En Telón volvemos al sitio donde conocimos por vez primera al detective Hércules Poirot, Styles Court, sin embargo, la finca señorial donde sucede la novela debut de Agatha Christie, El extraño caso de Styles, ya no conserva su esplendor de antaño. Ahora es una casa de huéspedes donde se
hospeda el pequeño investigador belga; lastimosamente lo encontramos en una silla de ruedas, carcomido por la edad y con problemas de artritis. Entre una y otra novela han pasado dos Guerras Mundiales, el mundo es muy diferente a principios del siglo XX; hoy nadie ve con respeto al viejo imperio británico, y las antiguas reglas poco a poco han ido desapareciendo.
La novela será la última en la que aparecerá Poirot y mientras Agatha Christie trabajaba en la publicación de Un crimen dormido, con su otro personaje famoso, Miss Marple, la muerte la sorprendió el 12 de enero de 1976, deteniendo para siempre la magia de sus misterios.
SU LEGADO
Ambas novelas las había escrito durante la segunda Guerra Mundial, alrededor de 1940, mientras los bombardeos destruían Londres, ciudad donde hacía servicio comunitario como enfermera. Temía morir en la refriega contra los nazis, razón por la cual escribió ambas novelas con un tono de despedida; en la de Poirot, por ejemplo, incluyó referencias a varios de sus trabajos anteriores, como si fuese una obra de despedida. Luego de ceder los derechos de estas historias a su esposo Max Mallowan y a su hija Rosalind Hicks, respectivamente, las guardó en la bóveda de un banco.
Ya era una escritora famosa, pero sería en parte gracias al conflicto bélico que llegaría a volverse verdaderamente legendaria. Y es que sus ficciones, publicadas religiosamente una al año, eran los únicos espacios donde los británicos podían sentirse seguros de encontrar un poco de orden y justicia. Es increíble cómo Christie podía escribir con tanto ímpetu mientras la destrucción crecía afuera y los muertos y heridos se acumulaban en el hospital donde trabajaba, el University College Hospital.
En cada una de sus novelas y cuentos, el mal trataba de ocultarse, pero gracias a una aguda inteligencia y a la perseverancia de sus detectives, siempre era descubierto y castigado. Por un lado, Poirot nos brindaba escenarios exóticos, llenos de magia, que fascinaban al lector occidental que apenas podía imaginarse sitios como Egipto, Irak o Turquía; y gracias a Miss Marple podían idealizar la campiña inglesa, con sus chismes, sus desavenencias entre vecinos y la belleza del campo.
Agatha Christie es sin duda una de las escritoras más leídas en la historia, con millones de reimpresiones cada año aún en la actualidad, además de ser la autora de la obra de teatro con más representaciones en el mundo:
La ratonera. Obra que ha sido montada por generaciones de actores, es decir, padres, hijos e incluso nietos. Pese a que todo inglés conoce el ya no sorprendente final, la gente va a verla como una especie de reafirmación de un sentimiento muy inglés. Se estrenó en 1952 en Londres y fue representada en forma ininterrumpida hasta el 16 de marzo de 2020 (cuando se suspendió debido a la pandemia), volviendo apenas se retiraron las restricciones.
UN JUEGO DE INTELIGENCIA
Sin duda, Christie recibiría influencias de escritores como Chesterton, Doyle y Gastón Leroux, el gran pionero del misterio del cuarto cerrado. Ella adoptaría el planteamiento de deshilvanar una trama secreta, al parecer irresoluble, situándola en el contexto previo a la Gran Guerra, en la que abundaban fiestas de la sociedad inglesa que incluían a militares, catedráticos y damas de buena cuna, varios de ellos con pasados oscuros.
SIN DUDA, CHRISTIE RECIBIRÍA INFLUENCIAS DE ESCRITORES COMO CHESTERTON, DOYLE, GASTÓN LEROUX, EL GRAN PIONERO DEL MISTERIO DEL CUARTO CERRADO. ELLA ADOPTARÍA EL PLANTEAMIENTO DE DESHILVANAR UNA TRAMA SECRETA, AL PARECER IRRESOLUBLE
Cuando la Alemania de Guillermo II invadió Bélgica, llegaron muchos refugiados a Inglaterra. Tomando a uno de ellos como inspiración, Christie crearía un detective “de baja estatura, con una cabeza en forma de huevo, apariencia de dandy, cabello teñido, ojos verdes como los de un gato”: el gran Hércules Poirot.
Serían novelas como Asesinato en el Orient Express, Muerte en el Nilo y Cita con la muerte las que llevarían a Elva Rosalie, una entusiasta de la autora, y su esposo, Anthony Pratt, a crear un juego donde se resolviera el asesinato de un prominente y rico personaje. Sin embargo, ya antes los aristócratas jugaban una especie de juegos de rol en sus mansiones, donde debían resolver un crimen. Y era ahí donde Pratt, pianista, intervenía musicalizando dichas representaciones.
