Vicio y degenere... “pero solo queriamos libertad”

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Si mis papás se enteran que vine se van a poner lorenzos, ellos no agarran la onda de que necesitamos libertad, un poco de rock. “Caminando voy / Solo por las calles / Sin saber a dónde ir / Miro por doquier la gente pasar / Unos vienen y otros van”, esos Dug Dug’s se la saborean.

Se supone que todo empezaba a las cinco de la tarde pero la raza se acomodó desde anoche; hay casas de campaña por todos lados, a penas si alcanzamos un lugar, porque estamos bien lejos. La culpa es del Chicuco, que se la pasa miando por todos lados, pero él traía el pomo, ni cómo dejarlo.

—Negro, ¿ya viste a la encuerada? —me gritó emocionado el Loco, un cuate de Neza que se nos pegó en el camino.

Estiré lo más que pude el pescuezo pa’ ver, pero en realidad no wachaba nada. Estábamos tan lejos y el Loco sólo seguía los rumores de los otros borrachos que estaban cerca.

Mientras el Popochas estaba ligando, Chicuco miando, el Loco buscando a la encuerada, el Burras acomodando la casa de campaña y Esteban, el mayor de todos (tenía 25 años) cantando rancheras con su guitarra, me quedé un rato tirado en el pasto, y pensé ¿por qué tanto rollo con este toquín? Tengo 17 años, trabajo, no estudio porque no me gusta, pero no soy un vándalo, ¿por qué hay mucho policía?

Al principio era una convocatoria para una carrera de autos, pero por la cantidad de gente que llegó se suspendió. No había transporte pero muchos llegamos caminando o a puro raite, todos en buena onda, yo no vi drogadictos ni nada que no fuera chavos bebiendo, escuchando música, muchos ni cantaban porque las canciones estaban en inglés y no eran tan conocidas, pero estaba suave.

Tengo la piel de gallina, los pies fríos, el pantalón sucio, pero estoy bien, ni siquiera escucho bien la música porque estamos muy lejos, en la orillita. Pero no cabe duda de que está suave este concierto.

El Negro llegó el viernes 10 de septiembre, con seis amigos, a Valle de Bravo; vivía en la colonia Jardín Balbuena, en el Distrito Federal. Para el sábado 11, en la noche, regresó con sólo cuatro amigos en un camión de redilas que los devolvió a El Oro, de ahí tomaron el autobús a Toluca, para después llegar cada quien a sus casas en el Metro.

Ahora aquel joven tiene 61 años, cuenta a La Razón que esa experiencia lo marcó para entender lo que había sucedido durante esa década. Él no estaba muy enterado del por qué hubo tanta represión a los jóvenes, no entendía por qué había tantos policías en Avándaro, pero después, al convivir con los asistentes, descubrió la queja de los estudiantes, la inconformidad social, la música que lo acompañaría por décadas y supo sobre la literatura de la onda.

Alcohol, drogas, desnudos... Vicio y degenere, así calificó la prensa mexicana al evento que había congregado a cerca de 200 mil personas: el Festival Rock y Ruedas, en Avándaro, Estado de México. Incluso el escritor Carlos Monsiváis calificó este suceso como “horror... el mayor triunfo de los mass media norteamericanos... uno de los grandes momentos del colonialismo mental en el tercer mundo ”, aunque meses después de esas declaraciones se retractó, cuenta José Agustín en La contracultura en México (1996).

Después de aquel suceso, el rock regresó a la clandestinidad, a los hoyos funky...la imagen que se difundió de ese concierto sumió a la música en un pasado oscuro.

Sin embargo, aquel hombre apodado el Negro me asegura que en aquel festival no hubo drogas, que fue divertido, que todos se encueraron, bueno, sólo se quedaron desnudos del torso, que conoció a mucha banda, que lo que él vivió no fue como lo dijo la prensa. Su nombre es Humberto Clemente Mancha, mi papá.

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