Mis días en vela

Ojos de perra azul

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Mis días en velaFoto: Cortesía de la autora
Por:
  • Karla Zárate

La tarde estaba a punto de caer. Me vino a la mente la fantasía de que no oscureciera, de que la gran estrella que nos ilumina optara por no esconderse tras el horizonte, sin cederle espacio a las penumbras. Algo parecido al sol de medianoche de las latitudes al norte y al sur del círculo polar, a las noches blancas de San Petersburgo en junio, a l’heure bleue que hechiza la atmósfera en París.

Durante esos fenómenos de la naturaleza hay luz las veinticuatro horas, los pájaros no regresan a sus nidos ni dejan de cantar. Los paisajes se mantienen amarillos, naranjas, rojizos, atravesados por un cielo siempre azul y nubes en forma de pez, caballo o cocodrilo. Los niños, incansables, juegan a la eternidad mientras los adultos pretendemos olvidar que existe el tiempo.

Sueño despierta en la claridad interminable. La clepsidra deja de gotear, la arena no cae como de costumbre, las manecillas van un poco más despacio. No salen los fantasmas que habitan dentro del armario ni se asoman los terribles monstruos por debajo de la cama. No cierro las cortinas y veo por la ventana inusuales destellos y reflejos que deslumbran los ojos. Afuera, mi sombra se proyecta sobre el suelo, se desprende de mí para poder correr, libre por fin. El viento hace una pausa: respiro. No tienes que irte y miramos juntos cómo la jornada continúa.

No me inquieta la fractura de los huesos sino que mis sueños
se quebranten

Sin embargo, oscurece. Sobreviene el crepúsculo y es ahí cuando me siento más sola. Dígame... ¿Por qué en tales momentos se corta el aliento? El ruido del mundo se opaca, yo callo y la música de mi cabeza se apaga por completo. En medio del silencio una voz me susurra al oído, recordándome que otro día se ha extinguido, se fue y no regresa. La noche ya no es pálida, murmura.

Enciendo la lámpara de mesa, el tenue brillo alumbra un fragmento de la habitación y un pliegue de mi pensamiento antes eclipsado. Comprendo que la quimera de mis días en vela no tiene que ver con el alba ni con el ocaso sino conmigo, con el cuerpo que aún habito, programado para un lento e inevitable suicidio celular. No me inquieta la fractura de los huesos sino que mis sueños se quebranten. No me importan las arrugas pero sí la contracción mental. Prefiero el pelo gris a una vida sin matices. Lo grave no es perder la vista sino dejar de verte. Que se me caiga la piel, nunca el deseo.

Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso, y todavía hay mucho nuevo bajo el sol.

No me dan miedo la oscuridad o las tinieblas, ni el insomnio cada vez más persistente. Lo que temo, lo que no quiero, es oscurecer por dentro.

*** Soy un manojo de verbos.