Jueves 3.12.2020 - 13:55

La grandeza y la catástrofe

La grandeza y la catástrofe
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El polvo es la quintaesencia de la desgracia, la aniquilación su identidad primera y última. El continuo ulular de las sirenas, en este caso, es el contrapunto de su paisaje roto. La marejada fraternal y solidaria que ha enfrentado al polvo y la desgracia en la Ciudad de México, a consecuencia de este segundo terremoto fatídico fechado un 19 de septiembre —ese golpe del azar que reincide treinta y dos años después—, contiene un aura épica y un poderío asombroso para formular, imaginar un rumbo alterno, capaz de reconciliar a la sociedad mexicana: su comunicación, emotividad y eficacia han confirmado su fuerza para afrontar con nobleza, valentía, entrega incondicional y desinteresada, los infortunios atroces que el destino, a través de la historia, le ha reservado a la actual Ciudad de México.

Ante el recuento casi ancestral del infortunio, esta genuina grandeza mexicana adquiere su definición más convincente cuando enfrenta —una y otra vez, durante toda su existencia— los embates insospechados de la adversidad. En la catástrofe de este septiembre de 2017, además, ha consumado una lección de calidad humana que de ningún modo mitiga el pesar por las víctimas, los damnificados y la devastación, pero sin duda le añade un sentido distinto. El polvo de los edificios en ruinas trastocó su signo con la respuesta inmediata, multitudinaria, que se volcó a las calles. Se menciona la cifra de un millón de voluntarios que se anticiparon a poner la propia vida en riesgo, motivados sólo por el rescate de las víctimas. Después llegaron las autoridades de distintos órdenes y con ellos conformaron —en su inmensa mayoría, pese a los desaciertos, hasta la actualidad—, un equipo de cientos de miles de personas que han alcanzado logros admirables y de franco heroísmo, reunidos por el único afán de salvar a los conciudadanos: entrar en las construcciones dañadas, recuperar a decenas de sobrevivientes y heridos. Los imborrables puños en alto que invocaban el silencio para escuchar la vida. Una hazaña realizada justo entre los escombros.

SENTIDO INVERSO

En unas cuantas horas, ese ímpetu social reivindicó los mejores principios de la convivencia, justo en sentido inverso de la incivilidad, el abuso y la impunidad que por desgracia identifican nuestros años recientes de bancarrota política y moral. Entre los demasiados rostros siniestros del país, en un tiempo degradado en forma exponencial por el imperio de la delincuencia hiperviolenta y el desprecio por la vida humana, cuando la corrupción es un reclamo mayoritario de la sociedad a sus gobernantes y autoridades en todos los niveles, justo entonces y a través de la catástrofe, irrumpieron los atributos renovados de la “sociedad civil” (cuyo surgimiento proclamó Carlos Monsiváis como secuela o fruto del terremoto de 1985), identificada por un sentimiento comunitario de lucha en favor la supervivencia. Una empatía que contrasta con la indignación colectiva ante las complicidades del poder económico y político; es decir, que señala el compás y la brecha de esa percepción donde los poderes operan en el espacio de sus propios intereses, a la distancia de su sociedad, y se caracterizan por ser ajenos a ella.

Confluencia de factores múltiples y contradictorios. La carga del miedo y la desgracia que azotó nuevamente a la ciudad dio paso a un raudal de crónicas o testimonios del horror y el dolor; relatos de presencias y lugares desaparecidos, episodios desgarradores, memorias, imágenes de la destrucción recurrente de la ciudad y sus jirones. El activismo del voluntariado y las redes sociales —en su mayor parte y también hasta la actualidad— dotaron de sentido y cohesión a los esfuerzos y necesidades del momento. Pero esto no contuvo la divulgación perversa de datos no confirmados —equívocos, rumores, denuncias de pillaje, robos, asaltos, nuevos derrumbes y calamidades— que azuzaron la incertidumbre, la desesperación, la angustia, el sufrimiento demorado por horas y días, la psicosis como estado colectivo de ánimo. A la par, en contraste, la movilización persistió en el auxilio de las víctimas y de esta forma opuso su resistencia y voluntad ante los invaluables daños que produjo el terremoto en zonas muy diversas de la ciudad.

LA CONSTANCIA DE UN POTENCIAL

Desde el voluntariado que preserva en el anonimato su heroísmo y generosidad, la movilización rebasó por mucho los lastres, las notas funestas que anteceden y han acompañado al cataclismo. Entre ellas los excesos y manipulaciones, la reiteración de lugares comunes y fórmulas sentimentales, el oportunismo, la demagogia, el chantaje partidario y político, la rapiña ideológica y material, falsas alarmas, bromas y memes lamentables, todos esos y otros factores palidecen ante las hazañas individuales y colectivas que hemos atestiguado en estos días. En el balance despunta la evidencia de una sociedad que se reconoce y converge en la entereza de cara a la desgracia que puede ser el principio de un nuevo pacto social, contra la ineficiencia y la complicidad de todas las fuerzas políticas —más allá de sus presuntos idearios— en el saqueo, la expoliación del país y la atención interesada en sus clientelas y supervivencia.

Los tiempos y costos materiales de la reconstrucción, por lo pronto, son incalculables. En cambio, las repercusiones políticas de esta desgracia gravitan desde ahora en el próximo año electoral, lo cual explica las ofertas o propuestas de los partidos para alinearse con la causa ciudadana. Pero desde la sombra fúnebre que invade otra vez a la antigua región más transparente, la contundencia de la respuesta civil implica, antes que una promesa, la constancia de un potencial: una moral colectiva que puede o debe ser mayoritaria, cuyos valores han reconquistado para la comunidad doliente lo más valioso de la aventura, la calidad y convivencia humana.