Todo se vuelve anacrónico El Bulto

Todo se vuelve anacrónico El Bulto
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No sé si sea una buena película, pero es ingeniosa y provocadora. Un reportero/fotógrafo cubre la marcha estudiantil del 10 de junio de 1971. Es agredido por los Halcones, como el resto de los manifestantes, y cae en coma. Veinte años después despierta. Prácticamente no conoce a sus dos hijos (hombre y mujer), su exesposa tiene otro galán y su madre aún vive. El joven de entonces es ahora un adulto.

La película destila el aroma desencantado de la generación del 68: altas expectativas y precarios logros en el corto plazo. Porque la impresionante movilización de los estudiantes aquel año no sólo develó el autoritarismo gubernamental, la asfixia cultural, el provincianismo autoritario y patriarcal, sino que generó el ensueño de una transformación instantánea y radical que por supuesto no sucedió.

En 1991 Gabriel Retes filmó, actuó y escribió El Bulto. Otros actores: Lourdes Elizarrarás, Delia Casanova, Héctor Bonilla, José Alonso, Cecilia Camacho, Luis Felipe Tovar.

En la cinta, los hijos han cuidado a su personaje a lo largo de los años, no han permitido que lo desconecten, lo apodan El Bulto con una mezcla de cariño y hartazgo, porque no deja de ser una carga. Y cuando despierta todo es sorpresa, alegría y pronto, preocupación y conflictos. Sus amigos lo ponen al día con versiones distintas de los años borrados: gobierna George Bush en Estados Unidos, “estamos bien jodidos”, los gringos nos han ganado en el futbol, fulanito tiene dos hijos maricas, “triunfamos en Vietnam” y por ahí. Es el primer acercamiento al periodo no vivido, confuso, a través de un coro de voces desafinado. Un lapso irrecuperable que fluyó —como todos— de manera contradictoria y ambigua y del que Lauro (así se llama el personaje) no tiene registro. Lo único despejado y contundente es que ha renacido en otro mundo. Un mundo ajeno, pero con puentes de continuidad con el que conoció.

UN AMIGO DEL PASADO intentará ponerlo al día en materia política: el terremoto de 1985 que devastó la Ciudad de México, la muerte de Franco, la desaparición del Partido Comunista y la Unión Soviética... Su hija le recomienda algún libro de José Agustín y una película de Jorge Fons. Es claro, sin embargo, que el tiempo perdido, perdido está. Es un hombre desubicado, inválido, pero que al parecer conserva algunos rasgos de su carácter y, sobre todo, buena parte de los mapas mentales del post 68.

Tendrá un agarrón descomunal con su cuñado, exizquierdista que ahora trabaja en el gobierno. Lo acusa de olvidar sus principios, “te llegaron al precio”, eres un traidor, una mierda, son algunas de las lindezas que le dice. Fue y es un hombre dogmático, inflexible, que se asume como poseedor de la verdad. Encarna parte de la rigidez ideológica con la que no pocos vivieron los años setenta. Una derivación perversa del espíritu originalmente democratizador de los estudiantes en huelga de 1968. Porque la entronización de grandes categorías abstractas como guías (quizá sería mejor decir: anclas) de pensamiento acabó por reducir una realidad fluida y enmarañada a esquemas rígidos e inútiles. Es además un padre autoritario (por supuesto, sin autoridad por su larga ausencia), irritable, agresivo, que enfurece si encuentra a su hija fajando en la sala o si su hijo decide raparse. Cree que tiene y debe tener autoridad sobre ellos e incluso, en un momento más bien hilarante, pretende que su exmujer vuelva con él y deje a su pareja, porque, bueno, ya regresó. Se trata de un desfase radical entre sus ideas de principios de los setenta y la realidad de los noventa. Un desfase que pone en evidencia que el tiempo no pasa en vano.

Se tendrá que poner al día en el uso de computadoras, walkmans y hasta el Nintendo que lo hipnotiza. Es un freak. Si a fin de cuentas uno es su biografía, la supresión de veinte años de existencia lo coloca como un hombre inacabado, profundamente tallado por su experiencia juvenil, sin puentes eficientes para convertirse en un adulto.

"Un amigo intentará ponerlo al día: el terremoto de 1985 que devastó la Ciudad de México, la muerte de Franco..."

LA PARADOJA MAYOR, sin embargo, es que parece y es un anciano, anclado en nociones que sus propios contemporáneos han ido desechando. Clama al viento “que no hay conciencia política”, que los jóvenes no saben quién fue Lenin o que la música es mucho peor que la de sus tiempos. No es casual que su propia madre le diga: “Pareces un viejito, hablas como viejito, piensas como viejito”. Haber quedado en coma a inicios de los años setenta no lo hace joven, todo lo contrario, porque el paso del tiempo convirtió en piezas de museo buena parte de sus convicciones.

Los conflictos tiñen sus relaciones. Con sus hijos, con su cuñado (ya se dijo) y su hermana, con quienes lo rodean y lo quieren. Viven tiempos no sólo diferentes sino incomparables. Y al final, una vez que encuentre pareja, un trabajo y asimile que vive tiempos nuevos, logrará establecer un clima de comprensión y cariño en su entorno familiar. Un happy end un poco forzado.

El Bulto es una película inusual en la historia del cine mexicano. Una reflexión política en tono de comedia (no exenta de melodrama); ocurrente e irreverente. Arriesgada, singular y autocrítica. Atributos poco comunes entre nosotros, más bien dados a filmes convencionales (pensados para conectar con el mínimo común denominador del público), realizados casi como maquila (en serie) y normalmente autocomplacientes. Gabriel Retes: un autor, en una cinematografía de escasos autores.