Las grandes novelas y un epílogo

Las grandes novelas y un epílogo
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Como un lugar común persistente cuyo eco aún se escucha a veces, en las tres últimas décadas del siglo XX se oyó a los críticos repetir, en las conmemoraciones anuales por el 2 de octubre, que no se había escrito aún la gran novela del 68... mientras que durante ese mismo periodo el ciclo narrativo se iba desarrollando con una solidez que ahora, a la distancia, parece notable. Incluso puede afirmarse que así como hubo una novela de la Revolución hay una novela del 68.

Ésta se inicia, como se dijo en la segunda entrega de esta serie, con Juegos de invierno (1970), de Rafael Solana y acaso llega hasta Amuleto (1999), del chileno Roberto Bolaño, que transforma en Auxilio Lacouture a la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, la mujer que

se quedó encerrada en unos baños del piso 8 de la Torre de Humanidades del 18 al 30 de septiembre, durante la ocupación de Ciudad Universitaria por el Ejército. El pasaje fue primero recreado por Bolaño en Los detectives salvajes (1998). Alcira es mencionada un par de veces en Los días y los años (1971), de González de Alba: cuando se discute su uso del mimeógrafo para imprimir poemas y no volantes; y justo en el momento que entran los soldados a la Universidad y ella los recibe, en la cabina de control de los altavoces de Filosofía y Letras, con el disco de Voz Viva en que León Felipe recita sus versos.

Entre Solana y Bolaño hay una nómina interesante, en la que figuran Juan García Ponce, María Luisa Mendoza, Jorge Aguilar Mora, Gerardo de la Torre, Fernando del Paso, Arturo Azuela, Gonzalo Martré y Marco Antonio Campos, entre otros.

La invitación (1972), de García Ponce, surge de la siguiente anécdota:

Durante el movimiento estudiantil del 68 participé activamente desde el principio, formando con Nancy Cárdenas un comité de intelectuales que publicaba desplegados contra Díaz Ordaz, y por primera vez en mi vida publiqué notas sobre política. Me detuvieron al salir de Excélsior junto con Nancy Cárdenas y el Pelón Valdés, dado que por mi silla de ruedas me confundieron con Marcelino Perelló. La detención fue muy violenta, pero esa misma noche nos dejaron libres al comprobarse la confusión.

Ese hecho es novelizado (en la kafkiana historia de R.) en un libro que tiene como punto de arranque estas líneas de Novalis: “El mundo se hace sueño; el sueño se hace mundo”.

El 68 es también el gran lienzo por el que discurre Crónica de la intervención (1982), del mismo García Ponce, donde la vida privada de sus personajes se entrelaza con la vida pública de México (un poco a la manera de La educación sentimental de Flaubert, en torno a otro año ocho significativo: 1848), y uno de cuyos centros, o abismos, es la noche de Tlatelolco.

En Si muero lejos de ti (1979), de Jorge Aguilar Mora, se observa el movimiento estudiantil desde las ventanas o las banquetas; Gerardo de la Torre lo hace, en Muertes de Aurora (1980), desde el punto de vista de los trabajadores petroleros adscritos a la Refinería 18 de Marzo que se unieron a las marchas. Y Fernando del Paso cuenta, en Palinuro de México (1977), la historia de un estudiante de Medicina que muere la madrugada del 28 de agosto luego de participar en una de las marchas principales del movimiento estudiantil (acaso la más numerosa), que fue del Museo de Antropología al Zócalo. Como se recordará, en algún momento se tomó la rara decisión (con Sócrates Campos Lemus al micrófono) de dejar una guardia que esperara la respuesta gubernamental; y hacia las dos de la mañana el gobierno desplegó un operativo para detener a los jóvenes, lo que incluyó el uso de tanques, salidos de Palacio Nacional, uno de los cuales atropella al

protagonista.

Más allá de la anécdota, Del Paso construye una novela caleidoscópica que representa los varios rostros de la protesta juvenil, ligada íntimamente a una década contracultural, y donde están presentes el humor y la irreverencia, la psicodelia y la revolución sexual, elementos que encarnan en la ficción. El personaje debe su nombre al piloto de Eneas, quien cae al mar vencido por el sueño... o por los sueños. Lo que nos lleva de nuevo a Novalis y a definir esa época, o a esa generación (en lo que coinciden García Ponce y Del Paso), por ese vórtice en el que los ideales y los sueños se confrontan con la realidad.

Si alguien asegurara ahora, desde el desconocimiento, que “no se ha escrito la gran novela del 68”, cualquiera de los títulos aquí referidos bastaría para llevarlo, por lo menos, a repensar ese aserto.

Un texto de José Revueltas, escrito en Lecumberri el 1 de octubre de 1970 (tomado de México 68: Juventud y revolución), cierra, a manera de epílogo, esta serie antológica dedicada a las letras del 68.

