¿Medicina alopática? no existe

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¿Medicina alopática? no existeFuente: ciperchile.cl
Por:
  • Jesús Ramírez-Bermúdez

En la conversación cotidiana, aparece una y otra vez el concepto de la medicina alopática. Mi posición es que el término alopatía está hueco: no designa una práctica real ni corresponde a una teoría científica. Es un término incorrecto para designar a la medicina científica, transmitido por la fuerza de la costumbre y por ideas falsas enquistadas en el lenguaje cotidiano. El padre de la homeopatía, Samuel Hahnemann, vivió de 1755 a 1843, y acuñó el término alopatía usando la raíz griega allos (otro) y pathos (dolencia). Según sus ideas, la medicina dominante de la época usaba la máxima contraria contraris, es decir, el principio de los contrarios, para combatir las enfermedades, mientras que su invento, la homeopatía (la palabra viene del griego hómios: igual) se basaría en un principio de similitud. Pero han pasado dos siglos y Hahnemann no atestiguó la transformación dramática de la medicina mediante el surgimiento de la anestesia, la cirugía moderna, la microbiología, la vacunación, los procedimientos endovasculares, la terapia hormonal o la farmacología contemporánea. Un breve análisis de los tratamientos contemporáneos es suficiente para mostrar que el término alopatía no tiene un sentido válido en la actualidad y debería abandonarse.

Hay pocos temas tan relevantes hoy como la pandemia por Covid-19. Las vacunas son una piedra angular para salir de la pandemia, pero ¿cómo funcionan? Desde la vida intrauterina, el ser humano es capaz de responder a un antígeno (una sustancia que despierta una respuesta inmunitaria) mediante la producción de anticuerpos. Si nuestro organismo se expone a los antígenos presentes en virus inactivados, o en ciertas partes de los microorganismos (por ejemplo, proteínas o material genético), genera una respuesta inmunitaria específica y duradera. Este proceso, efectivo y seguro, es parte de la medicina científica, pero no hay alopatía por aquí. El mecanismo guarda una vaga semejanza con el ideal de la homeopatía (usar en forma terapéutica una sustancia que podría generar la enfermedad a dosis altas), pero a diferencia de los remedios homeopáticos, la vacunación se basa en una lógica científica consistente con la inmunología, la microbiología y la epidemiología.

Cuando estudié medicina, mi profesor de fisiología nos advirtió que el corazón de la medicina moderna radica en conocer el estado químico del medio fisiológico en términos de sodio, potasio, glucosa, hormonas y muchos otros componentes del medio interno, para proteger y recuperar la homeostasis, es decir, el equilibrio dinámico del medio interno. El desbalance de ese medio fisiológico tiene como consecuencia malestar, disfunción de los órganos, aparatos, sistemas y eventualmente la muerte celular. Las teorías fisiológicas actuales agregan el concepto de alostasis, que implica mecanismos de aprendizaje para conseguir la estabilidad del organismo a través del cambio, mediante la anticipación. En todo caso, la terapia de líquidos y electrolitos (un pilar de la medicina interna que salva vidas en forma cotidiana) no tiene nada que ver con un principio alopático. Por ejemplo, administrar potasio para reponer el potasio perdido no tiene relación con una “ley de los contrarios”. El objetivo es recuperar la composición fisiológica del medio interno, perdido como consecuencia de la desnutrición, la deshidratación, la exposición a ambientes extremos o la aparición de enfermedades.

La medicina acepta todo lo que demuestre un buen efecto terapéutico, al margen de supuestos principios de semejanza o diferencia

LOS ANTIBIÓTICOS son lo más parecido a una alopatía, pero están entre los medicamentos más eficaces para salvar vidas, y pensar que actúan mediante el principio de los contrarios es una simplificación absurda de su acción, porque el principio filosófico no nos dice nada de cómo es realmente la interacción molecular entre el fármaco, la biología del microorganismo y la respuesta de nuestro cuerpo durante la infección.

