Martes 19.01.2021 - 11:02

Agadez, África: la ruta del desierto

Agadez, África: la ruta del desierto
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NIAMEY.– “Níger le da la bienvenida a África”, los letreros de cartón atados con cordeles y retazos de alambre se suceden en todos los postes de luz a lo largo de la Route Nationale 1, la carretera más importante del país que conecta a Niamey con su aeropuerto y, más allá, con la frontera chadiana, a  unos 1,500 kilómetros de distancia. Intercalados en francés, portugués, árabe e inglés, los rótulos ostentan los logos de la Unión Africana, con los retratos oficiales de una cincuentena de presidentes y jefes de estado africanos.

La 55 Cumbre de la Unión Africana, celebrada este verano en Niamey, atrajo al país del Sahel los reflectores del mundo por una semana, además del primer hotel de gran lujo del país, el Radisson Blu, que no pide nada a establecimientos similares en Europa o Asia. Pero también la oportunidad de desmarcarse oficialmente de un tema que resulta incómodo pero inescapable, tanto para Níger como para todo el continente: la migración.

¿Qué fue lo mejor de este país?, le pregunto a Lothar, uno de los delegados extracontinentales venidos desde allende el Mediterráneo, como en cada cumbre, para ofrecer, en la medida de lo posible, una mano amiga al África de las múltiples facetas. “Agadez, aunque nunca la llegamos a conocer”, me contestó sin el menor atisbo de duda.

La perla del Sahel

... explorar aquella parte del Níger

que ha permanecido escondida del mundo.

Heinrich Barth, Travels and Discoveries

in North and Central Africa.1

Cuando Heinrich Barth vislumbró por vez primera los contornos de arcilla, barro y adobe de Agadez, hacia mediados del siglo XIX, sus ojos habían recorrido ya miles de kilómetros desde las costas libias del Mediterráneo hasta los confines del lago Chad y los alrededores de la capital del imperio maliense de Tombuctú. Su dominio del árabe y seis lenguas autóctonas del África Occidental y del Sahel, le abrió paso como no hubo de abrirse para prácticamente ningún otro europeo antes de él. Con la venia del sultán del Aïr,2 en el otoño de 1850 el discípulo de Alexander von Humboldt, nativo del puerto hanseático de Hamburgo, se estableció por espacio de un mes en una amplia casa de construcción tradicional, en el centro de esa ciudad del desierto. El explorador y lingüista prusiano fue el primer europeo que vivió en Agadez. Desde ahí, sus notas, bosquejos, dibujos y descripciones, recogidas en múltiples diarios posteriormente convertidos en libros, dieron testimonio de la grandeza y riqueza de la ciudad; ese lugar de caravanas e intersecciones, olvidado por el mundo.

Fundada por tribus bereberes hacia finales del siglo XI, Agadez alcanzó su punto culminante en el siglo XVI, luego de desarrollarse y fortalecerse económicamente. Su posición estratégica a las puertas del Sahara, equidistante entre el Mediterráneo y el golfo de Guinea, le dio un lugar especial en las rutas de las caravanas, con lo que logró suplantar a Assodé como capital del sultanato del Aïr. Así, Agadez se convirtió en el centro del mundo de aquel entonces, referente de los comerciantes de sal y de los imperios en derredor, desde los Atlas magrebíes hasta el sultanato de Kano, desde Constantinopla hasta los fértiles campos de Nubia. Fue en esos años que León el Africano la visitó, describiéndola como una “ciudad rodeada de murallas, de casas sólidas y suntuosos palacios”. La ciudad de las ochenta mezquitas y los indomables camellos; la impenetrable y la inconquistable. Agadez, la eterna. La capital por derecho propio de la tierra de los tuaregs.

"El pueblo tuareg habita el Sahel y encuentra su mayor concentración —cerca de 750 mil personas, de acuerdo con el censo más reciente— en Níger".

El pueblo tuareg, cuya etimología en árabe deriva de la palabra camino, es la nación que habita el Sahel y que encuentra su mayor concentración —cerca de 750 mil personas, de acuerdo con el censo más reciente— en Níger. Con un lenguaje, una escritura y filosofía de vida propias, los tuareg son parte indisociable del Sahara; durante más de medio milenio han dominado los caminos que disectan esa difícil geografía que une, y a la vez divide, al África negra del Maghreb y del Mediterráneo. Han trascendido, y seguirán haciéndolo, los intentos de dominación de otomanos, franceses, nigerinos, malienses, chadianos o chinos. Son los amos y señores de su propio país, para el que no existen fronteras que valgan.