LA INVITACIÓN

JUAN GARCÍA PONCE

Afuera, el aire de la noche no tenía ninguna consistencia. Las llamas de las dos fogatas que limitaban el agujero abierto en la calle bailaban silenciosamente sin que nadie trabajara ya entre ellas y atrás, R. vio dos coches blancos idénticos estacionados casi a media calle. Uno de los policías que cuidaban la puerta se paró a su espalda, frente a la entrada del café, y apenas hubo caminado unos pasos, el hombre que se sentara un momento a su lado en la barra apareció ante él, brusco y nervioso, como si hubiese surgido repentinamente del piso, impidiéndole seguir adelante. R. vio aterrorizado que esa súbita aparición que lo enfrentaba, violenta y temerosa, tenía una pistola en la mano.

—¡No se mueva, jijo de la chingada, no se mueva! —gritó sin levantar la voz el hombre.

Al mismo tiempo, R. sintió que varias manos lo sujetaban por la espalda agarrándolo del pantalón por debajo del saco.

—¡Vamos, pronto, rápido, cabrones! —dijo alguien.

R. se sintió obligado a caminar sin tocar casi el piso, arrastrado por las figuras que de pronto lo rodeaban, levantando un cerco de movimientos agitados, sin ninguna coordinación, que eran un puro nervioso apresuramiento, entre él y la noche. Así, llevándolo en vilo, forzando sus pasos, esa fuerza sin identidad lo metió, empujándolo hacia adentro como si no tuviera peso, a uno de los coches blancos que viera estacionados tras el agujero. Todavía, en medio de la terrible confusión que anulaba la realidad, vio a través de la ventanilla del coche que habían derribado a su paso una de las fogatas y las llamas se extendían por el piso. No había podido asustarse, no había podido protestar, no había podido saber qué sentía. Ahora estaba sentado en el asiento trasero del coche entre dos hombres y éstos se habían hecho mudos y hieráticos como si toda la energía desplegada unos instantes atrás los hubiese abandonado. El coche había arrancado ya. Empezó a sonar una sirena. R. tardó un momento en darse cuenta que el sostenido lamento que al principio pareció rodearlos salía de ellos y avanzaba con ellos, calificándolos, convirtiendo su movimiento en la noche en la mera posibilidad de que ese lamento encontrara expresión.

—Están confundidos. ¿Qué pasa? ¿A dónde vamos? —dijo sin darse cuenta, sorprendido al escuchar su voz, como si ésta se hubiera hecho independiente y saliera de él ajena por completo a su voluntad y en tanto, siguiendo a la voz, también su cara se volvía alternativamente hacia cada uno de los hombres a su lado, aunque aparte, en otra zona de su conciencia, sabía que hablaba y dirigía su atemorizada mirada hacia los dos hombres inútilmente—. ¿Quién creen que soy? ¿Qué pasa? ¿A dónde vamos? —siguió preguntando su voz.

"Así, llevándolo en vilo, forzando sus pasos, esa fuerza sin identidad lo metió, empujándolo hacia adentro como si no tuviera peso, a uno de los coches blancos".

—Cállese. Ya sabrá a dónde vamos. No le va a pasar nada. No tenga miedo ahora —dijo al fin uno de los hombres, sin ninguna violencia ya, calmado, indiferente.

—Pero tiene que ser una confusión. Yo no he hecho nada —se volvió a escuchar decir R.

El hombre que se sentara junto a él en la barra se volvió a mirarlo desde el asiento de adelante, sonriendo casi, muy calmado también.

—Sí, una confusión. Ya verá qué bonita confusión es ésta. También entre

ustedes se hacen bolas y dicen lo que no deben. Bola de cabrones. Ya verán quién se confunde. Y ahora cállese —dijo.

Luego se volvió de nuevo hacia el frente y fue como si ese simple gesto estableciera una separación definitiva, infranqueable, entre R. y los demás ocupantes del coche. R. se quedó inmóvil y callado, haciéndose poco a poco cada vez más dueño de sí mismo, con las manos entrelazadas entre las piernas, estrechamente apresado entre las dos oscuras figuras que, cercándolo por completo, se habían hecho increíblemente remotas, inaccesibles.

El coche no parecía avanzar hacia ningún lado. Su movimiento no era más que el sonido de la sirena y más allá no había nada, el mero vacío de la noche, aunque, obviamente, la sirena les abría paso entre un tráfico intenso, un tráfico de sombras que se borraban de inmediato, apenas las dejaban atrás. Y esa ausencia de realidad era como una protección para R. Mientras se mantuviera no podía pasar nada. Ellos estaban aparte, fuera del mundo. Allí donde todo es imposible empieza lo posible, pensó R. sin embargo. Pero todo era tan abstracto como ese pensamiento. Un puro vacío: el terror absoluto. Terror a lo que no era precisamente, a lo que no podía ser porque no pasaba en ningún lado. Y entonces la dolorosa evidencia del lamento de la sirena era un consuelo, se convertía en el único camino hacia la realidad.

