Monterrey (interior, noche)

El corrido del eterno retorno

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Monterrey (interior, noche)Fuente: losreplicantes.com
Por:
  • Carlos Velázquez

Tiene 13 gatos, pero le apodan el Perro. Tiene ambos brazos y el cuello tatuados por completo. Los lóbulos perforados. Vive en una segunda planta, arriba de una estética. Una cama, un sofá, un frigobar, una batería cubierta por años de polvo, una pantalla empotrada en la pared y un baño minúsculo.

Su manera de presentarme a su vecina, la dueña de la estética, es informarme gratuitamente que el exnovio la golpeó. Me senté en el banquito de la bataca con una chela en la mano y comencé a cuestionarme con seriedad qué demonios hago ahí. Podría estar leyendo, pelando ese medio kilo de nueces que descansan en mi alacena o en alguna de los cientos de cantinas que hay en el Centro: el Campa, el Centenario, el Mitla o el Salón Morelos.

Perrillo, me dice el Perro, hace un rato vino el novio. Y me amenazó. Pero yo lo encaré. Le dije que ella está enamorada de un hindú.

A un lado de mí estaba un tipo callado. Le calculé unos 55 años. A qué te dedicas, me preguntó. Con la pandemia perdí mi trabajo. Orita me dedico a vender viniles usados. ¿Y tú? Soy díler, dijo. ¿Quieres? Aquí la traigo. Vale 500. No, gracias, le respondí. No sabía si hablaba en serio. Me sentía cansado. No quería desvelarme hasta las 7 a.m., como dos días antes. Pero sobre todo quería estar alerta. Presentía que las cosas podrían ponerse algo nasty. Otra cerveza y me largo a dormir, pensé.

El Perro me confiesa que le teme a la oscuridad. Desde niño. Y que tiene que dormir con la luz encendida. Entonces su apariencia amenazante dejó de preocuparme. Eso sí, el hocico no le paraba. Señal inequívoca de que andaba bien coco. El díler me pregunta de dónde soy. De Torreón, respondí. Ah, no mames, dijo emocionado. Mi mamá es de allá. Sacó una bolsa, me imagino que era su coca personal, y me la extendió. Dudé, mi sexto sentido de drogadicto intuía que se trataba de puro mugrero. Ya tengo la nariz desbielada. Poquita coca mala y al día siguiente pago cara la osadía.

Me pegué un llavazo. Dos llavazos. Tres llavazos. Achingá, mi nariz no arde, pensé sacado de onda. Now we’re talking, le espeté a la noche, convencido por la calidad del producto. Vamos por más cerveza, Perrillo, me instó el Perro. Bajamos las escaleras y de un coche emergió Frankie. Un compa del Perro. Regresamos y el Perro cae en pánico. Una de sus gatas no estaba. No sé cómo notó la ausencia, pero comenzó a desquiciarse. Acusó al díler de dejarla salir. El díler lo negó.

Soy díler, dijo. ¿Quieres? Aquí traigo. Vale 500. No,
gracias, respondí 

El Perro, acelerado, empezó a lanzar cosas por todo el cuarto: botellas, etcétera. Y antes de que se agarraran a madrazos el díler y él, pateó una caja vacía de latas de chela y la gata salió de adentro. Los ánimos se calmaron y la fraternidad volvió a instalarse en nuestros corazones. En lugar de fumar la pipa de la paz inhalamos la raya de la reconciliación. La música terminó por unirnos más. Me impresionó el conocimiento del punk del Perro. Bandas francesas, alemanas y vascas de las que no tengo registro asaltaron el YouTube. Justo cuando pensaba comprarle al díler, me extendió la bolsa. Ya no era necesario.

Alrededor de las dos de la madrugada, la vecina bajó a la estética. El ex estaba agazapado en una esquina. Y corrió hacia ella, pero alcanzó a meterse a su negocio y llamó a la patrulla, al hindú y al perro. La patrulla y el coetáneo de Apu llegaron casi al mismo tiempo. Perro, bajemos a partirle su madre al ex, sugirió Franki. Perrillo, contestó, sabes a quién es el primero que va a detener la ley. Obvio, pensé, al del look malandrísimo.

Desde la ventana comenzamos a gritarle a la tira. The indian is the good guy. The indian is the good guy. Los policías retuvieron al ex, para que el hindú y la peluquera pudieran marcharse en un carro. Antes de arrancar, el hindú nos gritó thanks y nos lanzó un beso.

Habíamos apagado la luz, así que la tira no podía localizar de dónde provenían los gritos. Lo único malo es que dejaron ir al ex. Perrillo, dijo el Perro, estoy seguro que luego va a venir a armármela de pedo a mí. Pero le paro sus putazos, jajaja.

Minutos más tarde el Perro sacó un estuche que juraba yo que contenía un arma. Tenía el tamaño exacto de una uzi. Lo abrió y lo que contenía era un micrófono Shure. Que utilizamos para cantar a grito pelado rolas de los Red Hot Chili Peppers, después de haber atestiguado cómo había vuelto a triunfar el amor.