Humor judío: el chiste es quejarse

Humor judío: el chiste es quejarse
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GROUCHO MARX

En la película Los productores (Mel Brooks, 1967), un empresario de Broadway y su contador deciden poner en escena una obra que fracase, al descubrir que es más lucrativo estrenar un fiasco que un éxito. En su búsqueda de la peor obra dan con el guión de un nazi trasnochado que hace una oda a Hitler. En el primer acto, el público se muestra perplejo ante semejante provocación, pero con su incompetente elenco, la obra destinada a ser una apología se torna en pitorreo de Hitler y, contra todo pronóstico, resulta un éxito. Sin querer.

“¿Cómo pudo suceder esto? ¡¿Qué hice bien?!”, se cuestiona Max Bialystock, el productor sin escrúpulos, mientras se da de topes. Pues eso: encontrar involuntariamente la fórmula perfecta de la comedia, que incomoda, trivializa las desgracias. Según Woody Allen, la comedia es tragedia más tiempo. A su modo, la comedia banaliza el mal, parafraseando muy serias palabras de la filósofa Hannah Arendt.

El judío ha sido históricamente exterminado, perseguido y expulsado. Tiene mucho de qué quejarse, es un vehículo perfecto para el gen de la comedia. Quizá porque el humor es portátil y los judíos somos errantes lo hemos preservado tan bien. “Mis cuatro abuelos perdieron a toda su familia en el Holocausto, cómo no podrían ser graciosos”, dice el comediante Elon Gold en When Jews Were Funny  (Cuando los judíos eran divertidos), un documental de Alan Zweig cuya premisa es que el humor judío transformó la comedia en Estados Unidos.

MENOS COMODIDAD, MÁS HUMOR

Cuando cursaba la primaria en la escuela judía, leímos en clase un cuento en idish donde unos judíos se transportaban de un país a otro —qué raro—, con mercancías. Uno llevaba ropa, otro cubiertos, otro joyas y a uno más, que viajaba ligero, le preguntaron qué llevaba. Señaló su cabeza y dijo: “El conocimiento es la mejor mercancía”.

Lo dijo Imre Kertész en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 2002 y lo enfatizó Viktor Frankl en su multileído testimonio El hombre en busca de sentido. Ambos sobrevivientes del Holocausto sentenciaron: pueden quitarte todo menos la libertad de pensamiento, las ideas, el sentido de vida, la identidad.

La mayoría de los judíos prefiere decir lo mismo desde el humor. Según Freud, éste es el mecanismo de defensa más avanzado. Lo analiza a fondo en El chiste y su relación con el inconsciente y lo reafirma su discípulo Theodor Reik, en el libro Jewish Wit (Psicoanálisis del humor judío). “La comedia es el jazz de los judíos para lidiar con la frustración”, dice Mark Breslin en el documental de Zweig, mientras David Steinberg considera que la comodidad anula el humor. “Si hubieras tenido una gran infancia, un matrimonio feliz y algo de dinero serías un pésimo comediante”, opina. Tacho, caricaturista y guionista humorístico, me dijo una vez: “La realidad provee”.

Existen tantas formas de ser judío como judíos hay en el mundo, o incluso más, porque donde hay dos judíos, hay tres opiniones, dicen. Sin embargo, el humor es un común denominador persistente, quizá uno de los rasgos más característicos de este pueblo.

Si bien no tenemos la patente del sufrimiento —aunque a veces creamos que sí—, la verdad es que se nos da. El judío es un kvetcher (“quejoso”, en idish), el eterno inconforme como Seinfeld en la serie de televisión, que puede estar ante la mujer perfecta pero le disgusta la uña chueca de su pie. El judío se queja porque sufre pero también porque está contento; quejarse es señal de vida y de que todo está en orden. Si se manifestara fabuloso, algo no andaría bien. El mesero que atiende una mesa de comensales judíos, en lugar de checar si todo está bien, pregunta si algo está bien.

Carlos Velázquez dijo en la presentación de su Despachador de pollo frito que los comediantes son gente atormentada. Cuenta que se echa Seinfeld en loop cuando va a escribir y que él no se considera chistoso pero escribe cosas hilarantes, aunque moriría de hambre si quisiera ser cómico. Esta idea va aparejada al concepto luz en el escenario, sombras en la intimidad. Es lo mismo que se rumora de varios cómicos brillantes, que dan pavor en la vida real.