—¿A dónde me llevan, por favor, a dónde me llevan? —se escuchó diciendo otra vez R.

—Ya le dijeron que se calle. Ahora va a aprender a obedecer —dijo uno de los hombres a su lado.

SI MUERO LEJOS DE TI

JORGE AGUILAR MORA

Los estudiantes apelaban con sus manos y sus brazos y sus rostros y el poder de su tiempo y de su ocupación a la gente que se asomaba por las ventanas, por los corredores del Multifamiliar y el hospital: ¡Únete, pueblo; únete, pueblo! Era una llamada gozosa que después se volvería apasionada.

—Seguramente vienen los de mi prepa —dijo Tosca—. Hoy estaban hablando de que había huelga.

—Desde ayer no hubo clases, creo.

—Es que los miércoles no tengo clases. Hoy ni entré. Mis alumnos me dijeron que se estaban preparando para la manifestación. Pero no creía que iba a pasar por aquí...

Presos políticos, libertad.

Presos políticos, libertad.

La cabeza de la manifestación daba la vuelta por avenida Coyoacán, exactamente debajo de ellos. Se sentía ya la inminencia de la lluvia, se tocaba. Toda la avenida, hasta donde llegaba la vista, estaba cubierta de manifestantes. Los estudiantes volteaban insistentemente hacia los edificios para repetir su llamado: Únete pueblo, seguido de porras a la Universidad y al Politécnico.

—¿Por qué no fuiste a la manifestación? —preguntó Yoris.

—No puedo hacer tanto esfuerzo. Me da una hemorragia y nadie me la para —dijo Tosca casi violentamente.

—Es cierto, perdóname, se me había olvidado... De pronto sentí como si la manifestación fuera otra realidad. Me sentí como posesionado por el entusiasmo con el que gritan. A pesar de que estoy muy lejos de todo eso. Me siento mal de no ser estudiante, me siento como rechazado; pero si soy sincero los que me rechazan no son ellos, soy yo mismo, aunque se lo atribuyo a que la política no me interesa. Tuve que dejar la Universidad y ponerme a trabajar; y ellos son estudiantes y de pronto tienen una causa para manifestar, para gritar, para declarar huelgas... creo que está bien, ¿me entiendes? Pero, ¿qué puedo hacer? Deberíamos estar ahí, pero yo no veo ningún contingente del pueblo ahí, todas son escuelas y yo no pertenezco a ninguna escuela...

—Si yo hubiera podido de todos modos no hubiera ido.

—¿Por qué? ¿No te emociona estar entre tanta gente? A mí me emocionaría caminar por la calle por donde normalmente sólo puedes pasar en coche...

México, libertad.

Libros sí, bazukas no.

Aquí está la mano tendida.

Olimpiadas de hambre.

—Yo doy clases porque no tengo otra cosa que hacer, porque es la única manera que tengo de ganar dinero, nada más por eso...

—Pero sigues siendo profesora, no puedes dejar de serlo.

—Soy profesora en las horas de clase; fuera de ahí, no me importa lo que pase... me molesta todo esto... si hay huelga, mejor, tendremos vacaciones extra.

—Quizás deberíamos estar allá abajo... manifestando... pero yo sé que tampoco lo haría... no por tus razones. Te confieso que siento mucho resentimiento de ya no ser estudiante, de no poder pertenecer a ninguna escuela... siento que todos ellos se conocen, que si yo me metiera todos se darían cuenta que soy un desconocido...

—¿Qué ha pasado entre nosotros?

—dijo Tosca repentinamente—. ¿Cómo

vamos a quedar cuando te vayas? Eso me interesa más...

Son muchos. Caminan firmemente formando filas compactas. Muchos se toman del brazo para formar cadenas humanas y poder así empujar el espacio con mayor determinación, con mayor voluntad. Se unen para formar un rostro decidido, para formar un rostro alegre que quiere volverse contagioso pero que al mismo tiempo se sabe repelente: una alegría de carnaval que los espectadores todavía no entienden, que la sienten a veces como una burla; pero la alegría quiere ser contagiosa porque no puede ser de otra manera, porque en ese momento todo parece triunfar en la voz, en las pisadas, en los brazos de todos los unidos. Se necesitarán otras vicisitudes para que el entusiasmo y la decisión puedan abrirse y dejar entrar a los que ven en las orillas de las banquetas pasar aquellas corrientes humanas que han decidido protestar. Se necesitarán más muertos, se necesitará que las corrientes inunden las banquetas, y que el poder comience a reprimir a todos sin distinción de lugar.

Cuando el último grupo se hizo visible comenzó a llover. Los dos se quedaron en silencio observando que las filas no se dispersaban. Se empezaron a oír coros contra la lluvia. ¡Con lluvia o sin lluvia...!

