La urbanización de los árboles

Al margen

La urbanización de los árboles.
La urbanización de los árboles.Foto: Robert Bye / unsplash.com
Por:
  • Veka Duncan

Murió la palma de Reforma, único monumento vivo que existía en el paseo más importante de la capital del país, y en su lugar el Gobierno de la Ciudad de México plantó un ahuehuete en una ceremonia celebrada el pasado 5 de junio, Día Mundial de la Tierra. Desde luego que todo esto no es noticia, de hecho, ha suscitado acaloradas discusiones —que yo, francamente, celebro. Es decir, si bien me entristece que hayamos permitido, a la luz del día y frente a nuestros ojos, el deterioro de un árbol que llevaba más de cien años formando parte del paisaje de la capital mexicana, agradezco que de la tragedia brote una reflexión que como sociedad es urgente que propiciemos: la situación de los árboles en nuestras calles.

LA HISTORIA URBANA nos ofrece algunas claves para entender las problemáticas actuales —es curioso cómo en ocasiones el pasado resulta una lupa muy útil para mirar el presente. Para empezar, debemos partir del hecho de que la historia de los árboles y los centros metropolitanos no es tan larga como quizá parezca. En el siglo XIX, las ciudades se naturalizaron y los árboles se urbanizaron: así lo define Sonja Dümpelmann en su libro Seeing Trees: A History of Street Trees in New York City and Berlin (2019) y es una de las explicaciones que podemos encontrar para este proceso, hoy más vigente que nunca: la contaminación ambiental y la salud.

La inquietud por la forestación de las urbes está íntimamente ligada a su industrialización. Con la Revolución Industrial, el ambiente de Europa se ennegreció con el carbón y las calles de sus principales capitales se hacinaron, a medida que las fábricas atraían olas de migrantes en busca de nuevas oportunidades fuera del campo. Enfermedades respiratorias —entre ellas la tuberculosis— y epidemias azotaban a la población, haciendo del aire fresco un bien altamente cotizado por su escasez. Mientras que en los siglos previos se buscaba establecer un límite entre la naturaleza, salvaje e indomable, y la civilización, representada por el orden de la ciudad, el siglo XIX buscaba encontrar maneras de volver a entrar en contacto con el mundo natural. A esto se sumó el espíritu nostálgico del Romanticismo, que veía en el paisaje intocado por la mano del hombre la huella de un pasado, mejor que el presente, que se nos escapaba de entre los dedos.

Las salidas al campo comenzaron entonces a popularizarse, por un lado, como actividad recreativa, y por otro, como remedio para cualquier mal que aquejara a las poblaciones citadinas. Así también la construcción de hospitales se enfocó en los suburbios, donde el aire puro propiciaba la recuperación de los convalecientes. A pesar de recetarse para atender las enfermedades más apremiantes, aquellos viajes campiranos habían sido monopolio de las élites, aquellas familias con lazos nobiliarios que contaban con palacios de verano y, si bien la burguesía ganaba terreno sobre todo en el ámbito del ocio, seguían siendo incosteables para las clases obreras, mismas que resultaban las más afectadas por las malas condiciones ambientales generadas por la industria. Y el problema era ya de salud pública.

Las salidas al campo comenzaron a popularizarse, como actividad recreativa y remedio para cualquier mal de las poblaciones citadinas

DE ACUERDO CON EL HISTORIADOR Lewis Mumford —referencia obligada para la historia de las ciudades—, fue esto, en gran medida, lo que detonó el surgimiento de un nuevo urbanismo que ponía el arbolado en el centro de las prioridades, con el impulso a la construcción de grandes parques para ofrecer a las masas la experiencia del campo. Mumford ubica a Frederick Law Olmsted como uno de los ideólogos de este novedoso concepto, quien en Estados Unidos promovió su creación, así como de los llamados parkways, calles arboladas que generaran corredores verdes los cuales, simbólica y urbanísticamente, conectaran a la ciudad con el campo. En Inglaterra esta corriente de pensamiento cobró madurez con la figura de Ebenezer Howard, creador del concepto de Ciudad Jardín, que proponía la creación de capitales con una importante presencia de parques y árboles para fomentar una relación más directa con la naturaleza, que pudiera mitigar los efectos negativos, tanto físicos como anímicos, de la vida urbana.

A LAS DEMANDAS DE SALUBRIDAD y bienestar se sumaron también las sociales. A partir de la Revolución Francesa, la ciudadanía a lo largo y ancho de Europa comenzó a exigir la democratización de los parques que antiguamente se habían creado para el disfrute de la nobleza. Así, se tumbaron murallas barrocas y se abrieron los jardines palaciegos. De este lado del charco se hizo lo propio tras la Independencia y la Reforma —otras formas de liberación del yugo real—, con la apertura de atrios y la remoción de enrejados en espacios verdes tan emblemáticos como la Alameda. Estas prácticas, a su vez, mejoraban el tránsito de peatones y carruajes en las pobladas ciudades, aspecto que también Mumford nos explica que era fundamental para las clases acomodadas, pues la vida social estaba regida por los paseos en los que uno debía ser visto con sus mejores ropas. En esto, un hito importante en su época y aún de gran trascendencia para las ciudades actuales, fue la reconstrucción de París en la década de 1860 bajo el mando del Barón de Haussmann, cuando se introdujo el concepto del bulevar que atraviesa los entornos citadinos.

A pesar de lo reciente que ha sido la incorporación de los árboles a los paisajes urbanos, cabe recordar que, en realidad, siempre han estado presentes en nuestras metrópolis aunque quizá de maneras insospechadas. Basta recordar que el arquitecto romano Vitruvio atribuía a los árboles ser la inspiración para las columnas que definieron la estética de la arquitectura europea desde la antigua Grecia, o el bosque medieval que recubría el techo de la catedral de Notre Dame, consumido por el fuego en 2019.

No deja de sorprenderme que esta historia compartida entre árboles y ciudades haya sido tan ignorada. Ojalá la pérdida de la palma nos dé la sacudida que necesitamos para recordarla y sumar a ella nuevos hitos.