Arte y literatura ante la inquisición moral

Por lo menos desde la antigüedad clásica, la libertad de expresión, del arte al pensamiento, ha sido perseguida
una y otra vez en nombre de la moral —ese conjunto de valores maleables según las condiciones
históricas que lo acompañan. Es la puerta que abre paso al fanatismo y al propósito de silenciar
toda transgresión a las normas defendidas por “la manada”. Así lo evidencia este ensayo que recorre
algunos casos emblemáticos: de Sócrates a Wilde, Modigliani, Balthus, cuya obra sobrevive
a los censores de su tiempo. Vale la pena recordar su herencia, hoy que enfrentamos “una regresión de siglos”.

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Estatua de Sócrates por Leonidas Drosis, 1885, Atenas.Fuente: en.wikipedia.org
Por:

En el tomo cuarto (1734) del Diccionario de Autoridades podemos cotejar las diferencias en los significados originales de los sustantivos femeninos “honestidad” y “honradez”. Acerca del primero, leemos: “compostura, modestia y moderación en la persona, en las acciones y las palabras”, pero también “moderación y pureza contraria al vicio de la lujuria”; en cuanto al segundo, se le define como “género de pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir su palabra en todo”. En ese mismo tomo se define la “moral” como “lo que pertenece a las buenas costumbres, o a las acciones humanas, en orden a lo lícito, o ilícito de ellas”.1

Es bueno saberlo, para poder comprender lo que cada cosa es, en un ambiente contemporáneo de confusión, pues del mismo modo que la honradez (“rectitud de ánimo, integridad en el obrar”, de acuerdo con el Diccionario de la lengua española) acabó fundida, y confundida, con la “honestidad” (“cualidad de honesto: decente o decoroso; recatado, pudoroso; razonable, justo; probo, recto, honrado”), asimismo, la “moral” terminó, indebidamente, igualándose con la ética. Más aún: muchas personas (incluidas las de cierta ilustración y que fueron a la universidad) suelen confundir “moral”, “moralismo” y “moralina” con el elevado concepto filosófico y vivencial “ética”, pero hay que acabar de una vez por todas con esta confusión y, para ello, basta con ir a cualquier diccionario de la lengua española, y ni siquiera, necesariamente, a uno especializado en filosofía.

VAYAMOS, POR EJEMPLO, al Diccionario de uso del español, de María Moliner. El adjetivo “moral” (del latín morālis) se aplica a lo “relacionado con la clasificación de los actos humanos en buenos y malos desde el punto de vista del bien en general”; asimismo, el sustantivo femenino “moral” es el “conjunto de principios con arreglo a los cuales se hace esa clasificación y de normas de conducta basadas en ellos”. Cabe señalar, además, que la moral nunca es fija: muta, cambia, se transforma, y en algunas naciones es vinculante con las leyes, en tanto que en otras es, simplemente, parte de los convencionalismos sociales.

Lo que ocurre es que, dependiendo de los pueblos, las épocas, costumbres y los valores aceptados, lo que es moral hoy no lo fue ayer y, quizá, tampoco lo será mañana, y lo que es moral para unos puede ser inmoral (“contrario a la moral”) para otros. Nada más por poner un ejemplo evidente, en la Grecia clásica, los grandes filósofos, los más altos espíritus, los pensadores más insignes que fundaron nuestra cultura occidental, no encontraban inmoral el esclavismo ni tampoco la pederastia, entre otros usos y costumbres que hoy consideramos crímenes. Basta leer El banquete, de Platón, para salir de toda duda. Obviamente, no por esto habría que hacer campañas para prohibir la lectura de Platón e impedir que sus Diálogos se publiquen y se divulguen, pues el conocimiento es siempre mejor que la ignorancia, aunque los afectos a la moralina tiendan a creer lo contrario.

