El selfie stick o la prótesis del yo

El selfie stick o la prótesis del yo
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Si los autorretratos a un brazo de distancia son el espejo que uno elige para exhibirse, el palo extensible que los facilita sería su empuñadura perfecta, el mango ideal para cerrar el círculo del acto de mostrarse. En la búsqueda del ángulo favorecedor, en el trance de decidir lo que se incluye y lo que se deja de lado en la conformación de la propia imagen, el selfie stick sería algo más que una continuación del cuerpo, una suerte de prótesis para la necesidad suprema de control: la respuesta ergonómica al ansia de hacerse cargo del encuadre con el que se construirá una identidad inmediata, la versión estudiadamente espontánea de uno mismo.

POR LO QUE SABEMOS, la primera selfi de la historia se hizo en daguerrotipo en 1839, en Filadelfia. Robert Cornelius, químico diletante y aficionado a la fotografía, habría levantado la cubierta de la lente y corrido a toda prisa para posar durante un largo minuto ante la cámara. Su autorretrato parece tan actual que cualquiera lo confundiría con una de las millones de selfis que desfilan en redes sociales, acaso beneficiado por un filtro sepia que le da esa aura inconfundible de antigüedad, sometida al lento proceso de difuminarse. La imagen muestra a un joven Cornelius con la cabeza inclinada ligeramente, no tanto en el gesto de rehuir lo frontal, sino de brindar su perfil más fotogénico. Tal vez todo converja hacia su mirada, al mismo tiempo elusiva y directa, confiada pero penetrante, como la de quien está consciente de que, así sea a través de un desplazamiento, del giro que lo transforma de fotógrafo en modelo, se está mirando a sí mismo.

Lo que en los albores de la fotografía se conseguía con encuadres milimétricos y paciencia de estatua, todo lo que a lo largo del siglo XX se experimentó con juegos ante al espejo y cabinas de Photomaton, hoy está al alcance de un botón con la ayuda del palo mecánico. Aunque parezca algo antediluviano, hubo un tiempo en que las selfis tenían que hacerse a ciegas, adivinando el foco y dejando al azar cualquier idea de composición. Todo cambió con el invento de la cámara frontal y el auge del selfie stick.

SEGÚN LA LEYENDA, el delgado brazo fotográfico se habría patentado hace más de dos décadas en Japón, donde sin embargo no tardaría en arrumbarse como una estrella pasajera de los catálogos de inventos inservibles o francamente delirantes. No sería sino hasta la consagración de las redes sociales como escaparates obsesivos y cambiantes —cuando la idea de aparecer en el espacio virtual se impuso como prueba de la identidad y la valía personal—, que aquel tripié paradójico, que no se apoya en el suelo y ni siquiera cuenta con patas de ninguna clase, cobró nueva vida, ya no como aditamento de la cámara fotográfica, sino como uno más de los efectos personales, al lado del peine y del lápiz labial, con los que suele confabularse para la creación de ese momento irrepetible de afirmación y autobombo con el que gritamos al mundo aquí estoy, así me encuentro ahora mismo.

Quizá a lo que más se parezca el selfie stick sea a una antena de tipo telescópico. No es casual que, micropublicación mediante, su propósito sea captar las miradas, como si la atención viajara en ondas por el aire. Si la selfi tiene algo de grito, ya sea de súplica o de alarde, el palo retráctil contribuye a su modulación, a que no tiemble o desentone por torpe o demasiado revelador y excitado. La autofoto podrá confundirse con un llamado de auxilio, con un desplante estridente o una reivindicación personal, pero lo decisivo es que refleje una versión ampliada de nosotros mismos, una continuación escenográfica del yo. En ella todos los elementos, desde el emplazamiento hasta el decorado, desde la gente que nos acompaña hasta la iluminación, tejen la estampa discursiva no tanto de cómo somos,  sino de cómo queremos ser vistos.

"Si la selfi tiene algo de grito, ya sea de súplica o de alarde, el palo retráctil contribuye a su modulación, a que no tiemble o desentone por torpe".

FREUD DESCRIBIÓ famosamente al hombre como un dios con prótesis. Aunque la mente requiera también de sus propias extensiones y postizos —toda clase de sostenes abstractos y amplificaciones químicas—, era difícil imaginar que para mantener en alto la autoestima y satisfacer la necesidad de aceptación, alguna vez llegaría a nuestro auxilio, como último puntal del ego, un sencillo tubo cromado que, aun cuando no podría usarse de bastón, hace las veces de asidero portátil, de una auténtica muleta del yo.

Ya sea que entendamos la selfi como un orificio hacia la intimidad, como el ojo de cerradura que elegimos para que propios y extraños hurguen en nuestro secreto o bien como la prueba autorizada de que todavía sabemos sonreír, el palo mecánico aporta la promesa de tener la sartén por el mango. Ésa es su principal función: que el control sobre la imagen se extienda al plano de lo tangible. Una vez que tenemos en nuestras manos las herramientas para modelar nuestra imagen, que la proyección de nosotros mismos no está en función de espejos ni de carreras enloquecidas al otro lado del obturador, la selfi puede dejar de ser un simple dispositivo onanista, un juguete efímero y superficial. Así es capaz de convertirse en un instrumento para subvertir las prácticas opresivas o bien para recuperar la confianza y la dignidad frente a las muchas formas de discriminación.

El potencial político de la selfi depende de su énfasis y alcances, de lo que se incluye en cuanto correlato de uno mismo. Al ganar en profundidad de campo y abrirse al contexto, el palo de la autofoto contribuye a rebasar la esfera del narcisismo y apostar por el yo como circunstancia. Aunque no falten presidentes y funcionarios que echen mano de la selfi como arma de propaganda populista, también ha sido usada para contrarrestar los estereotipos occidentales de belleza, por ejemplo, o para la defensa del amamantamiento en el espacio público, o para que las mujeres turcas se rían abiertamente a pesar de que su gesto se considere inmoral.

EN CONTRASTE con el autorretrato pionero de Cornelius, desentendido del entorno y centrado en un plano de medio cuerpo, el bastón retráctil permite abrazar lo colectivo y enriquecerse con los detalles de la situación. Una vez que se cuenta con más aire y recursos para enfocarnos a nosotros mismos, las posibilidades de desafiar las fronteras entre lo personal y lo público se multiplican.

El apogeo de la selfi quizás no responda únicamente a una rebelión contra la fotografía tradicional, en la cual hay siempre una mirada ajena que encuadra y dispara como si se tratara de una cacería. La autofoto ofrece además la oportunidad de tomaar el control, de ser uno mismo quien se mira y toma las decisiones, de no depender de nadie para retratarse (y, dado el caso, retractarse). Después de todo, al empuñar nosotros mismos el selfie stick se puede conjurar el miedo de que nos roben el alma en una instantánea.