—¿Qué dicen al final?

—No oí —dijo Tosca casi llorando.

Ho Ho Ho chi mín.

Díaz Ordaz...

—¿Díaz Ordaz qué?

—No oigo —dijo Tosca. Comenzaron a bajar por las escaleras.

—Vamos a seguir la manifestación. En el coche está el paraguas. [...]

Cruzaron el edificio pero de pronto ya no estaban viendo la manifestación; como si algo se las hubiera escamoteado. Entre ellos se extendía una noche abandonada, de esperanza inútil. [...] Los coros de la manifestación se iban diluyendo en la distancia. El tráfico retomaba su ritmo cotidiano.

 

PALINURO DE MÉXICO

FERNANDO DEL PASO

EL BURÓCRATA: Estos jóvenes modernos, en cambio, que se dejan el pelo largo y se pasan el día oyendo música en inglés con el radio a todo lo que da, ya no tienen respeto por nada. No respetan las investiduras, no respetan el idioma, el ejército, la Patria. ¡No respetan la Plaza Mayor! Me han contado que esta misma noche, señora, echaron a rebato las campanas de la catedral —yo mismo las escuché— y lo que es más...

LA PORTERA: ¿Qué le parecerían unos huevos rancheros?

(Palinuro conquista los escalones número 27 y 28.)

EL BURÓCRATA: ¿De qué está hablando usted? ¿Qué tienen que ver los huevos revueltos con la crisis que estamos viviendo?

LA PORTERA: Yo no dije revueltos, dije rancheros.

YO: ¿Qué fue exactamente lo que pasó en el Zócalo, Palinuro?

PALINURO: ¡Traigo los ojos empapados, los pies vestidos de tierra! Desacralizamos el Zócalo, hermano. ¡Tres veces lo desacralizamos! Pedimos permiso para encender la Catedral, y lo hicimos.¡Pedimos permiso para tocar las campanas del templo mayor, y nos lo dieron y las tocamos, hermano, con toda el alma! Fueron dos amigos, dos compañeros de la Escuela de Medicina los que se subieron al campanario para llamar al pueblo... ¡para pedirle que se levantara y acabara con la corrupción de los dirigentes políticos juveniles, con el soborno, con los latrocinios de los funcionarios públicos...!

"De pronto se abrieron las puertas del Palacio donde habíamos pintado la palabra  ¡Asesino! , y las opiniones se dividieron: unas puertas decían  Ase , y otras  sino ... ¡y salieron los tanques!".

YO: ¿Y qué hizo el pueblo, Palinuro?

PALINURO (subiendo un escalón más): El pueblo, ya te dije, estaba dor-

mido. ¡Por eso encendimos las luces y tocamos las campanas! “¡Únete, Pueblo, Únete, Pueblo!”, gritamos hasta desgañitarnos...

(Aparece el cartero por la escalera que viene del primer piso.)

EL CARTERO: Le traje también unas galletas, joven. Creo que han ido ustedes demasiado lejos. Perdón, como soy cartero siempre estoy pensando en distancias.

PALINURO: Y entonces, hermano, entonces se iluminó toda la Plaza, ¡y se iluminó todo México! Y luego los badajos estallaron en campanadas, y casi nos olvidamos por qué está-

bamos allí, en el Zócalo, porque eso parecía una fiesta, y me imagino, manito, que los que no estuvieron allí, en esos momentos, cuando las campanas se escucharon en toda la Plaza y en todo México, los que no estuvieron con nosotros bajo los mismos carteles que decían “Hasta la Victoria Siempre” y bajo los mismos gritos iracundos, como tú, hermano, que no estuviste, y Estefanía, que tampoco estuvo, todos ustedes debieron sentirse un poco viejos, y el corazón se les debió arrugar cuando menos un centímetro cuadrado. Pero, claro... pasó el tiempo, cantamos corridos y comimos tortas y mandarinas, cantamos La Adelita, pasaron los discursos, los ángeles de la catedral se durmieron con la cabeza

metida en sus alas, la gente se fue a su casa, y yo y tres mil estudiantes nos quedamos de guardia perpetua en la Plaza... Pero de pronto se abrieron las puertas del Palacio donde habíamos pintado la palabra “¡Asesino!”, y las opiniones se dividieron: unas puertas decían “Ase”, y otras “sino”... ¡y salieron los tanques y desembarcaron en nuestra playa!

EL BURÓCRATA: ¿Lo ven? ¿Lo ven? Profanaron la Catedral. Nuestro pueblo es católico en más de un noventa y cinco por ciento. Sin embargo, yo soy ateo. Mi ascendencia es liberal. Podría decir que mi bisabuelo putativo es don Benito Juárez, el Benemérito. Pero de ahí a faltarle el respeto a un templo, hay una distancia muy grande: ¡de la tierra al cielo! Después de todo, mi madre era católica y yo la quería mucho. Ahora, voy

a llamar...

