Vida de Fernando del Paso contada por su hija

Con unas quince horas de grabaciones al escritor, Paulina del Paso prepara un documental sobre su padre.
Mientras tanto, Alejandro Toledo le da los toques finales al libro Fernando del Paso:
Las poéticas de un novelista, y como parte de ese proyecto conversó (durante varias sesiones, vía Zoom)
con la artista visual y cineasta para armar con ella este relato biográfico. El resultado nos muestra
al autor de José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio a lo largo de su trayecto personal:
de la infancia, los afanes familiares y laborales a la vocación absoluta de escribir, que hizo posible su destino literario.

1-1
En la casa de Orizaba 150, Fernando del Paso y sus padres, 1935.Foto: Paulina del Paso
Por:
  • Alejandro Toledo

Yo soy Paulina del Paso, hija de Fernando del Paso Morante y  Socorro Gordillo Castillo. Yo soy Paulina Alicia del Paso Gordillo. Mi padre nació en la Ciudad de México el 1 de abril de 1935; mi madre, el 5 de mayo de 1934.

Mi padre nació en la casa de Orizaba 150, en la colonia Roma. La casa ya no existe pero preservaron la fachada. De hecho hay una placa con su nombre. Él contaba que la cama era de latón, y que su madre se agarró de los barrotes y que tuvieron que sacarlo a él, a lo Tristram Shandy, con fórceps. Era una casa que, al atravesar un periodo económicamente difícil, los abuelos maternos de mi padre habían convertido en una casa de huéspedes. Justo por eso a mi padre le tocó convivir con gente de distintas nacionalidades; hubo varios señores que venían de Europa y que se casaron con las hermanas de la mamá de mi padre, sus tías. Mucho de Palinuro de México se inspira en la infancia vivida por él en esa casa.

El padre de mi papá se llamó Fernando del Paso Carrara y su mamá, Irene Alicia Morante Benevendo. A ella le costó mucho trabajo embarazarse, varios años y en agradecimiento, cuando lo consiguió, se fue caminando a La Villa. Por el esfuerzo que implicó esa caminata tuvo un sangrado que resultó ser un aborto. Luego de numerosos tratamientos o curaciones y mucho reposo, llegaría mi papá, quien por ello decía que él era su propio hermano menor: “Yo digo, un poco de broma y un poco en serio, que soy mi hermano menor; y que le debo haber nacido, no soy creyente pero le debo haber nacido a la Virgen de Guadalupe”, me dijo un día, cuando empecé a filmarlo con miras a hacer un documental. En Palinuro de México hay un desdoblamiento del personaje protagónico entre el yo y Palinuro; según recuerdo, esta idea viene del suceso del hermano que murió.

En su segundo embarazo mi abuela permaneció largos meses en cama. Por haber perdido antes un hijo, con mi papá ella era muy sobreprotectora y aprensiva, al parecer le inventó una cantidad de enfermedades y esto le fastidió mucho su infancia. Siete años después, en 1942, mi abuela tuvo a Irene.

Sé que el tiempo que pasó en la casa de sus abuelos maternos en la calle de Orizaba 150 marcó profundamente su vida. Es algo que se nota en Palinuro de México.

Estudió la primaria en la Escuela Benito Juárez, la secundaria en la número 14, en lo que había sido la Antigua Cárcel de Belén... Decía que a los 13 años escribió su primera novela, de más de cien páginas. Insatisfecho con el resultado la tiró a la basura, de lo cual se arrepintió muchos años después. Recordaba a un personaje que entraba a un restaurante y pedía una páprika al horno, pues él pensaba que la páprika era un pollo o algo así.

¿UNA JUVENTUD PALINURESCA?