En la cinta Lenny (Bob Fosse, 1974), sobre el comediante Lenny Bruce, interpretado por Dustin Hoffman, el tipo se revela conflictivo, insoportable. Fue pionero del stand up comedy, de los primeros en contar sus desgracias en el escenario, maestro de la incorrección política. Lo detuvieron varias veces por daños a la moral y obscenidad. Arremetía contra todos. Resultó también precursor de la libertad de expresión, aunque a él le fue como en feria con la ley. En la película de Fosse se intercalan escenas de su vida y cómo las lleva al sketch.

JUDAÍSMO A ESCENA

La maravillosa señora Maisel (serie disponible en Amazon Prime) es la tragicomedia de un ama de casa en Nueva York de los años cincuenta, que se divorcia y descubre por accidente su talento como comediante. No se mostraba sin maquillaje a su esposo, pero ante el público se desnuda. Es una serie judía y neoyorquina. Midge es una estrella nata que está comiéndose el mundo —con dificultad— y su familia vive preocupada porque no consigue marido. Es evidente cómo ella teje sus chistes a partir de la realidad y conoce a Lenny Bruce en uno de sus mutuos arrestos en la comisaría.

En La maravillosa señora Maisel también aparecen los Catskills, un bastión de los standoperos. A las afueras de Nueva York, las familias judías iban a vacacionar en clubes todo incluido o en sus propias casas de descanso. Los cómicos se presentaban en espacios legendarios. Era muy buena escuela porque ese público, justo porque nada le parece, es muy exigente. De ahí salieron grandes figuras como Rodney Dangerfield, Mel Brooks, Joan Rivers, Woody Allen; en conjunto se les denomina Borscht Belt (cinturón del Borscht, una sopa judía).

Una característica frecuente del standopero judío es que suele traer a colación su raza, la vuelve leitmotiv de su rutina. Estamos obsesionados con nosotros mismos. Así como el barrio, uno puede salir de lo judío, pero lo judío no sale de uno. Por nuestro ensimismamiento somos expertos en burlarnos de nosotros mismos y adelantarnos a los demás. El diario iraní Hamshahri convocó en 2006 a un concurso de caricaturas antisemitas con el tema del Holocausto. Como contraataque, el caricaturista israelí Amitai Sandy organizó un concurso de dibujos antisemitas exclusivo para judíos; de ahí surgieron las caricaturas más ofensivas. Con un mira y aprende, la consigna es quitarle al atacante el privilegio de golpear. Nos burlamos de nosotros mismos para dejar al enemigo sin armas. Saul Bellow —Nobel de Literatura en 1976— dijo que el humor judío “es una mezcla de risa y temblor”.

La novela El lamento de Portnoy, de Philip Roth, es un referente de la autoparodia: Alexander es un joven judío aficionado al sexo, que lleva a cuestas respectivos complejos y remordimientos. Resulta intercambiable por cualquier personaje de Woody Allen, o por el propio Allen, aunque el cineasta niega que sus personajes sean autobiográficos; dice que su vida es más aburrida.

No es fortuito que la madre de Allen en Historias de Nueva York lo siga reprimiendo desde el cielo, al modo de Dios Todopoderoso. No importa que esté muerta, de ese tamaño la ha introyectado y lo ha arruinado sin remedio. En Manhattan, cuando su esposa lo deja por una mujer, él dice: “Mi hijo está siendo educado por dos madres. Creo que muy poca gente sobrevive a una sola”. También comenta: “Estoy trabajando en una novela que se llama La sionista castrante, basada en un cuento que escribí sobre mi madre”. Al parecer, el neoyorquino nunca terminará de exorcizar a su mamá.

Como estereotipo, la madre judía o ídishe mame es sobreprotectora, persigue al hijo con el suéter y lo sobrealimenta, se ofende si no se sirve tres veces de su guisado, porque dos son señal de que no le gustó. Padece síndrome de la escasez, producto de persecución o genocidio, así que además de vivir con complejo de culpa porque perdió familiares, tiene el refri a reventar para prevenir cualquier calamidad. Guisa para una docena aunque vengan cinco a comer, porque hay que aprovechar mientras se pueda, quién sabe cuándo toque hibernar. No se siente apreciada por sus esfuerzos para proteger a su prole de los peligros del mundo. Habla con acento cómico, no tiene tacto, avergüenza a su hijo en público y ninguna mujer califica para nuera, nadie merece a su primor, al que ha criado con tanta devoción. Es castrante y asexual. Aunque esas madres se están extinguiendo, dejan como legado hijos trastornados, es decir, los padres de la futura generación.

