Diego Rosales: superviviente del muralismo mexicano

Esgrima

DIEGO ROSALES
A la Tierra Prometida: Hombre universal, mural de Diego Rosales (detalle), 2010.Fuente: artistamundo.com
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Dentro de la Alcaldía Coyoacán, más puntualmente en la colonia Adolfo Ruiz Cortines, vive y trabaja el maestro Diego Rosales, nacido en 1927. Ahí se encuentra el estudio que él mismo construyó a la entrada de una misteriosa cueva pétrea, en una de las formaciones caprichosas que dejó el volcán Xitle como huella de su erupción, hace más de dos milenios.

A sus 93 años, el maestro Rosales, quien fuera amigo y asistente de Diego Rivera, sigue pintando activamente y conserva una memoria lúcida, si bien en estos últimos días algunos contratiempos de salud lo tienen en cama. Siempre amable, está dispuesto a recibir al visitante para compartir sus experiencias de vida, que inician en ese México convulso de mediados del siglo pasado, donde la cultura y sobre todo la pintura fueron nuestra carta de presentación frente a un mundo que despertaba, apenas, de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Maestro Rosales, ¿cómo fue su infancia? ¿De qué modo tuvo sus primeros escarceos con la pintura?

De pequeño no me gustaba la escuela. Todo el tiempo quería dibujar y pintar; más tarde, el trabajo tampoco fue lo mío. Los lápices y colores estaban siempre conmigo. De lo demás, no entendía el propósito.

¿Cómo conoció a Diego Rivera?

Mire usted, en realidad las primeras veces que lo vi no sabía ni quién era. Él venía aquí a mi casa desde la década de los treinta y luego a principios de los cuarenta. En esa época este predio era propiedad de mi familia, antes de las modificaciones que ahora usted puede ver. El maestro llegaba en una vieja camioneta destartalada y vestido de manera muy fachosa, con overoles azules de trabajo. Venía a ver a mi padre para tratar asuntos en relación con el terreno que tenía aquí cerca, donde años después empezó a construir su museo, el Anahuacalli.

Mi primera relación formal con él ocurrió años después, en circunstancias muy fortuitas. Fue en 1944. Yo me encontraba en Oakland, California, y es que en ese entonces me fui de mojado para trabajar en el ferrocarril South Pacific, en labores de intendencia. Un buen día asistí a una conferencia que Rivera daba en San Francisco. Al terminar me le acerqué. Él, al reconocerme y tener referencias a través de mi padre sobre mis aptitudes para la pintura y mi interés por las artes plásticas, me dio una carta para presentarme en La Esmeralda, es decir, la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, del Instituto Nacional de Bellas Artes, en la Ciudad de México.

Me regresé a la capital y a los pocos días ya me encontraba en la escuela, hablando con el director. Éste, al ver que yo iba recomendado por Diego Rivera, me trató excepcionalmente, me mostró todos los talleres y espacios de la escuela. Tuve entonces mis primeros contactos con dibujantes, con escultores. Por supuesto, quedé muy sorprendido de sus habilidades y talentos. Así, al día siguiente ya estaba tomando mis primeras clases en La Esmeralda.

Diego Rivera iba con frecuencia a La Esmeralda para reclutar asistentes. Durante uno de esos días me invitó a trabajar con él. 

¿Que pasó después de su experiencia en la escuela? ¿De qué modo inició su actividad como pintor?

Destaqué desde los primeros años en la escuela. Rivera iba con frecuencia para reclutar a algunos estudiantes como asistentes. Durante uno de esos días me invitó a trabajar con él. Eso fue a finales del año 1948; yo estaba muy jovencito. Al día siguiente lo fui a ver a su estudio en San Ángel, el que les construyó el arquitecto Juan O’Gorman a Frida y a él. Enseguida empecé a trabajar en comisiones menores y un par de años después ya le entré a los murales que el maestro estaba realizando. Durante esos primeros años trabajé en Desembarco en Veracruz, mural que está en el Palacio Nacional; luego en El agua, origen de la vida en la Tierra, dentro del Bosque de Chapultepec, y también en Pesadilla de guerra, sueño de paz, un mural desmontable que se presentó en Bellas Artes y luego desapareció misteriosamente. Y así seguí. Por ese entonces, en 1950, tuve mi primera exposición individual con mi obra de caballete; fue en el Hotel del Prado de la Ciudad de México.

¿Que ocurrió con usted a la muerte de Rivera, en 1957?

Para mí fue muy duro, tenía una gran amistad con el maestro; además, por supuesto, el trabajo se vino abajo. Continué entonces con mi obra de caballete, tuve algunos encargos como restaurador en murales del propio maestro y también en piezas de José Clemente Orozco. Ya en la década de los sesenta inicié mis propios proyectos murales.

¿Qué murales le interesa destacar de su propia autoría?

En 1960 realicé La conquista y el tormento de Cuauhtémoc, que está en la Capilla Laica del Registro Civil, en la Alcaldía Coyoacán. Ya en la década de los ochenta trabajé el mural que está en la Casa de la Cultura Jesús Reyes Heroles, de esa misma demarcación; se titula Imágenes inmortales. Todavía en el año 2010 realicé el mural A la Tierra Prometida: Hombre universal, en la Universidad de Florida, en Miami.

Se conoce que usted tiene una importante colección de arte precolombino y que posee un profundo conocimiento sobre nuestras culturas prehispánicas. ¿Qué nos puede decir al respecto? 

Desde muy joven me dediqué a buscar y coleccionar arte prehispánico. Hoy tengo un acervo de más de quince mil piezas, algunas de las cuales usted puede ver aquí mismo. Por ejemplo, este grabado en piedra del Fuego Nuevo de Iztapalapa es único; no existe ninguna otra representación conocida de este importante símbolo de la cultura mexica. En cuanto a mi conocimiento del mundo prehispánico he de decirle que desde hace muchísimos años he estudiado con afán todo lo referente a la cosmogonía mexica, sus calendarios lunares y solares, los solsticios, y en general todo lo referente a las cifras primitivas jeroglíficas. De hecho he realizado varias pinturas sobre estos temas que me apasionan e incluso algunos otros trabajos, incluso literarios. Está, por ejemplo, mi libro La Piedra del Sol o Serpiente Nube, que es un estudio sobre el calendario azteca. Del mismo modo, en 1986 me fue editado el volumen Poesías y cartas de amor.

¿A que dedica sus días en la actualidad?

Mire usted, trabajando se me olvida mi edad; todavía tengo la energía intacta. Trabajo en mi obra de caballete, estoy concentrado en mis series de girasoles y tengo algunos alumnos que vienen a trabajar aquí conmigo. Además llevo algunos años gestionando con la Alcaldía Coyoacán la posibilidad de abrir aquí mismo el Museo Diego Rosales. La cuestión se ha estancado y sin embargo no quito el dedo del renglón. Mi sueño es que mi colección de piezas prehispánicas viaje más adelante alrededor del mundo, para que se dé a nuestras culturas originales la importancia que merecen, en el contexto de la historia de la civilización.