Cien años del renacer de Angelina Beloff

Al margen

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Angelina Beloff, De l'hotel de Londres au Gymnase Znamenski, ca. 1920.Fuente: Museo Blaisten
Por:
  • Veka Duncan

Las efemérides sirven para evocar la memoria de quienes a través de su vida y su obra contribuyeron a formar nuestro imaginario, evitan que esos personajes caigan en el olvido y nos permiten hacer un poco de justicia a aquellos que aún no son evocados con la frecuencia que merecen.

ESTA SEMANA RECORDABA la efeméride de Angelina Beloff, quien nació el 23 de junio de 1879. El aniversario de su natalicio cobra particular relevancia este 2021, en el que —entre muchas otras cosas—, conmemoramos el centenario del muralismo. Fue en ese año cuando Roberto Montenegro comenzó el primer mural y José Vasconcelos tomó posesión de la Secretaría de Educación Pública del gobierno obregonista, desde donde comenzaría a trazar el proyecto con el que se gestaría propiamente el movimiento en la Escuela Nacional Preparatoria. 1921 es también recordado como el año del regreso triunfal de un joven pintor que se había formado en París y de su ingreso a las filas del movimiento que renovaría las artes mexicanas. Su nombre era, por supuesto, Diego Rivera. Es a través de él que esta historia centenaria de hombres emprendiendo el renacimiento cultural de México se cruza con la de una mujer que, gracias al muralismo, vive su propio renacer en otro lado del mundo.

ANGELINA BELOFF LLEGÓ a París en 1909, después de algunos años de educación artística en su natal San Petersburgo. Al ingresar a los Cursos de Estudios Superiores para Mujeres hizo sus primeros pasos en la carrera médica, pero muy pronto se desvió de ese camino para formarse como artista. Su padre, un burócrata, no veía con buenos ojos el cambio de vocación, por lo que Angelina sólo podía acudir a las clases nocturnas de la imponente Academia Imperial de Arte.

Al poco tiempo, una vez decidida a seguir su pasión, entró a una escuela particular, donde el sueño parisino comenzó a enraizarse en sus planes. La llegada a la Ciudad Luz no sería nada fácil para una tímida y reservada chica rusa, acostumbrada a la compañía familiar. En sus memorias, Angelina narra el terror que le causaba la bohemia de los cafés, quizá igual o un tanto más que su primer encuentro con el arte moderno en la escuela de Henri Matisse a la que se había inscrito. Hoy en día sorprende pensar que jamás había visto una sola imagen de las entonces incipientes vanguardias artísticas, pues en las revistas únicamente circulaban descripciones escritas. A pesar de un difícil periodo de adaptación, Angelina comenzó a abrirse paso en el mundo del arte parisino. Ingresó a la Academia Vitti, donde el pintor español Anglada Camarasa centraba sus lecciones en las enseñanzas del impresionismo, con las que se había formado Angelina en Rusia, y ahí entablaría amistades duraderas, como la española María Blanchard.

En 1921, liberada del lastre que fue su matrimonio
con Rivera, la pintora que Gómez de la Serna describió como un pájaro azul desplegó sus alas

EL AÑO QUE DIO INICIO a su estancia parisina marcó su vida en más de una forma. Incluso, no es arriesgado decir que 1909 fue el inicio de todo, pues Angelina emprendió un viaje a Bélgica con Blanchard. Decididas a practicar su pintura y dibujo al aire libre, las jóvenes artistas se instalaron en Brujas, donde tanto canales como construcciones medievales ejercían un particular magnetismo en los estudiantes y entusiastas del arte. Uno de ellos era Diego Rivera, a quien Angelina conoció en ese viaje gracias a su amistad con Blanchard. Lo que fue un encuentro casual en un café, se terminó convirtiendo en una amistad que devendría en matrimonio. Tras unos días en Brujas, Angelina viajó con Blanchard, Rivera y sus acompañantes, el también mexicano Enrique Freyman y una pintora polaca cuyo nombre se desconoce, a Gante, Dunkerque y Londres, donde al fin Diego le confesó sus intenciones amorosas. Al regresar a Francia, todavía en 1909 y ya como novios, ambos expondrían por primera vez en el Salón de París.

A partir de ese momento, Angelina y Diego unieron sus vidas por los siguientes diez años. Frecuentaron juntos a artistas como Picasso y Modigliani en los cafés de Montparnasse y viajaron cada verano a España a continuar con sus exploraciones paisajísticas. Si bien ella lo recordaría como un periodo feliz, también fue el inicio de su mayor desdicha. A pesar de admirarlo como pintor y de profesarse un respeto mutuo como artistas, la vida en pareja le pesaba a Angelina; además de continuar con su formación y desarrollar su propio trabajo, debía encargarse de la casa y hacer las veces de asistente, preparando los lienzos y pigmentos de Diego antes de dedicarse a sus grabados. Para 1916, Angelina dio a luz a su primer hijo mientras él disfrutaba de la compañía de Marevna Vorobev-Stebelska y en 1917 la embargó la enorme pena de perderlo ante la escasez de carbón que golpeaba París a consecuencia de la guerra. Las grietas de su matrimonio se hicieron cada vez más profundas y en 1921 Diego le anunció a la artista que regresaría a México.

EL ABANDONO DEBIÓ SER un duro golpe para Angelina. Al pasar los años, las cartas de Diego dejaron de llegar, hasta que al fin recibió noticias de que se casaría en México con Guadalupe Marín. No dudo del dolor que pudo haber vivido, pero para mí 1921 fue el año en que, liberada del lastre que fue su matrimonio con Rivera, la pintora que Ramón Gómez de la Serna describió como un pájaro azul desplegó sus alas. Obligada a ganarse la vida sola, alternaba el trabajo en un taller de restauración con la creación de estampas que le ganarían un merecido lugar en la historia de la ilustración, colaborando con la editorial Athème Fayard. Sin otra preocupación más que su obra, su talento fue al fin reconocido en París y ello le ganaría, en esas extraordinarias vueltas del destino, una invitación a México para sumarse al grupo de artistas que contribuían a la alfabetización nacional. En la SEP, Angelina desarrolló una importante labor en el diseño de marionetas del Teatro Guiñol, además de seguir colaborando en el mundo editorial, sobre todo en publicaciones infantiles.

En este centenario del renacimiento artístico de México, recordemos también este renacer de una artista que lamentablemente ha pasado a la historia como la primera esposa de Diego Rivera.