La zopilota

La zopilota
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El sol era tan intenso como debió haber sido en Argel una tarde de asesinato. Había un camino estrecho de tierra suelta y clara. Tal vez la sensación de estrechez era por el calor o el grupo de turistas. Hacía casi cuatro años que no tenía vacaciones.

La tierra se pegaba a mis tenis, horribles, pero apropiados porque cuando uno está de vacaciones usa tenis. Estaba absorta en los beneficios de la ropa vacacional, y complacida vi que los turistas se habían quedado atrás o adelantado cuando vi frente a mí una camioneta con la puerta del conductor abierta, abandonada. Si hurgaba para encontrar alguna cosa de valor y los dueños regresaban, me podrían insultar, gritar, incluso golpear y mi reputación quedaría por los suelos.

Iba maldiciendo a mis lentes oscuros por no haberse metido en mi bolsa porque el sol (no tendrían porqué saberlo) siempre me ha puesto de mal humor. En la tierra suelta descubrí un arete y, a menos de medio metro, un reloj de pulso, un anillo, una cartera sin dinero, pero no encontré el par del arete.

El aire no existía en ese lugar; las ramas de los árboles, los arbustos inmóviles. Sabía que no estaba dentro de un cuadro por la tierra que levantaban mis pies. Ya respiraba con dificultad y miraba cómo se empolvaban mis tenis cuando se terminó el suelo y empezó un valle inundado de cadáveres. Hombres, mujeres, niños. Unos, en completo estado de putrefacción: verdosos, hinchados; en cualquier momento les podía salir un chisguete de agua hedionda. Informes, como los del Semefo. Otros parecían de madera apolillada, como las momias de Guanajuato. Una señora rubia todavía estaba en agonía junto a otros que tenían el gesto estúpido de los que acaban de morir. Y como siempre sucede en estos casos, pisé una piedra suelta y allá fui a dar. Caí en medio de un montón de cadáveres con distinto tiempo de haber muerto. Salí de ahí pisando panzas y cabezas. Hubo una avalancha de piernas y brazos porque jalé una cadera que servía de soporte. Mis tenis estaban hechos un asco.

El aire estaba regresando cuando vi las paredes rosa mexicano y amarillo canario del hotel. Le pedí mis llaves a la señorita y caminé a mi habitación. En el pasillo, como si fuera en el metro, tomé con la mano derecha el tubo y con la izquierda la agarradera, pensando en lo inútil de los tubos, dada la existencia de las agarraderas y viceversa, pero el pasillo iba a más de ochenta kilómetros por hora, así que comprendí tal precaución. Las puertas de las habitaciones pasaban tan rápido como los postecitos blancos de la carretera que nunca pude contar cuando iba en el carro con mi papá, y me decía que el agua que veía a lo lejos se iba a quitar cuando yo pasara porque él era mago. Llena de miasmas y con cara de pocos amigos, estaba tratando de olvidar a los muertos mientras un muchacho me veía insistentemente. Balanceándose, agarrando con indistintas manos el tubo, se acercó como un chango. Con la mirada fija en mi mano sobre la agarradera, preguntó acerca del anillo que había encontrado en el camino estrecho de tierra suelta y clara. Lo llevaba en el anular porque era lo más fácil mientras guardaba la cartera, el reloj y el arete sin par en la bolsa de mis bermudas.

"tuve ganas de sacarle los dientes con pinzas, uno por uno. Miré el mechón de mi cabello y tuve ganas de cortarle los siete dedos restantes con tijeras de pollero".

—Me lo encontré —le respondí.

—No es cierto —dijo, como si supiera mi vida entera—. ¿De dónde sacaste ese anillo?

—Que me lo he encontra’o , joder —le dije hablando como española.

El tipo se veía consternado. En casa nos habían repetido hasta el hartazgo que no usáramos cosas ajenas.

—¡Ese anillo es de mi madre! —gritó. Yo todavía ceceando le respondí que entonces su pinche madre lo había perdido y en vez de tomarse del tubo, el infeliz se agarró de mi cabello.

—¡¿Dónde encontraste ese anillo?! —gritó.

No entendía nada porque el anillo era más bien feo. Hubo turbulencia en el pasillo y, trenzados, pepenados de los cabellos nos golpeábamos contra las paredes y puertas. Histérica, grité que fuera a averiguar al valle aquel que parecía basurero humano. Inmediata y lentamente caminó hacia atrás.

—¡Zopilota! ¡Zopilota! ¡Profanaste el cuerpo de mi madre! ¡Robaste el anillo del cuerpo de mi madre! ¡Ave de rapiña!

El tipo parecía en una crisis nerviosa. Yo, queriendo ser dueña de la situación, traté de serenarme.

—Entonces, ¿debo entender que te importa más que haya, según tú, robado el anillo de tu pinche madre, que el hecho irremediable de que esté muerta? —le pregunté, ya sin hablar como española.

Por respuesta obtuve un puñetazo, al que le siguieron varios más que traté de devolver inútilmente. Entre el revuelo de trancazos y el desconcierto, alcancé a ver que el número de mi habitación se acercaba. Eché a correr, él me tiraba de la playera, la rasgué, se quedó con ella y así pude abrir mi habitación. Con el portazo para cerrar, tres de sus dedos con un mechón de mi cabello cayeron a mis pies. La impresión no impidió que pusiera el seguro. El tipo seguía gritando: “¡Zopilota!”.

Con la frente recargada en la puerta y en brassier, tuve ganas de sacarle los dientes con pinzas, uno por uno. Miré el mechón de mi cabello y tuve ganas de cortarle los siete dedos restantes con tijeras de pollero, pero como no iba a poder, ya lo único que quería era tirarme en la cama y no salir de mi habitación si no era para regresar a la Ciudad de México. Pero se me salieron los ojos al ver que estaba en descampado, a menos de cien metros del basurero humano.

En ese momento supe que a este huérfano lo tendría que matar para llevarlo al valle de los cadáveres, y que no estaría a salvo en ningún lugar, aunque llenara de muertos el campo entero, a no ser que aprendiera a convivir con ellos.