, de qué servía conocerme si de todas formas, ese conocimiento partiría junto con la exhalación de mi último suspiro.

Todo pasó muy rápido, un dolor de cabeza, un desvanecimiento, una consulta, un estudio y una expresión de preocupación que llevó a cientos de estudios más para confirmar lo que la cara de preocupación de un médico sabía desde el primero. De la negación y calamidad a lo inevitable. Pensarán que como dice el dicho “si tu mal no tiene cura, pues qué te apura” y en realidad no es que me apurara nada pero, el sonido de las manecillas del reloj empezaron a reverberar en mi cráneo. La única verdadera forma de apreciar el tiempo es sabiendo que se te acaba y lo que antes era importante, ahora era intrascendente y lo que antes era una minucia se convertía en un espectáculo tan sublime como las hojas susurrando ante el viento antes de partir en su viaje por las corrientes sinuosas del adiós.

Lo que nunca consideré antes, lo que nunca pensé siquiera es en los que quedan, envueltos en el halo egoísta de nuestra sociedad donde primero va el yo seguido del yo, temblamos ante nuestro miedo a morir que no es atenuado siquiera por las convicciones religiosas que nos hablan de un más allá o de otras ancestrales que nos hablan de la renovación constante. No, nuestro temor es el instinto de supervivencia animal que nos impele a correr del peligro, a cuidar el pellejo, a evitar colgar los tenis o fumarnos unos faros y en esa necesidad de huir, exacerbada por nuestro social “yo primero” nunca pensamos en aquellos que de una forma u otra forjaron vínculos con nuestro ser.

En el momento en que supe mi fecha de “caducidad”, tras controlar el primer impulso de correr, empecé a realizar un conteo de lo que tenía pendiente y si bien, uno se imagina que hará todo lo que no hizo, el mundo no funciona así, tienes la misma calderilla en el bolsillo que cuando no sabías que te irías y en este egocéntrico y metalizado mundo, no puedes llegar a una agencia de viaje y decir “deme un boleto fiado, es que me muero”, bueno, puedes hacerlo pero, a lo más tendrás un levantamiento de ceja para subrayar el “¿Y a mí qué?”. No, eso de vender todo y lanzarte a la aventura por los soles que te quedan, tampoco es factible a menos de que quieras perder ese poco tiempo restante en una travesía de diminutos asientos envuelto en dolores insoportables.

[caption id="attachment_941222" align="alignnone" width="696"] Foto: especial[/caption]

Solo me quedaba hacer mis cierres, pedir las disculpas requeridas que llevaron a separaciones por asuntos que ahora ni siquiera recordaba, arreglar los desperfectos de mi vida y en ese proceso me di cuenta de la “ausencia” y me conmovió profundamente el saber entre llantos mutuos que mi paso por este plano no había pasado desapercibido. Si he de ser claro, los amores pasados me costaron más trabajo del que yo mismo había anticipado, incluso sabiendo que ya no estaría más hollando la misma tierra que sus tacones, el bagaje visceral me impedía abrirme del todo, en más de una ocasión tuve que recordarme que no valía la pena desperdiciar minutos en enojarme y mucho menos en argumentar, la intención era perdonar, ser perdonado y perdonarme.

Como le explicas a las personas que te quieren que prefieres no cargarles el peso de la ausencia sino llenarlos del recuerdo de tu presencia, como explicar que entendiste que solo duele si hay algo pendiente y que liberar es liberarse, que perdonar es perdonarse, que no hay culpas ni mala suerte sino decisiones puestas en espera. Simple, no lo explicas, lo haces y esperas que sea suficiente para ellos como lo es para ti.

Algo sucedió mientras transitaba en el asunto de la inevitabilidad de la partida y el proceso de cierre, empecé a sentir algo diferente, la paz ya estaba presente pero, la ligereza era enteramente nueva, podría decir que hasta los colores se volvieron más nítidos y los aromas más intensos y en una enorme ironía, encontré el motivo de la vida al final de la misma.

Nada material se lleva, es lo que hacemos lo que perdura pero, no es solo hacerlo, es la intencionalidad del acto y ya que pronto conoceré si hay o no, algo después de esto, averiguaré si es cierto que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones pero, al menos, sé que en este plano, la intencionalidad del acto habla de la pureza del mismo, no es correcto el ayudar para farolear, el dar esperando algo a cambio, el tender la mano esperando que luego te lo retribuyan, verán, ante la falta de más tiempo, para “cobrar” el favor, me di cuenta de que hacerlo sin esperar nada, tiene una consecuencia diferente, es una piedra en el estanque con unas ondas perfectamente definidas, es decir, modifica actitudes y situaciones de manera mucho más eficaz.

Yo sé que nada de esto es nuevo, es algo que todos sabemos desde que tenemos dos dedos de frente pero, de alguna forma evitamos pensar que nuestro tiempo es finito, solemos planear nuestra existencia a largo plazo, a tantear el terreno antes de dar el paso, de medirle el agua a los camotes y mientras hacemos todo eso, al reloj le importa un pepino nuestra cuidadosa planeación y en nuestro juego de ajedrez frente al espejo, este sigue corriendo hasta que nos da mate.

Solo me falta algo por hacer, darte las gracias, decirte adiós y pedirte que disfrutes tu tiempo aquí.

El tiempo, el gran ecualizador, el insobornable tiempo tiene una puerta trasera, ante la ausencia del mismo, ante la imposibilidad de planear a futuro, puedes atisbar la eternidad del recuerdo al hacer lo que debiste hacer... desde el inicio de tu tiempo.