Dependiendo de los pueblos, las épocas, costumbres y los valores aceptados, lo que es moral hoy no lo fue ayer y, quizá, tampoco lo será mañana, y lo que es moral para unos puede ser inmoral (  contrario a la moral ) para otros

Lo más importante de todo, en este asunto que nos ocupa, es saber la diferencia entre “moral” y “ética”. Ya vimos qué es la “moral”. Ahora sepamos qué es la “ética”. La define Moliner del siguiente modo: “Parte de la filosofía que trata del bien y el mal en los actos humanos”, y en términos de su aplicación, tal como lo expone Fernando Savater, “ética” es la reflexión sobre por qué consideramos válidos (y buenos) ciertos comportamientos.

En la “moral” grecolatina los esclavos y las mujeres eran objetos de uso y abuso por parte de sus dueños o poseedores. Ni los más grandes pensadores de su época consideraban esto “inmoral”, no ya digamos “antiético”, porque, entre otras cosas, simplemente lo aceptaban como “bueno”, puesto que así lo establecían las leyes, sin reflexionar el porqué de su “bondad”. Por ello, ser “moral” no equivale necesariamente a ser “ético”, ni mucho menos justo, pues la “moral” bien puede acomodarse a la legalidad y a “lo que nos conviene”, así sea en detrimento de los demás y en la indignidad de nosotros mismos.

A las formas hipócritas y exacerbadas de la “moral” se les denomina “moralismo” y “moralina”, que no son otra cosa que fraudes de la ética vinculados a la ideología, al fanatismo, a la demagogia y, al menos hoy (como parte de una moda moralizante), a la corrección política. El “moralismo”, según lo define Moliner, es la “actitud de defender de forma estricta una moral” (aunque ésta vaya en contra de lo ético) y la “moralina”, definida también por la filóloga, es la “moralidad inoportuna, superficial e hipócrita”, en otras palabras, un fraude de la moral. Por eso se adjetiva como “moralizante” a quien “moraliza”, sin que esto quiera decir que su proceder sea “ético”. Para expresarlo claramente, la moral es de cada cual (y cambia con las épocas y con las costumbres), en tanto que la ética (el análisis de lo que consideramos válido y bueno en nuestro comportamiento y nuestras costumbres) tendría que ser de todos y en todo momento.

Amedeo Modigliani, Desnudo sobre un cojín azul, óleo sobre tela, 1917.Fuente: commons.wikimedia.org

EN NOMBRE de la moral, la moralina, el moralismo y la moralización se pueden cometer las mayores injusticias sociales e individuales, pues todos estos conceptos aliados al fanatismo, y no pocas veces a la hipocresía y a la corrección política, se juntan en la inquisición, en el terror de los comités de salud o salvación pública de los Robespierre y los Danton de su momento. Así se justifica el uso de la guillotina, la “quema de brujas”, la tortura de infieles, la ejecución de herejes, el linchamiento público de los diferentes: los alzados, apóstatas, contrarrevolucionarios, insumisos, disidentes, revisionistas o, simplemente, ajenos al camino recto de la manada.

Uno de los grandes problemas de la moral y de la ética, desde el principio de los tiempos de las leyes y el derecho, es el que tiene que ver con el arte y la literatura, con la creación estética, con la producción de obras estrictamente no utilitarias. Por una pintura, por un poema, por un libro, por una escultura o, simplemente, por una idea “inmoral”, “obscena”, “deshonesta”, “impúdica”, “indecorosa” o “sensual” se llevó a juicio y muchas veces a prisión, cuando no a la muerte, al reo de tales obras.

¿Cuál fue la acusación del gobierno de Atenas contra Sócrates, por la que se le sentenció a morir bebiendo la cicuta? El actuar como corruptor de los jóvenes, y no precisamente desde el punto de vista sexual, sino del de las ideas o del pensamiento. La moral ateniense no condenaba ni censuraba la esclavitud ni la pederastia, pero Sócrates sembraba la duda en la juventud ateniense. Se le acusó de mentir, de ir contra la religión (negar la existencia de los dioses), de socavar la democracia y, la más importante, de corromper la moral de la juventud. Pero, estrictamente, los “delitos” de Sócrates eran la libertad de pensamiento, el ejercicio de la duda, el escepticismo y la búsqueda de la verdad que sus acusadores convirtieron en “traición al Estado”.

