Minotauromaquia fragmentos de un imán

Minotauromaquia fragmentos de un imán
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Una lógica contradictoria explica la vocación verdadera: infinitas falacias constituyen la certeza.

Niño de los sortilegios: te amo porque tú, que desarrollaste siempre la más prolífica, escabrosa, detallada fantasía acusatoria sin motivo, supiste tener la inocencia de interpretar mi llamado como un nuevo principio.

Y no te equivocaste. Pero yo lo ignoraba.

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Dime tú cómo se decapitan las palabras. O los silencios. O las miradas de reconocimiento. Cómo se abate o secciona el abrazo de dos seres que aún a distancia, en público, en plena exhibición teatral de foso a foro, se están entregando en el más jubiloso de los escenarios invisibles.

Dime cómo se evita que ocurra en carne de tiempo lo que está teniendo lugar en el recinto ceremonial del espíritu. ¿Me explicarás, di, las sutiles diferencias entre el pecado de pensamiento, de palabra y obra?

No nos alentaba más que el vino rosado que habíamos bebido a mediodía. Pero otro vino incisivo y solapado, apurado indiscriminadamente en la misma copa, se nos iba subiendo a la cabeza en esos jirones y giros concéntricos tan de La Valse de Ravel. Amargo dulzor del reencuentro que perdona y sonríe, sentimental y noble. La sesión había sido exhaustiva para amantes que manejan con certera duplicidad el diálogo exterior y el interno, y a ratos los equivocan en radiantes fugas a capella y contrapuntos inversos. Te habías quitado el saco, y con dos dedos lo sostenías colgado a la espalda con esa gracia trashumante con que dispones tus pertenencias. Desabrochado el botón superior de la camisa, dulce de agotamiento y alegría, te apoyabas en los paneles blancos de la sala de exposiciones de la Casa del Lago.

De pie junto al ojo tornasolado de la cámara, yo improvisaba la entrevista y no supe en verdad en qué momento nos separamos de todo lo que nos rodeaba para quedarnos solos, frente a frente, en la áspera montaña del ayuno que propicia la visita de las tentaciones. Resbalando por la pendiente personal, sé que mis preguntas se fueron haciendo poco a poco más íntimas, y que con naturalidad drogada, dudas que habían dormido durante siete años ascendían ahora abiertas y confiadas en busca de tu sabiduría.

Acorde, armonioso, adoptaste el mismo tono, ¿o quizá me lo dictaste tú? En vez de referirte al hombre y la mujer decías: tú y yo. Los espectadores que habíamos olvidado asistían al reencuentro paralizados de asombro, y nadie osó romper la atmósfera de encantamiento con un: “¡Corte!, ¡cambio de set!, ¡se acabó la cinta!”.

Al volver a la realidad, un murmullo ruboroso recorrió a los asistentes. El de quien ha escuchado fraudulentamente una confesión in articulo mortis.

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Para conocerte nací. Nací para conocer esos días que rebasaron la más descabellada idea de felicidad, plenitud, comunión, entrega.

Por primera vez supe que la maldad no te era inherente, sino que había actuado a través de ti como un minotauro a quien hubiste de sacrificar tus mejores ideas, la virginidad de tus emociones, el sabor adolescente de tus anhelos y hasta el hilo de Ariadna. Por primera vez supe que la pareja era posible. Por primera vez creí que me amabas.

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Y por primera vez hice trampa, robándole a la vida lo que ya no me pertenecía.

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De nada me sirvió recordar que, cuando entre el penúltimo y último aliento acepté que fueras mi asesino, susurré en tu boca mi único voto: que reencarnáramos hermanos.

Pero justamente ante tu boca, incesto, adulterio, suicidio, crimen, eran vocablos en lengua muerta.

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Es sin duda Narciso, tan ubicuo como dúctil, quien encarna el superego de los impotentes.