A la llegada de Barth, en 1850, la ciudad había visto pasar sus mejores días, aunque, como lo demuestran los escritos del alemán, su poder de seducción seguía engatusando a quienes ponían pie en ella. Para la llegada de los franceses en 1900, Agadez distaba mucho de las glorias que recogió León el Africano, aunque su espíritu, tuareg, permanecía indómito. Las revueltas que culminaron en matanzas selectivas antes de iniciar los años veinte del siglo pasado y el levantamiento tuareg de los años noventa son un muy claro ejemplo de ello. El poco control e interés por parte del gobierno central de Niamey sobre estas tierras del norte, desde la declaratoria de independencia de Francia en 1960, también atestigua la autonomía irrestricta de este pedazo del Sahel. Porque Agadez, la tuareg, nunca se habrá de rendir, ante nadie.

“Podrán pasar por aquí, con sus tropas, sus armas o sus drones, pero nunca podrán quedarse. Agadez y su desierto no les pertenecen, son sólo nuestros”, la voz de Omar, un tendero que vende telas teñidas con añil en el mercado central, suena tan seria y contundente como sus declaraciones sobre las cada vez más visibles unidades militares rumanas, rusas, australianas, indias y británicas. El hombre tuareg de semblante color purpúreo, como muchos de los de su estirpe, mide más de dos metros y lleva siempre un turbante de color pastel. Poco importa que el representante del gobierno central haya prohibido portarlos, para no confundir a las tropas americanas y francesas apostadas en la ciudad ni asustar a los escasos turistas que llegan hasta ahí, ante la decaída imagen que del país ha dado el terrorismo. Aquí la única palabra que cuenta es la del sultán y la única voluntad que se cumple es la del pueblo tuareg.

Desde el paso de Barth por sus calles de arena, mucho ha cambiado en Agadez, aunque mucho también sigue igual. Las caravanas, los comerciantes, los mercenarios y los aventureros la mantienen como punto de partida y como parte de sus itinerarios. Hoy, desafortunadamente, el comercio no es de sal sino de uranio, de armas y de personas. Migrantes, todos ellos, en busca de una vida mejor, fuera de hambrunas, desempleo, insostenibles condiciones climáticas, terrorismo y extremismo religioso. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes e, incluso, niños, personas como tú o como yo: lo que aventuran es su vida y lo que apuestan es su futuro y supervivencia. Porque para ellos es el único camino que queda. Están dispuestos a perderlo todo con tal de ganar algo, libertad y mañana.

[caption id="attachment_1056254" align="alignnone" width="696"] Gran Mezquita en Niamey. Fuente: en.wikivoyage.org[/caption]

Todos los caminos llevan a Agadez

“Con mucho cuidado, por favor agache la cabeza durante las primeras tres series de escalones”, Abu Bakr, paciente pero firme, nos da la instrucción antes de traspasar la minúscula puerta de entrada a la Gran Mezquita, el corazón de la ciudad y su edificio más icónico. Su minarete, la construcción de adobe más alta del mundo, alcanza los 27 metros de altura y es visible desde cualquier punto de Agadez. Hasta su cumbre puede accederse a través de una cincuentena de reducidos escalones que a manera de serpiente abrazan el interior del minarete. “Sobre todo, eviten a toda costa despertar a los murciélagos”, sentencia el guardián del sacro lugar para la urbe musulmana, que difícilmente abre sus puertas estos días, fuera de la furtiva visita de algún funcionario de Niamey o del interés casi morboso de los militares extranjeros y de los cooperantes internacionales aquí basados. Los diminutos ratones calvos, como se les denomina en francés [chauves-souris], tienen el interior del minarete sitiado y empastado de guano; poco duró la advertencia de Abu Bakr cuando la primera camada de molestos murciélagos voló contra nuestras cabezas.

Hoy, los mamíferos voladores —unos cuatrocientos, calcula a ojo de buen cubero Abu Bakr— son los reyes del lugar, donde pasan la mayor parte del día colgados de sus techos y paredes, con excepción de su salida masiva entre seis de la mañana y una de la tarde en busca de comida. “Antes, apenas se les veía por aquí. Yo subía y bajaba las escalinatas del minarete por lo menos unas veinte veces al día. Hoy apenas lo hago una vez al mes”, confiesa Abu Bakr con una voz entre cansada y nostálgica. “Aquellos sí que eran buenos tiempos”, agrega derrotado, casi al alcanzar la cúspide del minarete, desde donde las vistas de toda la ciudad y de sus oasis circunvecinos son espectaculares. El avejentado custodio de la mezquita se refiere a la época de oro del turismo en Agadez, cuando un par de veces a la semana, flamantes Boeings 747 conectaban con vuelos directos el pequeño aeropuerto del desierto con la capital francesa. Desde París llegaban cientos de turistas alemanes, galos, ingleses, italianos, escandinavos, españoles e, incluso, estadunidenses, agrupados en autobuses turísticos, en paquetes todo incluido y, también, en solitario y con mochila al hombro. La derrama económica de esa actividad turística alimentaba de sobra a una ciudad que siempre ha dependido, en cierta forma, de su relación con el resto del mundo. Hoteles, restaurantes, librerías, tiendas de recuerdos y antigüedades, manadas enteras de camellos dispuestas para largas excursiones en el desierto, estaban a la orden del día. Tras las revueltas tuareg de finales del siglo pasado y la cada vez más frágil situación de seguridad en la región por las revueltas de la primavera árabe —que llevaron al colapso del vecino régimen de Muamar Gaddafi en Libia—, van más de diez años que no se para turista alguno en Agadez. Aunque eso no quiere decir que la gente haya dejado de venir o de pasar por la ciudad.