(En ese momento, se va la luz.)

LA VOZ DE LA PORTERA: ¡Oh, se fue la luz!

LA VOZ DEL BURÓCRATA: ¿La pagó usted, señora?

LA VOZ DE LA PORTERA: ¿Cómo la voy a apagar, si no me he movido de aquí?

LA VOZ DEL BURÓCRATA: Yo no dije a-pa-gó de “apagar”, dije pa-gó, de “pagar”.

LA VOZ DEL CARTERO: Esto me recuerda el tiempo de la guerra...

(Se oyen pasos de alguien que baja la escalera.)

LA VOZ DE LA VECINA DEL 15 (desde lejos): ¿Por qué llegaron tan tarde, hijos? ¿En dónde estuvieron? ¿Por qué no me hablaron por teléfono? ¿Ya cenaron? (Una pausa.) ¿Eres tú, Pepe? ¿Son ustedes, hijos?

 

QUE LA CARNE ES HIERBA

MARCO ANTONIO CAMPOS

Quién lo dijera —como bromeábamos después— que sólo con diferencia de tres días hubiéramos estado en dos palacios: el quince en Palacio Nacional y el dieciocho en Palacio Negro de Lecumberri. Fue la noche que el ejército tomó la universidad. Tú y yo esa noche habíamos ido a la casa de Pablo y estábamos conversando en el coche cuando pasó un vecino de Pablo quien comentó que le acababan de telefonear a su papá aconsejándolo de que no los dejara ir (al vecino y sus hermanos) a CU. “Van a tomarla.” Nosotros, en verdad, estábamos escépticos y creíamos que era uno más de tantos rumores. “¿Cómo va a atreverse el gobierno a violar tan descaradamente la autonomía? No son tan estúpidos.” Pero a los diez minutos salió la hermana de Pablo y dijo que acababan de telefonearle informándole que el ejército ya estaba en CU. “No puede ser, es el colmo, sólo eso faltaba, imagínate la reacción pública, cómo van a explicar esto, cómo van a justificar tamaño vandalismo, esto va a hacer más impopular al Chango, por qué no lo matan, lo quitan, algo, tomar el ejército CU, qué brutos.” Y si estábamos perplejos hacíamos lo posible por parecer indignados, tanto con los otros como con nosotros mismos. De pronto a alguien —¿fue a Pablo?— se le ocurrió confirmarlo. “Si no se puede entrar, nada perdemos con asomarnos.”

Cuando llegamos a CU no vimos nada. “Nos tomaron el pelo —dije—; a ver Sergio, clávate hacia Filosofía.” Tomamos la lateral y en ese momento Pablo se vuelve y dice: “¡En la madre, el ejército! ¡Hay que bajarnos de volada!”. Los soldados empezaron a acordonar y nosotros interrogándonos cómo íbamos a sacar el coche, qué cuentas ibas a darle a tu papá. Decidimos hablar con los soldados: “Déjennos pasar, oficial; se nos quedó el coche dentro. Mire, ése: el blanco”. Nada. Nos acercamos a otros. Nada. A uno que tenía cara de iluminado. Cortó cartucho y dijo: “¡Ustedes tres, adelante!”. En la madre, pensamos, aquí nos cargó la chingada, porque al bajar al estadio lo oscuro hacía más siniestro el ambiente, y aunado a esto, el sonido de los estoperoles de los soldados que se acercaban.

—¡Agarré a estos tres, mi comandante!

—Llévelos enfrente con los demás.

Nos tendieron en la explanada de Rectoría: de un lado, los hombres; del otro, las mujeres. El frío calaba y el cielo estaba duro, cerrado. Nuestro cálculo fue que seríamos doscientos. “Pero debe haber más adentro” —dudábamos.

"Nos acercamos a otros. Nada. A uno que tenía cara de iluminado. Cortó cartucho y dijo: ¡ustedes tres, adelante!. En la madre, pensamos, aquí nos cargó la chingada."

—¿No ves por allí ningún líder?

—De los que conozco, ninguno.

Si al principio fue angustioso, poco a poco nos fuimos acostumbrando —“a lo mejor nos sueltan” — y yo, que estaba casi en la confluencia con las mujeres, imaginaba lo bien que sería estar con más de una. De pronto, al cambiar y ver a los rasos, me ganó la risa. “¿Ya viste? Todos son igualitos.” Uno de ellos se acercó adonde estábamos y dándome un puntapié en el muslo, murmuró: “¡Pinches chavos, no dejan entrar en aición!” Aición. Cuando se fue, comentaste, mientras yo me sobaba: “Estos cabrones quieren cualquier pretexto para matar”. El tiempo lo confirmó. Los soldados y granaderos te disparaban o golpeaban por nada o futilidades. Eran las órdenes. Después comentábamos —vivíamos— cómo por ese tiempo era un crimen ser joven y por añadidura estudiantes.

