Afinales de abril, Netflix estrenó la serie documental la fiscal, dirigida por Paula Mónaco Felipe y Miguel Tovar. El trabajo de estos periodistas —con una vasta experiencia en temas sociales en formatos escritos y audiovisuales— suma a la reflexión, estudio y análisis de diversas crisis del país. Este es el caso de la docuserie que, en tres episodios, muestra el trabajo de Sayuri Herrera, la primera fiscal de feminicidios de la Ciudad de México. Cada capítulo aborda los casos de víctimas de feminicidio: Lesvy, Joana Esmeralda, Yrma Lydya, Ariadna Fernanda y Karen Itzel, con una sensibilidad, profundidad y rigor periodístico que responde al sentido humano, el dolor y la exigencia de justicia que nombra a cada una de ellas y al mismo tiempo a todas las víctimas de feminicidio en este país. Tan sólo en la Ciudad de México se registraron, según el Atlas de Feminicidios de la Fiscalía General de Justicia de la CDMX, 71 feminicidios en el 2024, 46 en el 2025 y más de una decena en lo que va del 2026.
La teórica feminista Monique Wittig habla del poder consciente del lenguaje para subordinar y excluir a las mujeres. Al colocarlo dentro de un orden materialista, éste se vuelve una institución y, como toda institución, puede y debe modificarse de manera radical. la fiscal pone lupa en el trabajo a contracorriente de Herrera, así como en el de sobrevivientes, familiares y amigas, quienes a fuerza de valor, coraje y anhelo, transforman esas palabras, dígase expedientes —apilados en bodegas— y narrativas revictimizantes, en historias donde las conocemos, les ponemos voz y rostro, y se reivindica su vida y los sueños arrebatados.
LA SERIE ES TAN ESPERANZADORA como dura. No deja a un lado la existencia de las injusticias de un sistema social corroído y muchas veces corrupto, en el que autoridades encubren asesinos, o donde los criminales cometen los feminicidios con el augurio de impunidad y el cinismo de negar sus propios crímenes. Incluso la realidad de la complicidad familiar. En este sentido son acertadas las palabras de la periodista Leila Guerriero que afirma que con el periodismo —en este caso el audiovisual— “Se puede llevar a alguien para que mire cosas que nunca se habría imaginado que se podrían ver… más que enseñar, se puede mostrar las posibilidades de la mirada.” la fiscal traslada al espectador a ese duro camino de las formas de la violencia y la barbarie inverosímil —desafortunadamente cotidiana y latente para las mujeres—, sin intenciones maniqueas así haya un mal que juzgar; es en esas posibilidades de la mirada en la docuserie donde se empatiza con el dolor, uno que debería ser colectivo en pos de la exigencia de justicia. Es allí donde como sociedad todos deberíamos colocarnos.
POR ÚLTIMO Y NO MENOS IMPORTANTE, el retrato que hace la serie del trabajo de la fiscalía, más allá de la figura de Sayuri Herrera, es fundamental para un debate que suele ser superficial. Hace poco circuló un post en Instagram a manera de crítica paródica en el que se mostraban dos imágenes: una era de la docuserie con la insinuación sobre cómo Netflix romantiza a la fiscalía; mientras que la otra hacía mención del reciente caso del feminicidio de Edith Guadalupe, en el que se supo que hubo retrasos en la investigación y sobornos por parte de agentes de la institución. Solemos decir que las autoridades no “sirven”, y razones no faltan para afirmarlo.
ES INDUDABLE EL MÉRITO QUE la fiscal TIENE AL PONER SOBRE LA MESAEL TEMA DE LOS FEMINICIDIOS; UNO DE TANTOS EN NUESTRO PAÍS DE LOS QUE SE PREFIERE NO DECIR NADA
No se idealiza el trabajo del personal de la fiscalía. El acompañamiento durante los casos y el conocimiento de las dinámicas internas permite observar de cerca ese complejo mundo del que —afortunada o desafortunadamente— dependemos los ciudadanos. Ojalá el documental sirviera de igual forma para el replanteamiento del sistema de justicia en el país, mayoritariamente carente de vocación, infraestructura, tecnología y efectividad necesarias para enfrentar retos tan demandantes como la violencia contra las mujeres. No se trata de buscar utopías; mejor sería hablar —como diría Jean Robert— de una eutopía. Mientras la primera piensa en el futuro, la eutopía se basa en las prefiguraciones actuales: el lugar que ya tenemos con lo que creemos reivindicable. Este término proviene del griego y significa “buen lugar”; y seguro que todos queremos un mejor lugar para vivir, uno en el que estemos a salvo.
¿Y SI NO TODO ESTÁ CONDENADO? La sororidad, el amor maternal, la entereza, no claudicar y el salir a las calles para llenar el vacío con sus nombres, hacen que en medio del desasosiego sea posible que no lo esté.
Independientemente de las perspectivas que se puedan tener tras ver la docuserie, es indudable el mérito que la fiscal tiene al poner sobre la mesa el tema de los feminicidios; uno de tantos en nuestro país de los que se prefiere no decir nada, como si eso hiciera que, mágicamente, dejaran de existir. Es grato ver que, a más de un mes de su estreno, se esté hablando considerablemente de ella en redes sociales, se escriba en medios, se organicen pláticas y se presenten los realizadores en distintos espacios en los que se profundiza no sólo sobre cómo fue hecha, sino que también se comparten otros elementos de los casos y se evocan momentos luminosos de Lesvy, Joana Esmeralda, Yrma Lydya, Ariadna Fernanda y Karen Itzel.