Los políticos, altos funcionarios, militantes ideológicos, panegiristas, apologistas del poder, propagandistas y proselitistas políticos, en todo tiempo y lugar han exhibido una enorme ignorancia respecto del arte, la creación estética, la literatura y la divulgación de las ideas. No los entienden, no los comprenden y sólo los utilizan ideológicamente, que es la peor manera de acercarse a ellos. No entienden que la creación estética no puede juzgarse desde un punto de vista moral, porque aquélla no tiene como propósito la moralización social.

El triunfo de la pintura de Modigliani, los poemas de Baudelaire y los libros de Flaubert, Nietzsche, entre tantos más que ofendieron la moral, es también la derrota de la estupidez del poder, su demagogia y su hipocresía 

CUANDO EN 1895 Oscar Wilde fue sometido al proceso ignominioso que lo llevaría a la prisión y a la ruina, las acusaciones contra el gran escritor irlandés fueron, en cierta medida, las mismas por las que se procesó a Sócrates, más allá de la acusación concreta del entonces “delito de sodomía” (que prevaleció en las leyes inglesas entre 1533 y 1967). Esto queda muy bien evidenciado en la transcripción de los interrogatorios. Por ejemplo, el que lleva a cabo el abogado acusador Edward Carson que, citando pasajes de las obras literarias de Wilde, lo muestra como un hereje, un corruptor de la juventud y, desde luego, un inmoral. Transcribamos, a fin de probar esto, sólo una mínima parte de aquellos interrogatorios:

Carson: “Las religiones mueren cuando se demuestra que son verdaderas”. ¿Es eso cierto? 

Wilde: Sí, sostengo eso. Es una insinuación hacia una filosofía de absorción de la religión por la ciencia. Pero es una cuestión muy extensa para debatirla ahora.

Carson: ¿Piensa que era un axioma digno de dar a conocer para la filosofía de los jóvenes?

Wilde: Muy estimulante.

Carson (citando nuevamente a Wilde): “Si uno dice la verdad, es seguro que tarde o temprano será descubierto”.

Wilde: Es una paradoja benévola, pero yo no le doy mucha importancia como axioma.

Carson: ¿Es buena para la juventud?

Wilde: Todo lo que estimula el pensamiento en cualquier edad es bueno.

Carson: ¿Ya sea moral o inmoral?

Wilde: No existe la moralidad o la inmoralidad en el pensar. Hay sensibilidad inmoral.

Más adelante, el abogado Carson vuelve a citar un pasaje de Wilde para acorralarlo (cosa que jamás consigue, en realidad es él quien queda en ridículo):

Carson: Ésta es su introducción a Dorian Gray: “No existe cosa tal como un libro moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos”. ¿Esto expresa su punto de vista?

Wilde: Mi punto de vista en arte, sí.

Carson: ¿Entonces debo deducir que, en su opinión, por inmoral que sea un libro, si está bien escrito, es un buen libro?

Wilde: Sí, si estuviera tan bien escrito como para dar una sensación de belleza, que es la sensación más elevada de que es capaz el ser humano. Si estuviera mal escrito produciría una sensación de desagrado.

Carson: ¿Entonces un libro bien escrito que sugiera puntos de vista perversos puede ser un buen libro?

Wilde: Ninguna obra de arte sugiere puntos de vista. Los puntos de vista pertenecen a la gente que no es artista.

Carson: Una novela perversa, ¿puede ser un buen libro?

Wilde: No sé qué quiere decir usted con eso de “novela perversa”.

Carson: ¿Entonces puedo sugerirle Dorian Gray como una novela sujeta a ser interpretada de esa forma?