 

AMULETO

ROBERTO BOLAÑO

Y así llegué al año 1968. O el año 1968 llegó a mí. Yo ahora podría decir que lo presentí. Yo ahora podría decir que tuve una corazonada feroz y que no me pilló desprevenida. Lo auguré, lo intuí, lo sospeché, lo remusgué desde el primer minuto de enero; lo presagié y lo barrunté desde que se rompió la primera piñata (y la última) del inocente enero enfiestado. Y por si eso no fuera poco podría decir que sentí su olor en los bares y en los parques en febrero o en marzo del 68, sentí su quietud preternatural en las librerías y en los puestos de comida ambulante, mientras me comía un taco de carnitas, de pie, en la calle San Ildefonso, contemplando la iglesia de Santa Catarina de Siena y el crepúsculo mexicano que se arremolinaba como un desvarío, antes de que el año 68 se convirtiera realmente en el año 68.

Ay, me da risa recordarlo. ¡Me dan ganas de llorar! ¿Estoy llorando? Yo lo vi todo y al mismo tiempo yo no vi nada. ¿Se entiende lo que quiero decir? Yo soy la madre de todos los poetas y no permití (o el destino no permitió) que la pesadilla me desmontara. Las lágrimas ahora corren por mis mejillas estragadas. Yo estaba en la Facultad aquel 18 de septiembre cuando el ejército violó la autonomía y entró en el campus a detener o matar a todo el mundo. No. En la Universidad no hubo muchos muertos. Fue en Tlatelolco. ¡Ese nombre que quede en nuestra memoria para siempre! Pero yo estaba en la Facultad cuando el ejército y los granaderos entraron y arrearon con toda la gente. Cosa más increíble. Yo estaba en el baño, en los lavabos de una de las plantas de la Facultad, la cuarta, creo, no puedo precisarlo. Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfias, que ya llevaba un año muerto, don Pedro tan melancólico, tan triste de España y del mundo en general, qué se iba a imaginar que yo lo iba a estar leyendo en el baño justo en el momento en que los granaderos conchudos entraban en la Universidad. Yo creo, y permítaseme este inciso, que la vida está cargada de cosas enigmáticas, pequeños acontecimientos que sólo están esperando el contacto epidérmico, nuestra mirada, para desencadenarse en una serie de hechos causales que luego, vistos a través del prisma del tiempo, no pueden sino producirnos asombro o espanto. De hecho, gracias a Pedro Garfias, a los poemas de Pedro Garfias y a mi inveterado vicio de leer en el baño, yo fui la última en enterarse de que los granaderos habían entrado, de que el ejército había violado la autonomía universitaria, y de que mientras mis pupilas recorrían los versos de aquel español muerto en el exilio los soldados y los granaderos estaban deteniendo y cacheando y pegándole a todo el que encontraban delante sin que importara sexo o edad, condición civil o status adquirido (o regalado) en el intrincado mundo de las jerarquías universitarias.

Digamos que yo sentí un ruido.

¡Un ruido en el alma! [...]

¿Qué hice entonces? Lo que cualquier persona, me asomé a una ventana y miré hacia abajo y vi soldados y luego me asomé a otra ventana y vi tanquetas y luego a otra, la que está al fondo del pasillo (recorrí el pasillo dando saltos de ultratumba), y vi furgonetas en donde los granaderos y algunos policías vestidos de civil estaban metiendo a los estudiantes y profesores presos, como en una escena de una película de la Segunda Guerra Mundial mezclada con una de María Félix y Pedro Armendáriz de la Revolución Mexicana, una película que se resolvía en una tela oscura pero con figuritas fosforescentes, como dicen que ven algunos locos o las personas que sufren repentinamente un ataque de miedo. Y luego vi a un grupo de secretarias, entre las que creí distinguir a más de una amiga (¡en realidad creí distinguirlas a todas!), que salían en fila india, arreglándose los vestidos, con las carteras en las manos o colgadas del hombro, y después vi a un grupo de profesores que también salía ordenadamente, al menos tan ordenadamente como la situación lo permitía, vi gente con libros en las manos, vi gente con carpetas y páginas mecanoescritas que se desparramaban por el suelo y ellos se agachaban y las recogían, y vi gente que era sacada a rastras o gente que salía de la Facultad cubriéndose la nariz con un pañuelo blanco que la sangre ennegrecía rápidamente. Y entonces yo me dije: quédate aquí, Auxilio. No permitas, nena, que te lleven presa. Quédate aquí, Auxilio, no entres voluntariamente en esa película, nena, si te quieren meter que se tomen el trabajo de encontrarte.

 

MUERTES DE AURORA

GERARDO DE LA TORRE

3 de octubre de 1968.

