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Herrán y López Velarde primicia de un retrato
Saturnino Herrán, Retrato de López Velarde, lápiz y carbón sobre papel, 1916. Foto: Fernando Fernández

—¡Pero cómo se creía que Saturnino Herrán no había hecho nunca un retrato de López Velarde! ¿Quién lo creía? ¿De dónde salió esa información? ¿Es que nadie lee lo que está escrito? ¿Es que todo el mundo opina solamente de oídas?

Quien se revuelve de este modo es José Luis Martínez, el gran bibliotecario de la literatura mexicana, el minucioso autor de Hernán Cortés, el editor ejemplar de Ramón López Velarde. Llevamos un rato conversando. Hasta este momento, el ilustre bibliófilo mexicano ha hablado con serenidad, sentado en un sillón color arena quemada, en el rincón de una sala llena de libros sobre la que ha caído la noche. Ahora, en cambio, ha pasado sensiblemente al ataque. Si acepto gustoso un reproche dirigido también a mi persona es porque antes él ha aceptado con una sencillez que me ha conmovido los pequeños reparos que puse por escrito, hace poco más de un lustro, en las páginas de mi libro Ni sombra de disturbio, a algunos detalles de su edición de la obra del poeta zacatecano; ya no sé cómo, ese tema ha ocupado la primera parte de nuestra plática.

—Es posible que tenga usted razón —había empezado diciéndome—. Puedo entender que alguien piense que fueron excesivos algunos comentarios personales donde quizás no venían a cuento. Pero desde luego la tiene cuando me reprocha que no debí incluir mis propuestas a los huecos, dejados por López Velarde, en la reproducción de “El sueño de los guantes negros”. De nada me valió jugar con el recurso del colaborador anónimo, y José Emilio, seguramente con las mejores intenciones, terminó echándome de cabeza. Tenía que haberlas puesto en el cuerpo de notas del volumen y no en la página misma del poema, que debe quedar como la dejó el poeta.

CUMPLIERON CON EL AUTOR

Me di cuenta de que era José Luis Martínez en persona en cuanto advertí ese mismo gesto hermoso con que recibe a las cámaras a la puerta de su casa de la calle de Rousseau 53, colonia Anzures, en el documental que le hizo Paulina Lavista, y que he visto con placer en un par de ocasiones. No tuve la fortuna de conocerlo en persona, así que los datos de los que se sirve mi memoria para ponérmelo delante, la simpática figura en el quicio de la puerta, el contorno de los ojos almendrados, la sonrisa entrañable, sin duda los tomo prestados de ese lugar.

—Ahora, lo de las erratas ya no es cosa mía, o no del todo. Quizás ahí el Fondo de Cultura, institución que yo tanto quise, no ha hecho bien su trabajo. ¡Mire que añadir nuevas erratas en vez de corregir las que ya existían! Además, es cierto que es necesario volver a ver los poemas en los lugares donde se publicaron originalmente, y eso es algo que usted y sus contemporáneos están obligados a hacer ahora. Mi generación, con el trabajo de muchos que terminó cristalizando en mis tres ediciones, cumplió holgadamente con López Velarde. Por supuesto que pueden mejorarse, pero eso no me impide pensar que son una estupenda labor (en mi caso, el resultado de media vida de trabajo). Quizás debieron saltarme otros detalles, como esa expresión, “hacerte mía”, de uno de los primeros poemas, que efectivamente no puede ser del poeta. También eso es verdad: esa expresión es indigna de López Velarde.

El director honorario perpetuo de la Academia Mexicana de la Lengua, el exdirector del Fondo de Cultura Económica, el Presidente del Comité organizador de las celebraciones del centenario del nacimiento de López Velarde, hace una pausa para tomar aliento. Alrededor de nosotros gravita una porción considerable de los setenta mil ejemplares de su biblioteca distribuida por la casa, tal como aparecen en las primeras tomas que hizo la cámara de Paulina Lavista aquella tarde con parte de su noche cuando estuvo aquí, unos nueve años antes de la muerte de José Luis Martínez, entrevistando al maestro.

“José Luis Martínez, reflexiono en lo que hago las primeras pesquisas para localizar la revista Vida Moderna, tiene toda la razón para mostrarse irritado”.