Van dos botones de ejemplo del humor judío sobre ellas. Un hijo le confiesa a su mamá que es homosexual. Ella le pregunta: “¿Eso significa que te metes a la boca el pene de otros hombres?”. Él asiente. “¿Y no estás dispuesto a probar mis kishkes (guisado de tripas)?”. Otra le regala a su hijo una corbata roja y una azul. La siguiente vez que se ven, el hijo trae puesta la corbata azul. La madre le pregunta: “¿No te gustó la roja?”. Así, las cosas.

"La madre judía o ídishe mame es sobreprotectora, persigue al hijo con el suéter y lo sobrealimenta, se ofende si no se sirve tres veces de su guisado".

CHINGUEMENISHT

El típico humor judío que ubicamos en la cultura popular llegó a América con los askenazitas, judíos provenientes de Europa del Este que se juntaban en el shtetl, pueblito donde en su mayoría hablaban localmente el idish. Sería más adecuado llamarlo humor askenazita o idish, que es un idioma, pero también una mentalidad.

El idish tiene un sonido pintoresco con términos que el inglés adoptó como shmok (pene, idiota), tujes (trasero), jutzpe (descaro), kvetcher (quejoso), oy vey! (¡cielos!). Además, el acento de sus hablantes originales, próximos a extinguirse, es gracioso y formaba parte de las rutinas cómicas de antaño.

Como cultura, esa lengua tiene dichos y maldiciones casi intraducibles que develan una idiosincrasia muy singular: es helft vi a toitn vankes (sirve lo que a un muerto las ventosas); zolstu esn vi a ferd un kakn vi a féiguele (que comas como caballo y cagues como pajarito). Hay una compilación con más ejemplos en el libro En idish suena mejor, de la mexicana Natalia Gurvich.

La directora general de la escuela donde estudié, la lérerke (maestra) Vele, era una señora que nació viejita y vivió unos 120 años, como el profeta Moisés. Migrante ella misma y con acento gracioso, nos ponía el estáte quieto diciendo chinguemenisht (no me chingues), una fusión de idish-español que ella inventó con su propio ingenio de raza.

[caption id="attachment_1158042" align="alignnone" width="945"] Roman Griffin Davis, Taika Waititi y Scarlett Johansson en Jojo Rabbit (2019). Fuente: imdb.com[/caption]

El judío debate hasta las últimas consecuencias, alucinantes incluso. Así se las gasta desde sus orígenes en las intrincadas interpretaciones que hace de los mandatos en la Torá, el libro sagrado, luego explicados en el Talmud y reinterpretados por cada sabio, profeta, rabino y judío de a pie en el planeta. La Torá —como todo— se cuestiona a partir de complejos ejercicios de lógica. La dificultad del gobierno israelí para formar recientemente una coalición es ejemplo de la imposibilidad de los judíos para llegar a un acuerdo.

Además de quejas, al judío le sobra jutzpe (descaro), es histriónico y ruidoso. Habla con las manos, hace aspavientos, se explaya. Y el público en el anonimato agradece que alguien se atreva a decir lo que también le pasa. Lo ejemplifican estas dos historias: un hombre va caminando por la calle en Israel con dos sandías, una bajo cada brazo. Alguien le pregunta una dirección y el hombre le pide que le sostenga las sandías. Ya liberado de la carga, extiende los brazos y responde: “No sé”. Por otro lado, en la película El dictador, el ídem interpretado por Sacha Barón Cohen empieza a usar palabras en idish y se justifica: “Se me pegaron, estoy en Nueva York; además me gusta que suenan a lo que significan”.

La vena humorística de Los productores pervive en Jojo Rabbit (2019), una comedia de Taika Waititi, judío —desde luego—, que además interpreta a Hitler, por qué no. Otro genio cómico que pagó derecho de piso con horas-sufrimiento. Para constatar que ésta es la única moneda capitalizable, un pasaje de la novela gráfica Watchmen (que recuerda a Garrick, el “actor de Inglaterra” del poema de Juan de Dios Peza): “Un hombre va deprimido al doctor, no soporta la vida. El doctor tiene el remedio ideal. ‘Vaya al show del payaso Pagliacci, lo va a animar’, le recomienda. El hombre rompe en llanto: ‘Pero doctor, yo soy Pagliacci’”.

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, diría el escritor Daniel Sada. Tal es el camuflaje de la tragedia que pasa por comedia.