Habiéndome enterado de que el día de ayer los estudiantes tendrían un mitin en la plaza de las tres culturas, hice mis preparativos para vigilar la intervención de los petroleros en ese acto. Para tal fin pedí prestado su automóvil a mi compadre Juan Aguirre, de la oficina de Seguridad e Higiene, al cual me permití ponerle gasolina con autorización del Jefe de Personal. A eso del cuarto para las tres me coloqué cerca de la puerta para ver si se reunían por allí los trabajadores que han demostrado más simpatías por el movimiento estudiantil. Y así fue. Muy pronto me di cuenta de que los multicitados Galdino Arrieta, Efrén Villanueva, Arturo Rodríguez, el soldador Rendón, Salvador Alonso y Melitón Galindo del Departamento de Materiales, Ofelio Luna del Laboratorio, Néstor Vértiz de Nuevos Proyectos y otros que no menciono para no fatigar a la superioridad, formaban un grupo frente a la puerta de nuestro Centro de Trabajo. Subieron en los coches de Rodríguez y Rendón y yo desde luego los seguí en el auto de mi compadre al que le puse gasolina en la bomba local con el permiso de mi Jefe inmediato. Los seguí muy de cerca por las calles de la ciudad, pero no se dirigieron a Tlatelolco, donde era el mitin, sino que fueron a meterse en el centro a una cantina conocida como La Ola. Una vez que vi donde entraron dejé el coche en un estacionamiento y entré a la cantina, donde para mi fortuna había mucha gente y pude confundirme entre ella y sentarme en un lugar estratégico, desde donde podía vigilar a los sujetos antes citados. Pidieron ostiones en su concha, pescados y tarros de cerveza negra y clara y estuvieron allí bebiendo un buen rato. Mientras tanto me comí también un pescado y pedí un refresco. Me estaba ya desesperando porque eran casi las cinco y no daban trazas de irse, sino que todavía pidieron otras cervezas, cuando uno de ellos, Salvador Alonso, de Materiales, no doy la ficha porque no he podido consultar su expediente, la superioridad ha de comprender que todavía me encuentro nervioso, se levantó y comenzó a repartir entre toda la gente de la cantina unos volantes. Me dio miedo que se acercara y me reconociera y entonces dejé en la mesa un billete de cincuenta pesos y me salí, aunque mi cuenta no llegaba a los treinta, pero no tenía cambio. Me esperé en la esquina hasta que salieron, casi inmediatamente. Entraron al estacionamiento cercano, precisamente donde dejé el coche de mi compadre Juan Aguirre, y subieron a los autos y se fueron. Una vez que lo hicieron me dirigí a Tlatelolco, porque estaba seguro de que allí iban a reunirse con los estudiantes. La verdad es que en ese lugar había mucha gente y consideré que iba a ser muy difícil localizarlos, así que preferí dar unas vueltas alrededor de la multitud para ver si por casualidad los encontraba. Estaba yo muy cerca de la Iglesia cuando de pronto aparecieron unas luces de bengala verdes en el cielo. La gente comenzó a correr y oí que por el sonido del acto gritaban que tuvieran calma. Enseguida se comenzaron a escuchar balazos y por allí salieron muchos soldados y policías. Los militares iban avanzando hacia los estudiantes, pero algunos soldados y los policías se quedaron por donde me hallaba y nos comenzaron a jalonear y cachearnos para ver si traíamos armas, con toda la razón. A este servidor un soldado lo agarró de la camisa y lo echó contra la pared. Yo le expliqué que no era estudiante, que nada más estaba viendo, y saqué mi credencial de Petróleos para mostrársela y que se diera cuenta de que yo llevaba buenas intenciones, pero ni siquiera le dio importancia y me gritó que a la pared o me iba a dar, con el perdón, mis cabronazos. Así que me repegué bien a la pared y no me atrevía a voltear, pero sí se oía una balacera del carajo. En eso llegaron unos policías vestidos de civil que gritaban batallón Olimpia y dijeron que nos fuéramos arrimando por el muro de la Iglesia al edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Por unos radios que llevaban en las manos también se oía batallón Olimpia, no disparen, pero la balacera seguía y vi cómo las balas hacían añicos los cristales de los autos y pegaban en los radiadores, pues veía cómo salía el agua. Uno que parecía jefe de los que iban vestidos de civil nos ordenó que nos tiráramos asuelo y tuvimos que hacerlo todos los que estábamos allí. Como quiera que sea podíamos ver lo que estaba sucediendo y alcancé a observar que los soldados resguardados en los coches disparaban sus armas y de uno como tanque no dejaba de disparar una ametralladora. No puedo decir que vi mucha gente caer muerta, porque además ya estaba oscureciendo, pero sí se oían las sirenas de las ambulancias y uno de los que más gritaban, de los que eran jefes, dijo que ya no siguieran disparando, que no fueran pendejos porque se estaban agarrando entre ellos mismos, que los que disparaban desde el otro lado eran los que habían llegado a agarrar presos a los líderes del movimiento estudiantil. Yo no sé, pero la verdad es que tenía mucho miedo, y no vayan a creer que temía por mí, pues por ese lado no había mucho peligro, pero yo estaba pensando qué tal si matan o le dan un balazo a uno de los petroleros y entonces sí se va hacer un lío en nuestro Centro de Trabajo. Como pude salí de aquel revoltijo y afortunadamente esta mañana llegué a la Refinería antes de las siete y me coloqué en la puerta para esperar a alguno de los muchachos para que me hiciera saber qué pasó con ellos. A eso de las siete y diez encontré a Galdino Arrieta, le pregunté y me dijo que nada más sabía lo que había dicho la televisión, que ellos habían andado en varias cantinas. Le pregunté, para asegurarme, si ninguno de ellos estaba herido, porque la administración quería ayudarlos, y su respuesta fue que no les había tocado la balacera y todos se hallaban en perfecta salud. He leído los periódicos de esta mañana, los cuales informan que el ejército atacó a los estudiantes y no sé cuántas cosas más, como mis dignos superiores seguramente ya estarán en conocimiento. Creo que ya es hora de que se pusiera un hasta aquí a tantos hechos que perjudican el buen nombre y el progreso del país, y al mismo tiempo me honro en informar que a los trabajadores petroleros no les ha sucedido nada y seguirán trabajando con toda normalidad.