Algo parecido, pero con tablero, haría el matrimonio. Los sospechosos serían pillos como Miss White, el Profesor Plum o el Coronel Mostaza, muy parecidos a los torvos personajes creados por Christie, en específico los de una novela llamada Un cadáver en la biblioteca. Llamarían al juego Murder, pero la compañía juguetera que lo compró lo cambiaría por Cluedo, un juego de palabras entre clue, “pista” en inglés y ludo en latín, que significa “yo juego”.
Cuando Cluedo salió a la venta, a Christie no le dio mucho gusto porque era una especie de plagio de su obra. Sin embargo, poco pudo hacer porque el juego cobró mucha popularidad una vez que la guerra había terminado. Lo irónico es que la pareja creadora acabó siendo estafada por el fabricante de juegos británico llamado Waddington’s y a su homólogo estadunidense, Parker Brothers (ahora propiedad de Hasbro), quien le dio una cantidad irrisoria de libras asegurándoles que su invento no tendría ningún éxito.
Pero la influencia de nuestra autora no sólo se quedó ahí, sino que saltó a todo un género cinematográfico y literario que ahora llamamos Whodunit, es decir, ¿quién lo hizo? Si bien decenas de escritores y escritoras lo cultivaron, fue el sello particular de Christie el que lo popularizó, creando personajes peculiares y con trasfondos exóticos y creíbles. Esto se puede ver en series como Columbo y Murder she Wrote, conocida en México como La reportera del crimen, y en películas que van desde Blue velvet de David Lynch, Midnight in the garden of good and evil de Clint Eastwood, The Usual Suspects de Bryan Singer, Shutter Island de Martin Scorsese o Scream de Wes Craven.
DIEZ NEGRI… DIGO, Y NO QUEDÓ NINGUNO
Pero sin duda, su novela más leída y al mismo tiempo, más influyente, es la conocida originalmente como Diez negritos, aunque posteriormente tomó el título de Y no quedó ninguno. Fue publicada por primera vez en el Reino Unido el 6 de noviembre de 1939. En ella rompe varios de los tópicos de la novela de enigma, por ejemplo, en el habitual espacio acogedor en el que descubrimos un cadáver, ahora aparecen varios. No hay un detective que vele por hacer justicia, todos los protagonistas son criminales y no habrá al final una reunión de sospechosos donde se señalará al culpable.
En la novela, diez extraños son invitados a una isla, la Isla del Negro, frente a una bella costa inglesa, que irán siendo asesinados uno a uno de maneras muy cruentas. En la cena de bienvenida, gracias a un disco (para 1939 era un gran adelanto técnico), descubrimos que todos han cometido un asesinato del cual han salido impunes hasta ese momento, y que serán castigados uno a uno al ritmo de una vieja canción infantil que siempre comienza con Ten Little Niggers.
Desde un principio fue problemático el título en Estados Unidos, razón por la cual fue nombrada de inmediato como And Then There Were None. Incluso, con el tiempo, la canción fue cambiada de niggers a indians y finalmente a soldiers boys. Pese al cambio, el mecanismo quedó intacto.
Pronto se convirtió en la más oscura de sus novelas, con múltiples muertes, nada de asesinatos limpios y sin violencia. Había lo mismo ejecuciones con pistola, hachazos, envenenados que vomitan sobre la mesa y también ahogados. Incluso el propio asesino acabaría quitándose la vida junto con sus víctimas.
Este mecanismo sería retomado infinidad de veces para películas de terror, desde Prom Night (E.U., 1980) pasando por Terror Train (Canadá, 1980) y llegando hasta Slaughter High (Reino Unido, 1986). En ellas, un grupo de personas son asesinadas una a una debido a que hicieron algo en el pasado que quedó olvidado, pero que ahora pagarán con su vida. Curioso que una mujer tan reservada fuera la madre de un subgénero dentro del terror cinematográfico.
UNA MUJER AVENTURERA
Me gustaría ahondar en este rasgo de su personalidad: ser reservada.
Si bien Agatha era una mujer en exceso patriota, conservadora y de profundas convicciones religiosas inculcadas por su madre, quien le prohibió aprender a leer antes de los ocho años, no fue una mujer dócil que se quedó recluida en la casa paterna. Pese a la restricción de la enseñanza, ella se las arregló para aprender a leer por su cuenta desde los 4 años. Lo hizo relacionando palabras con sonidos y no como se aprende normalmente, uniendo las letras del alfabeto, lo que le llevó a reaprender cuando tuvo ya la autorización materna.
Fue una de las primeras mujeres en Inglaterra en manejar un auto, además de pilotear un avión, cosas que podrían parecer comunes a nuestros ojos contemporáneos, pero en aquellos tiempos eran reservadas únicamente a los hombres. Debido a las enfermedades de su madre, decidieron viajar a El Cairo, ya que el médico recomendó un sitio seco y caluroso. Luego de que su progenitora muriera, y en cuanto se divorció de su primer esposo, de quien tomaría el apellido, comenzó a viajar por el mundo, yendo a lugares que podrían parecer poco recomendables para las señoritas de su época. Sería ahí donde se aficionaría a la arqueología, por lo que frecuentó lugares como Irak, Egipto o Siria, donde acabaría conociendo a su segundo y definitivo esposo, el antropólogo Max Mallowan.