Pienso que tuvo una etapa de la juventud de muchas fiestas y pachangas, pero de eso no quiso contarme mucho. Yo creo que le daba un poco de pena. Le tocó de joven el auge del rock and roll, pero él no bailaba bien, bailaba muy chistoso, alzando los deditos casi sin mover el resto del cuerpo. Como que no se le daba, pero aún así todos los años nuevos siempre bailaba una pieza conmigo, con mi hermana Adriana y por supuesto con mi mamá. Sé que ganó un concurso de oratoria en su adolescencia, ya tenía ese don desde joven y luego lo desarrolló más al trabajar en la radio en la BBC y Radio Francia, muchos años después. Su voz era muy bella, profunda, y con una cadencia musical muy seductora.

He visto fotos suyas de niño, en casa tengo una de su primera comunión, y luego hay un periodo en el que no hay fotos sino hasta que ya se casó con mi mamá. Mi mamá tiene un nombre casi tan largo como el de la Emperatriz Carlota; se llama Eduviges María del Socorro Gordillo y Castillo. Se casaron el 14 de septiembre de 1957; ella tenía 23 años y él 22. La ceremonia fue en la Parroquia de San Vicente Ferrer, en San Pedro de los Pinos.

Se conocieron en San Ildefonso, que era la Preparatoria 1. Para inscribirse en esa época había que hacer fila para registrarse; se trataba de hacer fila varias horas, y era muy poca gente la que entraba. Cuenta mi papá que el chico que estaba delante de él le dijo: “Ahora regreso, debo ir al baño”, y cuando regresó, como cortesía, se puso atrás de mi papá. Cuando le tocó su turno a mi papá, ingresó al edificio y le dijeron: “Eres el último, ya no aceptaremos a nadie más”. Mi padre reaccionó y dijo: “Pero este joven estaba antes que yo”, y explicó la situación. Finalmente entraron ambos. Esto me hace pensar en las cuestiones del azar: si este joven no va al baño y le cede el lugar a mi papá, él no hubiera entrado a la preparatoria uno, tampoco hubiera conocido a mi mamá, y por tanto nosotros, sus hijos, no estaríamos aquí.

Me gusta imaginarlos de jóvenes como Palinuro y Estefanía, aunque mi papá sí llegó a decir que Estefanía estaba más bien inspirada en un amor de su juventud, una prima a quien él quiso mucho

Mi padre contaba que un día vio a mi madre, recargada contra un barandal del tercer piso; ella traía un abrigo rojo. La vio y se dijo: “Me quiero casar con ella”. Le comentó esto a un ami-go, conocido de mi mamá; ya en algún momento él pudo acercarse para que conversaran. Desde que la vio supo que ella era la indicada.

No sé si su juventud fue palinuresca. El hecho de que no me haya contado mucho la vuelve más misteriosa para mí. Entonces habla mi imaginación y pienso que sí se deschongó, aunque de Palinuro de México él decía que era autobiográfico en el sentido también de lo que él hubiera querido ser y no fue. Uno es también esos deseos que quedan inconclusos.

En cuanto al noviazgo, ella ciertamente quedó encantada con el lado del escritor y su gran creatividad. Pienso que mi madre le apostó también a su talento: seguirlo a Iowa e Inglaterra, sólo ellos con los hijos, finalmente fue una apuesta y ella siempre lo apoyó para que él pudiera desarrollarse como escritor y como padre de familia.

Me gusta imaginarlos de jóvenes como Palinuro y Estefanía, aunque mi papá sí llegó a decir que Estefanía estaba más bien inspirada en un amor de su juventud, al parecer una prima a quien él quiso mucho. Hubo una tía que, ya mayor y con algo de sobrepeso, llegó a una reunión familiar con una playera que decía: “Yo soy Estefanía”. No supe si había sido ella o no. A mí me gusta pensar que ese amor entre Palinuro y Estefanía es más como el amor entre mi papá y mi mamá. Ella de joven era guapísima: los ojos claros, el cabello chino y un porte impresionante, esto aparte de su espíritu aventurero, pero con los pies siempre firmes en la tierra.

He oído a mucha gente que asegura que mi padre estudió Medicina; según yo no fue así. Estudió Economía, creo que nada más un año. Se interesó en la Medicina, sí, y quizá su cercanía con la muerte, a los 27 años, cuando le detectan un seminoma en el testículo derecho, influyó en ese interés. Pero eso sí, leyó muchos libros de medicina para escribir Palinuro.