Para no suscitar sospechas, disimula su espléndida belleza con hábitos que no hacen al monje. Pero no hay presa potencial que escape a la rapiña azul de su mirada. ¿Artes plásticas? Te revelará la sección de oro. ¿Angustias fronterizas? No existe prestidigitador que escamotee con mayor regocijo el contrabando de las abominaciones. ¿Anhelos de clochard ? Entre San Francisco y buenas noches. ¿Juego de cartas? Todos son ases. ¿Ajedrez? Jaque mate. ¿Cante? Con peteneras. ¿Círculo vicioso? Por la tangente. ¿Mujeres? Esquinazo, aunque zigzagueando con elegancia de velero. ¿Metafísica, trascendencia, Dios? A eso vamos.

Fue Narciso, sin duda, quien te enseñó a omitir encrucijadas en tierra, fuego, mar o cielo. Ladrón y chacharero profesional en el clandestino mercado del miedo, no tuvo que recurrir a alevosía y ventaja alguna para proponerte la consabida trácala de bisutería a cambio de una libertad incondicional. Deleite, calosfrío, hasta gozo fueron parte del malabarismo acariciante con que te despojó de sextante, brújula, ojos para mirar al prójimo, y mascarón de proa para afrontar la vida.

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Fue así como Narciso, Señor de los Onanistas, condujo tu infamante mansedumbre a sus abrevaderos.

Ignoro si a tu sobresalto ante tan repugnante fraude, Narciso respondió diciendo que los tiempos cambian, que en la era de la contaminación del ciclo hidrológico las pozas de agua cristalina son mera referencia mitológica. Y no pecó de severo al reprochar tu impaciencia: porque poco a poco, desde el líquido turbio del fondo, la libertad anhelada te guiñó el ojo. Libertad infinita de dictar escenografía, vestuario de negra capa mosquetera, movimiento de cámaras, monólogo. Infinita libertad de ser en vida tu propio monumento funerario.

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Y te entregaste a ese fluido magnético.

Hoy haces cuerpo con el espejo —abrevadero, azogue, bestia, lámina de sombra, mujer, montaña— en que escrutas fascinado una fuga de existencia que, con ser tuya, te ha excluido.

Hoy eres su cuerpo mismo: por miedo a las apariencias te volviste solo Apariencia. Un intento de huida hacia el Ser, y tu desorientación hipnótica te desplomaría de bruces en uno y otro y otro fantasma de aguas estancadas; en uno y otro y otro naufragio de simulación y mimetismo.

Hoy tu mundo se reduce a la película unidimensional —¿cómo precisar si hecha de recuerdos o ficciones?— que día y noche exhibe en la función especial de tu locura secuencias en que tu caracterización de superestrella arrastra una cauda de fanáticos anónimos, troquelados —suponiendo que la nada sea divisible— a tu imagen y semejanza.

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Me pregunto si algún íntimo residuo de albedrío hombruno se rebela contra semejante pérdida de identidad: ¿quién ríe, quién llora, quién llama a quién? ¿Acaso el plagiario, el espectro, el sosias, el facsímil, la caricatura, el sueño dorado?

Pero comprendo que ya no es hora de preguntar y menos aún de responder. Hoy eres el asesino impune de tu padre y de tu madre; de tus hijos. En ti se suspenden y anulan las generaciones. Hoy eres tu cómplice de doble cara —la una andrógina, abismalmente vacía la otra—; tu propia prolongación encadenada en irrevocable banda de Moebius.

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To belong or not to belong: that is the Question.

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Elisa queridísima:

Siempre nos detenemos unas horas aquí, en que el mar del Golfo y los estuarios del Papaloapan corren líneas paralelas, a uno y otro lado de la carretera. El cielo debe tener tanta náusea como yo: está de un gris caliente y opresivo...

Esta ranchería ocupa la ladera de una loma de arena, angina que la defiende de infecciones mortales. Apenas recubierta por esa maleza rastrera que los nortes achaparran y queman. Aquí paran los camiones de carga, de redilas, pipas, transportes de Ciudad Pémex y de Malpaso, que van y vienen de los pantanos pestilentes de Minatitlán a Veracruz. Aquí los camioneros consumen cervezas, caldos de camarón y canciones pellizcadas y en manteca de Pedro Infante, Pepe Silva, Lola Beltrán... vía sinfonola, claro.