La escritora no viajaría a estos sitios para ser testigo muda, sino que intervendría en las excavaciones, ya fuera haciendo filmaciones o relatando parte de lo que sucedía para llevar una minuta. Además, si bien viajaba con el apoyo del gobierno británico, que a la postre acabó condecorando a su esposo, dándole el título de Sir, ella desafiaba ciertas convenciones, quedándose sola en sitios considerados poco recomendables, mientras su pareja realizaba viajes de trabajo.
Sería en esos sitios en los que comenzaría varios de sus novelas y cuentos.
Es de sobra conocido que muchos de esos hoteles, casas y posadas serían los espacios que posteriormente habitarían sus personajes: desde barcos en el Nilo, pasando por trenes como el Orient Express, hasta excavaciones en Mesopotamia. Incluso lugares paradisíacos como las islas del Caribe, donde hizo aparecer a su querida Miss Marple, y donde Christie hizo surf. Curiosa la foto donde está ella a la orilla del mar, con un enorme gorro de playa, su muy pudoroso traje de baño y la enorme tabla en las manos, luego de domar las olas.
LOS CRÍMENES DE LA ABUELA
Si bien ya contamos que el origen de Poirot provino de los inmigrantes belgas de la primera Guerra Mundial que llegaron al sur de Inglaterra, Miss Marple viene de un vínculo más familiar, la imagen de su tía abuela, Margaret West Miller, a quien visitaba de niña en Ealing, una zona cercana a Londres. Sería ahí donde, gracias a las reuniones de su abuela con sus amigas, escucharía los relatos de crímenes aparecidos en los diarios ingleses. La nota roja de aquellos tiempos tenía cierto toque literario y desde luego aleccionador, que brindaba a la joven imaginación de Agatha parte de su gusto por el crimen.
Ella no inventó el tópico de la detective solterona, hay influencias claras, como la señora Rachel Wardle de Los papeles póstumos del Club Pickwick de Dickens o la muy despierta Amelia Butterworth de El caso Leavenworth de Anna Katharine Green. Pero sería Christie quien la dotaría, a través de Miss Marple, de una especie de sabiduría campesina, aunada a un agudo sentido común, esa mirada que todo lo ve sin parecerlo, lo cual la hace infalible.
UNA MUJER MUY ORDENADA
Uno de los rasgos más característicos de su literatura consistía en complejos mecanismos llenos de ingenio e inteligencia. Pese a haber vivido en una época llena de sobresaltos y cambios, supo crear una estructura tal que le permitiría seguir escribiendo aun con los conflictos internacionales, sus viajes y demás.
Gracias al gran archivo que preservó, conocemos cómo creaba sus obras, organizaba su casa y planeaba todo a muy largo plazo. Consciente de su éxito, fundó en 1955 una empresa privada, la Agatha Christie Limited, para conservar los derechos de sus obras, entre ellas las adaptaciones cinematográficas y televisivas.
Entre sus archivos existen varios cuadernos que muestran la manera en que estructuraba sus tramas, asignando números a determinadas escenas, moviéndolas hasta que estuvieran a su gusto. Utilizaba una grabadora de carrete con la que, además de reflexionar sobre su vida y sus creaciones, narraba aspectos de sus historias.
ENTRE SUS ARCHIVOS EXISTEN VARIOS CUADERNOS QUE MUESTRAN LA MANERA EN QUE ESTRUCTURABA SUS TRAMAS, ASIGNANDO NÚMEROS A DETERMINADAS ESCENAS, MOVIÉNDOLAS HASTA QUE ESTUVIERAN A SU GUSTO
Sin embargo, había una parte de ella que poco salía a la luz, una parte sensible que no tenía nada que ver con crímenes y hechos de sangre. Bajo el seudónimo de Mary Westmacott, Agatha Christie publicó seis novelas que se podrían considerar románticas aunque, para ser precisos, tienen un aire más a lo Jane Austen, a quien admiraba. Curiosamente, la crítica las valoró mucho más que sus novelas policíacas, ya que en ellas retrataba profundamente la psicología de los diversos personajes. Lamentablemente tuvo que abandonar el seudónimo y la escritura de este tipo de novelas luego de que un periodista descubriera quién estaba detrás de ellas.
GRAN FINAL
En su autobiografía, que pidió no se publicara hasta después de su muerte, afirma que su infancia fue muy feliz. Aun con su gran éxito, era una mujer tímida. Cuando se celebró la primera representación de La ratonera, un guardia, al no reconocerla, le impidió la entrada a su propia fiesta. Ella, lejos de enojarse, prefirió retirarse, lo que nos habla de que más allá de querer vivir la fama, disfrutaba realmente con la escritura en solitario.
Para terminar, me gustaría que la recordáramos a cincuenta años de su ausencia con una autodefinición que brindó en 1946, en pleno éxito literario, a un pequeño periódico de Gales:
Lo que más me disgusta son las multitudes y los ruidos, los gramófonos y los cines. No me gusta el sabor del alcohol y no me gusta fumar. Me gusta el sol, el mar, las flores, los viajes, las comidas exóticas, los deportes, los conciertos, los teatros, el piano y bordar.