Wilde: Podría serlo, tan sólo, para brutos e ignorantes. Los puntos de vista en arte de los filisteos son incalculablemente estúpidos.2

En pensamiento, agudeza intelectual, sensibilidad e inteligencia, hacia finales del siglo XIX, Wilde ganó un debate importantísimo para la libertad de la creación estética. Y, sin embargo, perdió el proceso judicial y fue sentenciado a dos años de trabajos forzados en prisión, con un veredicto que destruyó su prestigio y arruinó su vida, aunque no pudo aniquilar su obra, porque la obra artística está por encima de prejuicios morales, religiosos, ideológicos y de cualquier otro tipo.

La moral y, más aún, el moralismo y la moralina son peligrosos para el arte y la literatura; en general, para la creación estética: porque ahí donde está la más elevada producción estética está sin duda también la ética, dado que hablamos de perfección. (“Ética y estética son uno”, sentencia Wittgenstein).3 Y, tal como afirma Wilde, en relación con el arte no importan los puntos de vista de la gente ajena a él: el arte es “una realidad suficiente”, como lo ha observado André Comte-Sponville y, por ello, “el arte es más verdadero que la moral”.4

Así como las leyes y la moral de sus respectivas épocas pudieron arruinar y destruir a los seres humanos Sócrates y Oscar Wilde, pero no así su pensamiento ni su obra, de esta misma manera el arte y la literatura han encontrado espacios, en sociedades peligrosamente moralistas y puritanas, para sobrevivir y perdurar. Sin esos espacios de insumisión y resistencia habría obras que seguirían en la oscuridad o en el olvido: cuadros que nunca se hubieran visto, libros que nunca se hubieran publicado, destruidos por la inquisición moral e ideológica de su época.

Esto reafirma dos axiomas, irrefutables, de Comte-Sponville: “A cada siglo, sus sofistas; a cada época, sus supersticiones”; y la más importante: “La filosofía es la valentía de la razón, y la sabiduría, su triunfo”. La muerte de Sócrates, asumida por él mismo, sin aceptar el perdón que le ofrecieron a cambio de ser diferente, es un triunfo de la sabiduría insumisa que tiene la grandeza de exhibir y al mismo tiempo denunciar la estupidez del poder. Por ello, concluye Comte-Sponville, en todas las circunstancias, y más allá de Dios y de los poderes terrenales, pero especialmente en los momentos más decisivos de la existencia, “morir es el precio que hay que pagar por ser uno mismo”.5

Balthus, Teresa soñando, óleo sobre tela, 1938.Fuente: historia-arte.com

FRENTE A LA CENSURA por motivos de moral, moralismo y moralina, el triunfo, por ejemplo, de la pintura de Modigliani, los poemas de Baudelaire y los libros de Flaubert, Nietzsche, entre tantos más que “ofendieron” la moral de su época, es también la derrota de la estupidez del poder, su demagogia y su hipocresía. No olvidemos que la primera vez que se expusieron públicamente los cuadros de Modigliani, las autoridades cerraron la galería porque, en esas pinturas, los desnudos femeninos “ofendían el pudor y las buenas costumbres”. Dan Franck, en su maravilloso libro Bohemios, refiere el episodio. Era 1917, en París.

En una galería de la rue Taibout, Berthe Weill había organizado la primera exposición de Modigliani. [...] La noche de la inauguración, había tanta gente dentro de la galería como fuera de ella. De un lado, los amantes del arte; del otro, los viandantes, estupefactos ante los desnudos expuestos en el escaparate. Enviaron a un agente que se encargó de informar al comisario. Éste les hizo llegar el siguiente mensaje: hay que descolgar los cuadros. Berthe Weill se negó. Fue inmediatamente citada a la comisaría de policía. Tuvo que cruzar la calle entre los abucheos y pullas de los señores con polainas y las señoras con tocado.

El comisario estaba furibundo:

—¡Le ordeno que retire toda esa porquería!

—¿Y se puede saber por qué? —le preguntó la galerista.

—Esos desnudos...

