Una República con un chaleco amarillo en París. Un busto de Mariana en el suelo en Marsella. El acceso del Museo del Louvre bloqueado entre gritos de “No nos observen, ¡únanse a nosotros!”. Estas son algunas de las imágenes que han circulado en redes sociales y bajo titulares a ocho columnas para representar las movilizaciones sociales en Francia. La indignación no ha tardado en expresarse, con condenas de todos los sectores de la sociedad por lo que se percibe como una falta de respeto hacia el patrimonio artístico, no sólo de los franceses sino del mundo. Desde luego que la conservación de estas herencias culturales es lo idóneo, sin embargo, si lo vemos desde la perspectiva de la historia del arte, encontraremos que, en realidad, este percibido vandalismo sólo está cumpliendo con una de las funciones más antiguas del arte.
La iconoclasia ha sido una práctica constante a lo largo de los siglos, desde mucho antes de que las protestas con aerosol tomaran por asalto a los monumentos. Irónicamente, entre las propias colecciones del Louvre está presente, sobre todo entre sus salas del antiguo Egipto, donde existía una creencia de que los objetos podían ser habitados por espíritus; por lo tanto, cortar las narices de las esculturas se concebía como una muerte ritual, eliminando la posibilidad de que pudieran respirar el soplo vital. En otras culturas de la antigüedad este tipo de destrucción simbólica podía tener fines políticos, para marcar, por ejemplo, cambios de poder, procesos de colonización y guerra, o bien cierres de ciclos temporales. Todos estos casos los encontramos en nuestro propio territorio, tanto en el pasado prehispánico como en la conquista espiritual española. Lo que durante años percibimos como una erosión del tiempo sobre las huellas materiales del pasado, ahora sabemos que eran prácticas rituales.
EN SU AFAMADA HISTORIA DEL ARTE, Ernst Gombrich asegura que en aquellos tiempos prehistóricos en los que se datan los inicios del arte, las imágenes “no eran algo bonito para ver, sino algo poderoso para usar” y asegura que esta misma operación aplica a nuestra relación actual con las imágenes, pues “permanece aún el sentimiento absurdo de que lo que uno le hace a una imagen se le está haciendo a la persona que representa.” Bajo este orden de ideas, lo que juzgamos en las calles como una inconsciente muestra de barbarie es, de hecho, lo opuesto: una calculada destrucción simbólica tan antigua como el arte mismo. No sorprende, entonces, que sean alegorías a la República o a Francia misma −como la figura de Mariana– las afectadas por las protestas.
Nos hemos acostumbrado a observar el arte pasivamente en los museos, a venerar su belleza o estudiar sus formas, pero durante un tiempo mucho mayor del que imaginamos, su función estuvo más cerca de la magia que de la razón. Hoy, lo que condenamos como vandalismo, quizá debería entenderse mejor como una suerte de vudú artístico. Y quizá así, más que juzgar, encontraremos la importancia de entender por qué las imágenes siguen cautivándonos con su poder ritual.