"El custodio de la mezquita se refiere a la época de oro del turismo en Agadez, cuando un par de veces a la semana, flamantes Boeings 747 conectaban con vuelos directos el pequeño aeropuerto del desierto con la capital francesa".

“Tan sólo en lo que va de 2019 hemos ya contabilizado cerca de 80 mil migrantes que transitan por Agadez. Eso sin tener en cuenta a todos aquellos que han escapado nuestro monitoreo y que podrían ser varios miles más”, confirma con un dulce acento portugués María, encargada de la oficina en Agadez de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En la actualidad, la más importante organización del sistema de Naciones Unidas en materia de migración cuenta con tres centros de acogida en la ciudad, que en promedio albergan a unas 500 personas cada uno. En su mayoría adultos jóvenes, adolescentes, hombres y niños, pero también algunos ancianos y muchas mujeres. Todos subsaharianos, provenientes de Senegal, Gambia o Benín; son marfileños, nigerianos, togoleses, malienses, eritreos, chadianos, cameruneses, congoleños y burkineses. En su inmensa mayoría, víctimas de trata y de redes de tráfico humano con ramificaciones tétricas que van de las islas italianas del Mediterráneo a los mercados callejeros de Lagos. Todos esperando seguir su camino, nunca hacia atrás, siempre hacia adelante.

La depresión económica generada por la ausencia del turismo y el abandono por décadas de parte del gobierno central; el irrefrenable trasiego de armas desde y hacia la frontera libia como consecuencia del caos generado tras el colapso de la Jamahiriya;3 los cada vez más evidentes estragos de la emergencia climática en el Sahel, que han alterado irremediablemente los ciclos de lluvias y con ello de pastoreo y cultivo; más el desplazamiento forzado de miles de personas por conflictos interétnicos y religiosos como resultado de ello, han hecho de Agadez, y de todo el país tuareg, una inmensa y lenta bomba de tiempo. Una bomba a punto de explotar y que no habrán de detener los cientos de millones de euros que Bruselas ha inyectado al gobierno comandado por Mahamadou Issoufou para detener el flujo de la migración a través de sus fronteras, ni los cientos de millones de dólares que Washington ha invertido en la construcción de sus bases aéreas y de drones en Agadez. Si acaso, todo ello vuelve la bomba más peligrosa y a sus primeras víctimas, los migrantes en espera de futuro, más vulnerables.

[caption id="attachment_1056256" align="alignnone" width="696"] Agadez, paso de migrantes. Fuente: parismatch.com[/caption]

Bonne arrivée?

No a todos los niños que nacen

otorga Dios su bendición.4

Una de las frases que se escucha con más frecuencia en Agadez, a toda hora del día y de la noche, y que se queda grabada en la mente es bonne arrivée: buena llegada, bienvenido en la acepción más amplia y afectuosa de la frase. Quien se aventura hasta esta capital del desierto la escucha a la menor provocación, aunque no necesariamente pueda o deba sentirse bienvenido. Su paso por aquí, todos lo saben, es temporal, y de él buscan todos sacar provecho: el migrante que sólo anhela cruzar ese interminable desierto para, si tiene suerte, zarpar de Libia hacia Europa y el traficante que ve en ese migrante su forma de subsistir.

“Las tarifas alcanzan el millón de francos”, revela Ahmed sobre el precio que cobran actualmente los guías, tuareg en su mayoría, que acompañan los destartalados camiones que salen prácticamente todos los días desde Agadez hacia la frontera con Libia, a través de las rutas más recónditas del desierto nigerino, en un intento por escapar de los omnipresentes drones americanos y de los cada vez más comunes y severos retenes del ejército del Níger. “Por persona, claro está”, aclara Ahmed sobre la cantidad, que equivale a dos mil dólares estadunidenses y que los migrantes se ven forzados a desembolsar —además de lo que pagan a los traficantes antes de llegar a Agadez y después de pasar la frontera libia— si no quieren terminar enterrados entre las interminables arenas del Sahara. Ahmed conoce bien el mercado, es parte del mismo. El endurecimiento de las políticas europeas, las presiones constantes de gobiernos occidentales sobre Niamey y las crecientes crisis sociopolíticas en todo el continente negro hacen de la ruta del desierto, que inicia en Agadez, la vía de escape de un infierno asegurado. Una vía cada vez más peligrosa y también, tristemente, cada vez más socorrida.