El representante de la ley escupía al hablar. Cuando se repu-

so, respondió con una voz rota por la cólera:

—Esos desnudos... ¡tienen pelos!

Hubo que cerrar la galería. Para ayudar a Modigliani, que vivía sumido en una profunda miseria, Berthe Weill le compró cinco [de aquellos] cuadros. Lo defendió con tanto tesón como lo hizo con Picasso durante sus primeros años parisinos.6

Con feliz malicia, Nietzsche, que atribuía a Napoleón el nacimiento de una “fe en la masculinización europea”, escribe, regocijado, en El gay saber: “El hombre desnudo es un espectáculo deshonesto, en general; me refiero a los europeos (¡no en cambio a las europeas!)”.7 Esta afirmación que hoy sería considerada de gran incorrección política y de cosificación a la mujer (lo que prueba que la moral cambia) es el punto de partida del escritor y filósofo alemán para afirmar que la moral es un enmascaramiento, un disfraz, un vestido, un atavío que cubre lo que nos avergüenza en relación con la verdad. En tal sentido, la moral no es otra cosa que el miedo a mirar lo bello en la realidad (incluida la realidad del arte), distinguiéndolo de lo que no lo es. Las peores personas suelen disfrazarse de moral, explica Nietzsche, por mediocridad, miedo, infelicidad y aburrimiento y, en no pocos casos, el último resto de moralidad que tienen es precisamente la creencia en la moral. (Marcel Proust y Comte-Sponville coinciden con Nietzsche, pues, según advierte el primero, “tan pronto como uno es infeliz se hace moral”, y nos recuerda el segundo que “moral de los tristes, ¡triste moral!”).

“En el fondo, me repugnan todas aquellas morales que dicen: ‘No hagas esto. Renuncia. Véncete a ti mismo’”,8 escribe Nietzsche; pero el autor de El gay saber va más allá:

El valor de un medicamento para un enfermo es independiente por completo de si el paciente tiene una idea científica de la medicina...

Una moral pudiera incluso haber surgido de un error; aun viéndolo así no se hubiese tocado siquiera todavía el problema de su valor. Nadie ha puesto, pues, a prueba, hasta ahora, el valor de la más famosa de todas las medicinas, la llamada moral, para lo cual es de todo punto necesario en primer lugar que alguien por fin... la ponga en duda.9

Desde luego, no la ponen en duda los políticos ni los ideólogos que se disfrazan con ella, pero sí los grandes artistas y los prodigiosos escritores que no se atavían jamás con ella, pues, según concluye Nietzsche, únicamente hallan mejoría quienes saben darse cuenta de que algo no es bueno, aunque esté establecido en las leyes y en la moral o en ambas.

¡Se le ven las bragas! , gritan los puritanos y las puritanas
del siglo XXI. Esto nos recuerda la guerra contra Modigliani, porque los desnudos de sus pinturas ¡tenían vello púbico! 

PODRÍA PENSARSE que la inquisición moral es cosa del pasado y que estamos muy lejos de ella, gracias a los triunfos del arte y la razón, de la estética y la ética que ya hemos reseñado. Se trata al menos de un pensamiento apresurado y poco atento, pues existe hoy, y da muestras evidentes todos los días, una nueva inquisición moral que es una especie de retorno al puritanismo de siglos pasados en el mundo occidental, revivido en el siglo XXI. Un puritanismo por demás hipócrita, pues obedece a las ideologías, a la corrección política y, especialmente, al moralismo y a la moralina, más que a la ética. Ya hay países donde Lolita, de Nabokov, es un libro prohibido o censurado, sin importar que sea una de las grandes obras literarias de la modernidad. Ya hay exigencias también de grupos puritanos (muchos de ellos universitarios) que dan la guerra con campañas para que el cuadro de Balthus “Teresa soñando” (1938) no se exhiba en los museos, porque la adolescente aparece “en posición sugestiva”.

