Scarlett Joanna (Tijuana, 1986–San Francisco, 2005). Parecía colombiana, venezolana, tailandesa, menos del norte. Aunque su acta de nacimiento se empecinaba en desmentir los milagros de la cirugía estética y afirmar que había nacido en Baja California, se rumoraba en el téibol dance Hong Kong que procedía de Oaxaca. Una bailarina confesó que en una ocasión la descubrió profiriendo un dialecto extraño. Ante la pregunta sobre qué idioma se trataba, respondió que obedecía a su lengua materna. Por lo que en el lugar sospechaban que venía del sur.
Una versión extendida de ese mismo relato aseguraba que había salido de su terruño a los dieciséis años. Con el objetivo de cruzar la frontera y realizar un doctorado en Estados Unidos para elaborar el alfabeto de su lengua y evitar su desaparición. Sin embargo, fue deportada después de que la migra la pescara en San Diego vendiendo burritos de yelera. Rebotada en TJ, se quedó en la ciudad a vender estampitas de San Apapurcio. Para reunir el dinero suficiente para pagarse otro pollero que la cruzara.
Como las vidas de santos son ejemplares pero no redituables, se metió como teibolera al Hong Kong.
Sus propensiones académicas la hicieron manejarse un outfit de cumbiera intelectual, subía a la pista con unos lentes de pasta que le brindaban un aspecto de nerd. Su actuación se dividía en dos partes, la primera, en la que se desplazaba tímidamente por la pista abrazada a unas libretas llenas con dibujos de corazones que en el centro tenían inscrito “Baudrillard”, al ritmo de una power ballad de Aerosmith o Metallica, momentos en que apenas si aferraba al tubo, como si temiera que el hecho de tocar el metal fuera el colmo de la impudicia.
Y la segunda parte, en la que despuntaba “Ace of spades” de Motörhead y aquella muchacha aburrida se transformaba en la acróbata más espectacular del congal. Trepaba el tubo como la más experta de las zarigüeyas voladoras subían a la rama más alta de un eucalipto para lanzarse en picada por las praderas del Amazonas. La cúspide de su show era girar a toda velocidad en el aro de circo completamente desnuda y sujetada sólo por un tacón. Nadie en ese mundialmente aclamado lupanar podía igualar la temeridad de sus evoluciones. Nadie supo cómo ese acto se coló hasta las páginas del New York Times.
No tardó en aparecer la oportunidad que tanto anhelaba para viajar. Desde Los Ángeles llegó una carta de un sello discográfico que le imploraba grabarle su primer disco. Bollywood le ofreció un contrato para convertirse en la estrella más aplaudida de su industria. Las televisoras del país tampoco se quedaron atrás, pretendían convertirla en la nueva estrella de las telenovelas, es sólo un trampolín para convertirte en primera dama, le dijeron. Dos o tres éxitos en la pantalla chica y te casarás con un presidente de México. Pero cuando su representante le preguntó cuál de las ofertas quería considerar, ella respondió que lo único que deseaba era ser Dios. Sí, Dios del porno.
CUANDO SU REPRESENTANTE LE PREGUNTÓ CUÁL DE LAS OFERTAS QUERÍA CONSIDERAR, ELLA RESPONDIÓ QUE LO ÚNICO QUE DESEABA ERA SER DIOS.
Y se decidió por lo que su agente consideraba la opción menos jugosa: firmó con Private el día que cumplió dieciocho años. Su incursión en la industria intimidaba a los hombres, por lo que se instaló en San Francisco, porque pensó que tal vez ahí encontraría el amor.
A pesar de su corta edad, su visión no conocía límites. Se propuso grabar el Antiguo Testamento completo en versión gonzo. Antes ya se habían filmado pasajes de la Biblia, pero nunca un proyecto tan ambicioso como el suyo. Una de sus inspiraciones era Linda Lovelace, quien había realizado una cruzada en contra de la pornografía. Scarlett Joanna perseguía revertir ese efecto. Evangelizar a la industria y a los espectadores, sin ninguna repercusión de tipo moral. La edición del “Génesis” en Blu-ray, en la versión del director, le cosechó sus primeros premios AVN. Y se convirtió en la actriz más popular de todas las convenciones anuales de pornografía.
Por esos días, el Variety sacó una nota donde aseguraba que Scarlett Joanna estaba saliendo con Tommy Lee, el baterista de Mötley Crüe. El chisme salió de la boca de un productor que juraba por sus hijos que la pareja se casaría. Versión que no se pudo comprobar. Nunca nadie consiguió dar con el paradero del supuesto video porno que grabaron juntos en un retiro zen en las montañas de California.
Algo que sí es cierto es que el amor tocó el timbre de la mansión de Joanna. No sabemos si de la mano del baterista, de Bret Michaels, cantante de Poison, o de Bret Easton Ellis. Pero la intromisión de Paris Hilton acabó con el romance. Deprimida, Scarlett se centró en el trabajo. Y adelantó sus planes de llevar a su terreno La pasión de Mel Gibson. El móvil de la cinta sería reproducir en la actriz el número de latigazos que había recibido Cristo en su camino al calvario. Pero en lugar de flagelaciones, se trataría de coitos. A esas alturas, la pornstar había perdido por completo aquella exuberancia con la que había destacado en el Hong Kong. Una dieta a base de cocaína guatemalteca la tenía en los puros malditos huesos.
Las penetraciones no eran ningún desafío. Podía coger por deporte. Interminablemente. La gravedad de la empresa se presentó cuando su delirio alcanzó un clímax particular. Scarlett, metida en su papel de actriz totalizadora, y decepcionada del amor, quería ser clavada en la cruz al final de la película. Nada de efectos especiales. En vano trataron de disuadirla. Nadie quería verla convertida en la Amy Winehouse de la industria. Pero su doctor convenció a toda la producción que superaría el trance.
Scarlett soportó la inserción de los clavos en las palmas de sus manos sin desmayarse. Pusieron la cruz en pie y el director gritó “Corte”. La siguiente escena, que ya no se filmó, era ella recuperándose en el hospital. Pero no duró internada el tiempo que recomendó el doctor. Desapareció a los tres días. Nadie supo nada sobre su paradero.
Como era de esperarse, la película no está hablada en inglés, sino en un dialecto “raro”. El productor ejecutivo y el director pensaron que se trataba de hebreo. Pero no empataba con los textos bíblicos. Ni con ninguna otra aproximación al lenguaje sagrado. Nadie sabe qué se dice en la cinta. Para descubrirlo, habría que internarse en busca de ese idioma en el sur de México.
Su nombre está inscrito en una de esas cruces que están pegadas a la barda que divide a México de Estados Unidos. A esa franja fronteriza que corre paralela a la carretera hacia Playas de Tijuana y que se pierde en el mar.