"Yo estaba pensando qué tal si matan o le dan un balazo a uno de los petroleros y entonces sí se va hacer un lío en nuestro Centro de Trabajo".

 

ANIVERSARIO DE TLATELOLCO

JOSÉ REVUELTAS

La bárbara matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 es una herida que permanece aún abierta y sangrante en la conciencia de México el 2 de octubre de 1970. Han pasados dos años, pero esto no es cosa del transcurrir del tiempo, sino del transcurrir de la justicia histórica: sólo ella puede cerrar esta herida. No obstante, ni la justicia histórica, ni nadie, ni nada podrá borrar este recuerdo: será siempre un acta de acusación y una condena. Hoy, a dos años de distancia, la pregunta acusatoria sigue sin respuesta: ¿cómo fue posible una acción tan criminal y monstruosa, tan increíble, irracional y estúpida, como la matanza de Tlatelolco del 2 de octubre? Ésta era la misma, la idéntica pregunta que se hacía la conciencia de México a principios del siglo. ¿Cómo fue posible la insensata, la torpe, la vil y asesina matanza de los huelguistas de Río Blanco en enero de 1907? Aquella conciencia histórica de México dio la respuesta adecuada a tal pregunta tres años más tarde, en 1910: pero esta respuesta ya era una revolución.

Es lo que no entienden los gobernantes y lo que se niegan terca y mañosamente a ver: los dioses —como se decía en la antigüedad— primero cegaban a quienes previamente habían condenado a la perdición. El gobernante dictatorial y ciego, perdida toda capacidad de comprender al pueblo, apela a la represión para imponer su ceguera a todos con la muerte de la conciencia libre. Sabe que, en tanto más brutal y gigantesca sea la represión, mayores serán el desconcierto, las confusiones y la desmoralización momentáneas de las masas de la ciudadanía activa. De aquí la ciega confianza de la dictadura en que la represión de la actividad política de las masas convertirá en inerte a la ciudadanía, hundiéndola en el temor, el recelo y la angustia, dentro de una atmósfera en que no puede disponer de sus derechos, ejercer sus libertades, ni expresar sus opiniones. Pero esto es lo único que la dictadura sabe, porque las dictaduras no ven y satisfacen su seguridad del poder en la sangrienta eficacia de las matanzas multitudinarias y de las prisiones. Efímera, circunstancial, ilusoria eficacia de la masacre de los huelguistas de Río Blanco en 1907. Efímera, ciega, sorda, inmunda eficacia de la masacre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas del Tlatelolco olímpico, en el Olimpo rezumante de sangre de los antiguos dioses vengativos que ciegan antes al ejecutor de sus designios.

Esta ceguera criminal, esta sordera asesina de la dictadura es lo que explica Tlatelolco. Al diálogo que el pueblo reclamaba, se le contestó, primero, con el tabletear de las ametralladoras; después, mediante el careo judicial de las víctimas con los propios victimarios en los procesos mistificados con los que se harán recaer las sentencias sobre los presos políticos de 68, a quienes no se les perdona siquiera la infamia de calificarlos como delincuentes comunes.

Han transcurrido dos años desde la sombría matanza de Tlatelolco. Repetimos: no se trata del lapso transcurrido. El tiempo es el más tenaz e infatigable trabajador de la libertad y la justicia. La presencia viva de nuestras voluntades —más intrépida, más tenaz, más osada—, por encima del tiempo que la dictadura pretende detener con las cárceles y con la muerte, será lo que acelera ese ritmo con que la historia trata de liberarse y encontrarse.

1 de octubre de 1970.