DISENTIR DE LOS ANTECESORES

—Déjeme decirle que su postura, señor Fernández, su rigor e incluso a veces esa belicosidad que hizo usted muy bien moderando en los últimos años, siempre son preferibles a cualquier género de condescendencia. A la larga, los homenajes, cuando carecen de sentido crítico, sólo consiguen apartarnos de las obras y las personas tal como son o han sido. No le pido que abandone nada de eso, aun si es respecto a mi propia obra. No importa que no crezca necesariamente su lista de amigos.  Y dígaselo de mi parte a sus colegas, ese grupo de entusiastas velardianos a quienes veo con enorme simpatía, los cuales tienen la obligación de volver con seriedad al poeta. No importa si es contradiciéndonos a nosotros, a Octavio, al doctor Phillips, a Gabriel, al propio José Emilio, incluso a los jóvenes Campos o Sheridan, a mí mismo. No todos lo aceptarán sin problemas, como lo hago yo ahora.

Hasta este momento, José Luis Martínez ha hablado con su característico tono tranquilo, la mirada risueña y la dicción algo húmeda, sonriendo en todo momento. De pronto se incorpora visiblemente, adopta un gesto de gravedad y pasa al ataque:

—Pero que celebren lo que ignoran o no recuerdan, ¡eso sí me enfada! El asunto es serio porque se acerca el centenario de su desaparición [2021] y temo que se vayan a decir tonterías a manos llenas. Con la vista puesta en los cien años de la muerte de López Velarde y la publicación de “La suave Patria”, por favor, ruégueles de mi parte a sus amigos que todo lo que opinen o escriban vaya acompañado de un mínimo de esmero y pulcritud. De entrada, es necesario conocer el trabajo de quienes los hemos precedido en el amor y el estudio de nuestro poeta más querido.

Traga saliva y continúa, subiendo de tono:

—¡Porque mire usted, decir que se pensaba que Saturnino Herrán nunca había hecho un retrato de López Velarde! Lo peor es que a veces los especialistas ni siquiera se enteran de lo que está escrito; ahí está, por ejemplo, mi edición del Fondo. No le estoy hablando de un libro difícil de conseguir, como el de Martha Canfield que usted ha prologado, sino de uno que está al alcance de todos. Asómese, asómese a la página de mi libro en la que se aborda el asunto y verá por qué todo este regocijo no puede parecerme sino una fiesta frívola, una celebración de sordos. Usted mismo escribió un parrafito al respecto, con la misma ignorancia de…

LA “MÁSCARA” DE LÓPEZ VELARDE

Lástima que el sueño no se prolongó al menos un rato más. Ya que el principal editor y uno de los máximos conocedores de López Velarde me honraba dialogando conmigo, y lo hacía sin ceremonias, poco menos que de colega a colega, me hubiera gustado preguntarle si ahora que gozaba de una perspectiva más amplia y de unas condiciones más ventajosas había conseguido aclarar alguno de los misterios que aún envuelven la vida y la obra del poeta.

Nada más despertarme, después de apuntar cuanto oí de su boca y he recreado más arriba, me lancé sobre su edición, la segunda, desde luego. No porque esté más limpia que la primera —ya que algún corrector añadió, en efecto, todo género de errores y erratas—, sino porque, a la vista de los setenta años de la muerte de López Velarde, que se conmemoraron en 1991, José Luis Martínez la amplió con todo género de informaciones e incluyó hasta cien nuevos textos del poeta.

No tardo en dar con lo que quiso decirme mientras soñaba con él. Así, en la página 80 leo las siguientes palabras: “En [la revista] Vida Moderna, del 29 de marzo de 1916, aparece una ‘Máscara’ de López Velarde, dibujo al carbón de Saturnino Herrán”. Un poco más abajo, José Luis Martínez advierte que no se ha encontrado ese retrato; se refiere, claro, a que se ignora el paradero del original del cual se reprodujo la imagen incluida en la revista. Así que se sabía que Herrán había hecho un retrato de su amigo; otra cosa es que no hubiera aparecido el dibujo que salió a la luz hace un par de años, posibilidad anunciada a la vista de todos, en el lugar más notorio posible, por el más importante editor de López Velarde. También otra cosa es, por supuesto, el que ninguno de nosotros hubiera tenido en cuenta la página en donde está esa información. José Luis Martínez, reflexiono en lo que hago las primeras pesquisas para localizar la revista Vida Moderna, tiene toda la razón para mostrarse irritado.