Fuera de la barraca conviven a picotazos y mordidas niños, pollos, puercos, patos bastardos y guajolotes... Los árboles son tendederos y basureros los matorrales. En los tulipanes florecen latas de Tecate. Cuatro tablones en que están pintadas sendas letras rojas W.C. trasminan, con admirable constancia, su hedor de siglos: residuos petroleros, caña de azúcar, tabaco fermentado y fermento de líderes campesinos callados a machetazos en cualquier zanja, torsos de palo mulato, lirios viciosos del río de mariposas... Miles de ánsares, pelícanos, gaviotas, saquean la entrañable revolución de un mar sombrío: extracción sin bisturí, sin alevosía ni remordimiento.

Elisa linda, hermana, cómo darte una idea exacta de mi desolación. El error —creo— está en hacer una mística de las relaciones humanas. Se aterra al prójimo. Claro, al principio ese sentido sagrado del amor lo exalta como lo haría cualquier sustancia tóxica, pero no tardan en manifestarse el miedo y la repulsión. El marido, el amante, la hija, te piden ¡te exigen!, temperaturas normales, vivibles. Nada de esos altos hornos de los que hablaba Juan José, nada de esa entrega a temperaturas en que los metales hierven y se funden, y el deseo se tiempla y destiempla en la caldera solar. Si Dios no soporta un voto de celibato, ¿por qué tu marido o tu hija han de soportar un sacrificio sin fisuras? ¿Por qué no fallar, dándoles permiso de fallar? ¿Por qué no aligerarles la vida con los benditos, digeribles ejemplos de la transacción, del medio tono, del pacto con...? Sí, con el rostro pintado en el trasero del diablo, puerta abierta a la estupidez, a la promiscuidad, a la traición jocosa, al único espejo transitable... ¡y que nos aproveche!

Te dije que estoy enferma. De asco. No creas que me abstengo de comer. Simplemente no tengo hambre. Es un rechazo al alimento, al solo hecho de ingerir que —Algo como un horario, un ciclo, un ritmo solar o lunar, suspendieron su estúpida ronda en mi cabeza— Algo cesó— No necesito nada ni a nadie ubicables en el espacio o en el tiempo. No sabes lo que daría por liberarme de Diana y que Diana se liberara de mí. Me cuesta trabajo mirar su boca griega, sus me- jillas renacentistas, sus grandes ojos de oro quemado, oro de hoja, limpiamente estriado por esa pátina de antecesores bárbaros —tal vez franco-germánicos— que desconozco. Me da horror besarla. Hermana paloma, hermano cerdo— ¿Piedad franciscana y esas cosas? Ella no ha tenido piedad de mí. Yo estoy infinitamente más desprotegida que ella. El árbol del bien y del mal— Se está tan desarmado— Ya no sé sino que todo, todo, TODO, TODO duele— Conocer es rendir la plaza: la victoria no existe. Ella se siente superior porque todavía no afronta las consecuencias. No vengas con Nuni. Con Nuni no. Tú me enseñaste a ser franca. Porque no soporto un reclamo, un grito, un llanto infantil. La oscuridad está llena de llantos de recién nacidos que dentro de quince, dieciocho años nos van a maldecir por haberlos traído al mundo. Noches y noches. Y dentro de las noches en mil pesadillas me veo encerrada en el cuarto de esquizofrénico que ese adolescente adorado compartía con el jesuita, en el cuarto de paranoico en que Julián amenazaba aplastar al mundo con un moledor de carne, en sucesivos cuartuchos de aborto clandestino de Carmen, y en el mío propio, embarazada, dando de alaridos de continente a continente— ya no quiero, YA NO QUIERO, YA-NO-QUIE-RO, YANOQUIERO— No hay en la vida sino unos cuantos coitos malencontrados, unas cuantas evacuaciones a destiempo— Perdóname— Me alimento de— ¿DÓNDE ESTÁ JUAN JOSÉ?

P. D. Conocí esta carta, que nunca recordé haber escrito, tres meses después.

Fuente: Tita Valencia, Minotauromaquia, prólogo de Claudina Domingo, Colección Vindictas, UNAM, México, 2019.