Las palabras, materia ineludible

Amparo Dávila, escritora que dejó un mundo de fantasía
Por:

Quien quiera leer en mí

que baje los ojos hasta el musgo,

a la raíz misma del llanto,

donde se nutre y se dibuja

el perfil de la angustia.

“PERFIL DE SOLEDADES”

Fue una niña solitaria o, como ella misma hablaba de sí, una pequeña alquimista que leía a Dante y hurgaba en la biblioteca paterna el débil margen entre realidad e imaginación que vuelve a am-

bas más intensas, más propias, más internas. Había nacido en Pinos, Zacatecas, en 1928. Desde su infancia estuvo muy cerca de la muerte: la del hermano y el paso de los cortejos fúnebres bajo su ventana.

La poesía enmarca su obra por el estilo delicado de sus imágenes y la musicalidad de su prosa, pero también porque siendo pequeña empezó a escribir poemas. Tres libros suyos de este género aparecieron en San Luis Potosí entre 1950 y 1954. En 2011 el Fondo de Cultura Económica publicó su Poesía reunida, que añade poemas escritos entre 1965 y 2007; en ellos duermevelas, rosas fugaces y ausencias se desatan desde un estremecimiento de la voz. Dávila entrega una poesía en primera persona, donde las rutas son rasgaduras interiores que pueden decir la soledad, alterar los sentidos y adentrarse en una noche amordazada, derramada, sin alba, un poco tigre y, mucho más, memoria que llueve: “Dejadme gritar y ensordecer / con mi propio grito / hasta escuchar la esquina / más sola de mis venas”, remarca el poema “Gimen las flautas”.

LA PRESENCIA INQUIETANTE

Su capacidad de dar forma a las creaturas interiores colma de presencias el solitario mundo abismado de sus narraciones. Maestra del cuento en México se le ha llamado y vale la pena repetirlo, porque es un reconocimiento que apenas en los últimos años empieza a verse en su justa medida. En 1977 ganó el Premio Xavier Villaurrutia y en marzo de 2020 se le reconoció con el Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura de la Universidad de Guanajuato, por su trabajo como cuentista.

Deja cuatro libros de cuentos, además de su aparición en múltiples antologías, en las Lecturas Mexicanas del FCE y en los Materiales de Lectura de la UNAM. Destaco otra publicación, la antología que lleva el título de su cuento más emblemático: El huésped y otros relatos siniestros, publicada en 2018 por el FCE, ilustrada por Santiago Caruso.

Sus lectores apuntan a este último cuento, “El huésped”, como uno que por sí mismo le otorga ya un lugar en nuestras letras. Aunque más relatos llenos de angustia y erizamiento encontramos en su prosa, comparto la valoración de “El huésped”, porque en él Dávila sintetiza la intromisión de una presencia inquietante en el espacio doméstico, donde la infelicidad del matrimonio y la cotidianidad se encuentran ya al borde de la fractura; la presencia del huésped funciona como detonante de su desbordamiento.

Luis Mario Schneider, en su nota introductoria a la compilación del trabajo de la autora en el Material de Lectura de la UNAM de 1991, señala que los relatos de Dávila constatan una obsesión. Se trata de una que asoma en su diversidad, pero vuelve su mundo uno, como en el trazo de un mismo universo interior surgido de lo cotidiano, que “va recorriendo un lento camino hacia lo insólito” como “una ruta al erizamiento”. Resalta: “los cuentos de Amparo Dávila no son sólo literatura, sino una profunda investigación en el campo de la ética, del comportamiento humano”.

ALGO SE HA ROTO

Las mujeres que protagonizan la mayoría de sus cuentos se encuentran al filo de la fractura entre un aparente orden de realidades convencionales y ese momento donde una presencia concreta o abstracta da inicio al descenso. Como ejemplo están las primeras líneas de “El huésped”: “Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo de regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. [...] Mi vida desdichada se convirtió en un infierno”.

Resistencias y entregas generan la oscilación de personajes atormentados y solitarios, impedidos de compartir su experiencia. El trasfondo es crítico, a través de una prosa que no elude lo real sino lo intensifica con recursos fantásticos, terroríficos o simplemente con la extrañeza de una narrativa que no permite cerrar los ojos. Los sonidos en la noche, pasos que se acercan, respiraciones, relojes en la sala, rostros que se dejan ver por segundos en los ventanales, jóvenes sentadas en la sala con la mirada en otra parte son algunas de estas manifestaciones alarmantes de que algo se ha roto irremediablemente. Quizá sea la cordura, quizá la aceptación de un orden que vuelve infelices a sus protagonistas.

La escritura se convierte en un efecto y lo no comunicable del horror adquiere forma en la obra daviliana. Así se lee al inicio del cuento “Tiempo destrozado”:

Primero fue un inmenso dolor. Un irse desgajando en el silencio. Desarticulándose en el viento oscuro. Sacar de pronto las raíces y quedarse sin apoyo, sordamente cayendo. Despeñándose de una cima muy alta. Un recuerdo, una visión, un rostro, el rostro del silencio, del agua... Las palabras finalmente como algo que se toca y se palpa, las palabras como materia ineludible.

"Su obra deja un espacio de exploración de nuestras realidades confrontadas, donde la imaginación y los miedos tienen sitio".

PERDERSE EN EL BOSQUE

Es inmensa la soledad del encuentro con las obsesiones más profundas y terrible la necesidad de comunicarlas; en estos cuentos somos convocados a un descenso al infierno interior, menos dantesco y más daviliano. Amparo Dávila caracteriza la generosidad de abrir la puerta de la casa familiar, el espacio alumbrado sólo por la luz interior.

Su obra deja un espacio de exploración de nuestras realidades confrontadas, donde la imaginación, los miedos y las pesadillas tienen sitio propio. Su exploración del ser humano, con melancolías y angustias, hace de esta prosa un recinto aparte de los construidos por la literatura mexicana de su tiempo. Por ello, muchos autores han manifestado la influencia de Dávila en sus escritos. Quienes leemos somos presa también de un descenso, como quien se abre camino en un bosque profundo para admitir esa “nostalgia de los árboles”, de la música que penetra otros sentidos; al fin la entrega a ese universo suyo y nuestro es inevitable, “hasta perderse en el bosque”.