Empiezo por la Biblioteca Nacional. Allí está la ficha, así que me lanzo un día después del trabajo, tarde ya, cerca del cierre. La revista aparece catalogada, pero por causas que nadie puede aclararme los ejemplares han desaparecido. Un amable bibliotecario llamado Daniel Ciprés (como los cuatro que están plantados delante de la casa en que vivió y murió López Velarde), quien atestigua mi decepción, se toma el asunto como propio y después de algunas averiguaciones me hace saber por teléfono que la publicación que deseo consultar está en la biblioteca Lerdo de Tejada, de la Secretaría de Hacienda. La conozco bien: he estado tres o cuatro veces en ella. Es la que tiene los muros pintados por Vlady, en donde mi amigo Marco Perilli expuso los libros que ha editado. Llamo en cuanto puedo, pero me informan que la revista está en proceso de restauración. Lo entiendo: tiene más de un siglo. Debo esperar, por lo tanto, hasta el año próximo. Una mañana de finales de febrero, por fin, una vez que me han avisado que la publicación está disponible y ha sido aceptada la solicitud que tuve que presentar por escrito, me veo delante del tomo único del semanario Vida Moderna.

Foto: Fernando Fernández

PRIMERAS REACCIONES Y ERRATAS

Para quienes nos interesamos en López Velarde, esa revista es un documento especialmente valioso. En sus páginas sentimos alentar discretamente a nuestro poeta en medio de la fiesta del carrancismo en ebullición. Dirigida por Carlos González Peña, el autor del libro en el que estudiaremos literatura en la secundaria, Vida Moderna da cuenta del entusiasmo por el régimen de Venustiano Carranza con todo tipo de muestras: alusiones constantes a él y sus aliados; homenajes a su hermano Jesús, fusilado en Oaxaca; un largo texto, publicado en varias entregas, sobre “la Obra en la ciudad de México” del general constitucionalista Pablo González, evidente patrocinador de la publicación; los avances en el aplastamiento del zapatismo; la entrada triunfal del Primer Jefe a la capital del país, con foto de su silueta y la de sus allegados, entre ellos el futuro traidor Obregón, asomados al Zócalo, tomada desde el interior de Palacio Nacional… De cuando en cuando asoma López Velarde: con poemas de La sangre devota, primero; después, con reseñas sobre ése, su primer libro; luego con inéditos del libro en preparación Zozobra; por último con diversas prosas, algunas de ellas incluidas en forma de columna periódica.

Ni el tapabocas ni los guantes de látex que he debido calzarme para hojear el volumen aminoran la emoción que siento al ver las páginas donde se dieron a conocer algunos de sus mejores poemas, como “Mi prima Águeda”, nada menos, “Por este sobrio estilo…” o “Para un zenzontle [sic] impávido…”. Me hace gracia ver las erratas, que deben haber dolido a su autor, con que se publicaron por vez primera algunos otros, como “Ser una casta pequeñez…”, por cierto en uno de los versos que más nos gustan.

Por fin encuentro lo que busco en el número 28, del miércoles 29 de marzo de 1916, para ilustrar una reseña firmada por Jesús Villalpando de La sangre devota, libro que ha aparecido hace unas semanas. Ahí se incluye, a buen tamaño, en la esquina inferior derecha de la página impar, el retrato al carbón de Saturnino Herrán que vio José Luis Martínez y dejó cuidadosamente anotado.

Así que lo que hemos debido celebrar, como acaso bien pudo decirme el editor de López Velarde si el sueño hubiera durado lo suficiente, no es la existencia de un retrato de Ramón elaborado por su talentoso amigo, como hemos hecho desde 2018, sino la aparición del original del que fue reproducido en una revista de la época.

Hay mucho por decir de la presencia de nuestro poeta en las páginas de Vida Moderna y me prometo regresar a ellas. Me conformo, por ahora, con hacer mis notas (muchas, al detalle, todas de inmenso interés para mí). Por último, me despojo de los guantes y el tapabocas, devuelvo el libro al mostrador de préstamos y me dispongo a salir a la luz del día, tres horas después de mi llegada. Al cruzar la puerta de la biblioteca, luego de mirar de pasada el revuelo de libros convertidos en aves que dejó plasmados Vlady en una de las paredes interiores, me vuelve a la cabeza la imagen sonriente de José Luis Martínez en el rincón sereno de su biblioteca, sentado en su sillón de color arena quemada, complacido del modo en que se ha desarrollado un nuevo episodio de nuestra fructífera colaboración.


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