“Yo estoy esperando el momento adecuado para volver a intentarlo”, me confía Rakieh, una fornida y risueña mujer de cuarenta y pocos años que trabaja como doméstica en el barrio residencial de Plateau, uno de los más acaudalados de Niamey. Originaria del norte de Togo, llegó a Níger hace cinco años, con la intención de atravesarlo hacia Agadez y desde ahí seguir la ruta que sus tíos, hermanos y varios primos emprendieron meses antes para alcanzar Italia, a través del desierto y del Mediterráneo. De su pueblo, en una de las zonas más empobrecidas de Togo y acechado desde hace algunos meses por células locales afiliadas a grupos extremistas islámicos del África Occidental, son muchos los que han seguido el mismo camino. Pocos, sin embargo, sobreviven para contarlo. “Dos hermanos murieron ahogados antes de que rescataran su balsa cerca de Lampedusa, y mi marido quedó varado en el desierto entre Níger y Libia, ya nunca más supimos de él”, reconoce la mujer de expresiva mirada. Cuando fue el turno de Rakieh, el camión que la transportaba junto con una treintena de migrantes se estropeó a mitad del Sahara nigerino. Pasaron tres días antes de que los sobrevivientes fueran rescatados por una misión de salvamento. Desde entonces se estableció en Niamey, trabajar y enviar dinero a sus padres y dos de sus hijos, que dependen de sus remesas en Togo. “Tengo derecho a hacerlo”, remata sobre su propósito de no claudicar y alcanzar un día Europa; y sí, Rakieh lo tiene, como también todos los demás. Porque migrar es un derecho, independientemente de que muy pocos en estos días lo quieran reconocer.

"El endurecimiento de las políticas europeas y las crisis sociopolíticas en todo el continente negro hacen de la ruta del desierto la vía de escape de un infierno asegurado".

A unos cientos de metros de la casa que limpia Rakieh en Niamey, la Cumbre de la Unión Africana está a punto de llegar a su fin. En la agenda temática, el fenómeno migratorio realmente nunca trascendió del papel. Aunque las voces silentes que lo personifican —como la de Rakieh— suenen cada vez más fuerte, el mundo no duda en seguirlas ahogando. Su eco, no obstante, siempre se escuchará, a la par del viento y del desierto, en Agadez. Porque ahí, esas voces son inmortales.

AGADEZ

Poema atribuido

a JUAN PABLO Castel

Negra, roja y azul,

en temeshik * o en francés,

tu nombre evoca sedición,

nunca rendirse y también pasión.

De tus jardines bañados

por aguas de mayo y

tus huertos de cebolla,

guayaba y piña,

a tus noches de eclipses

lunares y tormentas eléctricas;

tu historia, que son muchas,

sigue escribiéndose en

esa arena que cubre tus calles,

erige tus minaretes y pinta

tus rostros de eternidad.

Aunque aquél,

el que dice conocerte,

sin haberte jamás visto a los ojos,

se empeñe en enterrarla

para reescribirla.

* Lengua del pueblo tuareg.

Notas

1 Heinrich Barth, Travels and Discoveries in North and Central Africa: Being a Journal of an Expedition Undertaken Under the Auspices of H.B.M.'s Government, in the Years 1849-1855, Archivo del Museo Peabody, Universidad de Harvard.

2 La meseta del Aïr, que posee un microclima saheliano en medio del desértico Sahara, coincide con la división política de las provincias más septentrionales de Níger y con el área cultural controlada y habitada desde inicios de nuestra era por el pueblo tuareg.

3 Socialismo nacionalista de Muamar Gaddafi.

4 Frase inicial del canto épico del pueblo djerma del sur de Níger, conocido como Moolo de Gorba Dikko y publicado en español como El héroe que hizo un pacto mágico y fue al infierno y escuchó que cantaban allí su epopeya. Cantos épicos del pueblo djerma de Níger, traducción, edición y estudio de Safiatou Amadou y José Manuel Pedrosa, prólogo de Sandra Bornand, Calambur Narrativa, Madrid, 2014. El pueblo djerma es una de las etnias con mayor presencia en Níger, aproximadamente cuatro millones de personas, que además de poder económico tiene significativa presencia en las instituciones del estado y en el ejército. Su distribución geográfica, al suroeste del país, coincide con la trayectoria del río homónimo, desde la frontera con Mali hasta las fronteras con Benín y Nigeria.