Los especialistas en arte dicen, de esta obra, que “irradia luz propia y pureza” y que “al verla se puede sentir la placidez de la joven en el sueño”. “¡Pero se le ven las bragas!”, gritan y protestan los puritanos y las puritanas del siglo XXI. Y esto nos recuerda, como ya hemos visto, la guerra contra Modigliani, hace un siglo, porque los hermosos desnudos de sus pinturas ¡tenían vello púbico!

Enfrentamos una regresión de siglos. Lo mejor es que han sido mujeres quienes defienden o han defendido a Nabokov, Balthus y Modigliani; lo peor, es que son otras mujeres, en general, quienes insisten en la prohibición y la censura basadas en argumentos que nada tienen que ver con el arte, sino con la moral y la corrección política.

Los neopuritanos se escandalizan por todo y, con muy especial hipocresía, por el sexo y su representación, por la sexualidad y el erotismo, sublimaciones del arte, culmen de la estética, condenando la literatura y el arte a tonterías formales de los lenguajes literarios o plásticos que no reflejan ni el conflicto ni la riqueza de la vida. Quieren cosas muertas, disecadas, neutras y políticamente correctas, en lugar de una literatura y un arte que surjan de los impulsos vitales. Sin embargo, los neopuritanos y las neopuritanas que, al igual que el juez Carson ante Wilde, privilegian la ideología para juzgar la literatura y el arte, que siguen la dictadura ideológica de lo políticamente correcto, se han metido, sin percatarse, en un callejón sin salida. No entienden que no entienden, pero suponen entendimiento ahí donde sólo exhiben fanatismo e inquisición moral. Por ello, en un libro cuyos personajes son libertinos, invariablemente atribuyen el libertinaje al autor, y esto es verdad, por ejemplo, en Henry Miller y Anaïs Nin, pero incluso en las obras de Miller y Nin está el impulso vital de la sexualidad en su mayor potencia creativa trasladada al arte de la gran literatura.

¿QUÉ SIGUE? Podemos preverlo, más que adivinarlo: ¡expurgar pasajes y relatos enteros de la Biblia y todo el Cantar de los cantares! No exhibir más los desnudos de Modigliani y Balthus; no reeditar nunca las cartas de amor de Joyce a su amada Nora Barnacle, etcétera. ¡Esto sigue, para que los moralistas y los moralizantes no se ofendan! Es el colmo: los políticos son más “obscenos” en el único sentido, recto, que tiene la palabra (impúdicos, torpes, ofensivos al pudor), ¡y nadie, por cierto, hace campañas para prohibirlos o censurarlos!

Borges, siempre oportuno para poner las cosas en su sitio, dijo en cierta ocasión: “No nos dejemos embaucar por la connotación sexual de la palabra inmoralidad; más inmoral que fomentar la lascivia es fomentar el servilismo y la estolidez”.10

Notas

1 Diccionario de Autoridades, en línea: https://webfrl.rae.es/DA.html

2 Los procesos contra Oscar Wilde, traducción y prólogo de Ulises Petit de Murat, Valdemar, Madrid, 1996, pp. 50-52.

3 Ludwig Wittgenstein, Diario filosófico (1914-1916), traducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera, Ariel, Barcelona, 1982, p. 132.

4 André Compte-Sponville, Sobre el cuerpo. Apuntes para una filosofía de la fragilidad, traducción de Jordi Terré, Paidós, Buenos Aires, 2010.

5 Ibidem, pp. 145, 154, 174.

6 Dan Franck, Bohemios, traducción de Teresa Alonso-Lasheras, Ollero & Ramos Editores, Madrid, 1999, pp. 46-47.

7 Friedrich Nietzsche, El gay saber, edición y traducción de Luis Jiménez Moreno, Espasa-Calpe, Madrid, 1986, p. 246.

8 Ibidem, p. 209.

9 Ibidem, p. 239.

10 Antonio Fernández Ferrer (compilador y prologuista), Borges A/Z, Siruela, Madrid, 1988, p. 191.