Voy a poner ejemplos del campo que conozco mejor: el de las neurociencias clínicas. Cuando vemos pacientes con problemas de movimiento como resultado de la muerte de neuronas dopaminérgicas (me refiero a la enfermedad de Parkinson), la terapia no es alopática: se administra una sustancia precursora de la dopamina, para recuperar la función de ese neurotransmisor. Si un paciente tiene un tumor cerebral o alguna enfermedad que requiere cirugía, los neurocirujanos realizan técnicas tan diversas, complejas y creativas que no tiene sentido pensar que se basan en el “principio de los opuestos”. Usan principios hidráulicos, electrofisiológicos, biofísicos, biomecánicos, plásticos, quirúrgicos, neuropsicológicos. Asimismo, los especialistas en anestesiología no usan una “ley de los contrarios”: más bien utilizan los mecanismos neuroquímicos de nuestro organismo —y los principios de la ventilación y la circulación— para reducir el estado de alerta, la sensibilidad, el dolor y la tensión muscular del paciente, mientras mantienen los signos vitales estables durante la cirugía.

Por mi parte, atiendo pacientes con padecimientos neuropsiquiátricos (por ejemplo, alucinaciones y delirios) como resultado de enfermedades autoinmunes, mediadas por anticuerpos que atacan a las neuronas. Uno de los tratamientos inmunológicos más usados es la plasmaféresis, que extrae la sangre del cuerpo y la procesa para separar las células sanguíneas del plasma, donde se localizan los anticuerpos patógenos. Las células se devuelven al organismo sin el plasma y se obtiene mejoría rápida, mejor desenlace en el largo plazo y reducción de la mortalidad.1 Mis pacientes requieren un plan personalizado de medicamentos (interactúan con sistemas químicos cerebrales), higiene del sueño, medidas nutricionales, rehabilitación y terapia de activación conductual (promueve la interacción entre el organismo y el entorno, para mejorar la capacidad funcional) y otras formas de psicoterapia (usan la influencia terapéutica de la relación verbal entre clínico y paciente).

Todo esto es reconocido por la ciencia médica, pero por más que busco el famoso principio alopático, no lo encuentro por ninguna parte. Es un concepto ficticio, imaginario, cuasifilosófico, sin relación con la lógica de la medicina. El término es parte de la cultura popular y debería abandonarse al menos entre los científicos y los profesionales de la salud, que aceptan a veces el mote de ser alopáticos por la fuerza de la costumbre, sin un mínimo análisis. La imaginación teórica de Hahnemann, a dos siglos de distancia, no nos dice nada sobre la realidad de la medicina.

LA MEDICINA CIENTÍFICA acepta todo lo que demuestre un buen efecto terapéutico, al margen de supuestos principios de semejanza o diferencia. Si un tratamiento usado por cualquier tradición médica aparenta tener eficacia, debe someterse a una investigación diseñada para descartar el efecto del azar, de los sesgos o de factores explicativos encubiertos (como el efecto placebo). Si se comprueba un efecto terapéutico, automáticamente es de interés para la medicina científica, que deberá indagar los mecanismos de acción, el beneficio real, los riesgos y todo lo que permite un uso bajo los principios éticos resguardados por las humanidades médicas. No tenemos la efectividad y el acceso universal a la salud que necesitamos, pero decía Ruy Pérez Tamayo que, a pesar de sus limitaciones, la medicina científica reconoce lo que ignora y se propone investigarlo con rigor. Por eso debemos evitar posiciones triunfalistas y actitudes arrogantes, para examinar con cuidado y respeto la problemática diversa de la salud.

Nota

1 M. J. Titulaer, L. McCracken, I. Gabilondo, et al, “Treatment and Prognostic Factors for Long-Term Outcome in Patients with Anti-NMDA Receptor Encephalitis: An Observational Cohort Study”, Lancet Neurol., 2013.