EN LAS ISLAS DE LA PUBLICIDAD

Un tiempo trabajó en un banco y luego se metió a la publicidad como copywriter, donde coincidió con Arturo Ripstein, Jorge Fons, Álvaro Mutis, María Luisa La China Mendoza, entre otros. Gracias al buen sueldo que tenía mi papá se compraron su primera casa, en Echegaray. Cuando surgió la oportunidad de viajar a Estados Unidos con una beca del Iowa Writers’ Workshop, en los años sesenta, tuvo algún conflicto con su padre, al que no le parecía una buena idea arriesgarse con una beca artística cuando acá vivía bien y tenía un buen empleo.

Su primera publicación fue Sonetos de lo diario, en 1958, poemas dedicados a mi mamá; luego aparece José Trigo, en 1966, escrita en parte gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores, al cual asistió todos los miércoles durante varios años a sesiones de asesoría con Juan José Arreola y Juan Rulfo, quienes se volvieron sus maestros y amigos. Con esa novela gana el Premio Xavier Villaurrutia. Con la be-ca de Iowa empieza a escribir Palinuro de México.

El escritor con sus hijos Fernando, Alejandro, Adriana, y su esposa, Socorro, 1962.

Cuando se enfermó a los 27 años los doctores le dieron cuatro meses de vida. Mi padre ya tenía tres hijos pequeños: Fernando, el mayor, Alejandro y Adriana. Mi madre vivió unos meses de mucha angustia pensando que podía quedarse viuda tan joven. Pero, bueno, los doctores se pasaron toda la vida diciéndole a mi papá que ya se iba a morir, y pues no se murió hasta que se tuvo que morir. En aquella época, un amigo, Francisco Cervantes, le llevó al hospital La tumba sin sosiego, del autor inglés Cyril Connolly, donde halló a Palinuro (personaje de la Eneida retomado por Connolly como su seudónimo) y donde está esa idea de que no vale la pena que se escriba un libro más si no es un libro total.

En agosto del 68 mi padre da una conferencia en el Palacio de Bellas Artes, en el ciclo "Los narradores ante el público". 1 Es muy interesante, empieza contando su vida y paulatinamente va integrando fragmentos de ficción sin previo aviso. Parece que sigue hablando de su propia biografía, pero al final de la plática confiesa que acaba de leer un adelanto de su segunda novela. Ahí arranca ese coqueteo entre lo que es real y lo que no es real: es mi vida y no es mi vida. Haber encontrado hace pocos años esa plática me encantó. Es la génesis de Palinuro. A mi papá no le gustaba que la gente se enterara de su proceso creativo. De hecho destruyó sus manuscritos... y parece que yo le ayudé, muy chiquita, a destruir uno, supongo que el de Palinuro. ¡Qué dolor! Y la charla en el Palacio de Bellas Artes es como una asomadita a su proceso creativo.

Él usaba el copia y pega de las computadoras pero aplicado a la vida real, con tijeras, cinta durex y plumas de colores, y luego mi mamá pasaba los textos en limpio. Ella dedicó muchas horas a esta labor. Sí había un trabajo muy minucioso de mi padre de escritura y reescritura. Escribía a máquina, con tres dedos y a veces anotaba algunas correcciones con pluma en el papel.

De Iowa se fueron a Londres. El primer hijo fue Fernando, nacido en 1958, al que le decían Chico, porque era Fernando chico y se le quedó Chico; él ya murió, su muerte fue muy dura para mis papás. Luego vinieron Alejandro, de 1959, y Adriana, de 1961. Yo nací (por error, no fui planeada) en marzo de 1973 en Londres. Mi cuna estaba en el cuarto de mis papás, pues la casa era pequeña y aún estaban con nosotros mis hermanos. Vivíamos en el número 5 de Longton Grove.

Durante un tiempo mi papá tenía su escritorio en la recámara, y yo a veces, como a los seis años, me dormía debajo del escritorio. Era una situación especial: él acomodaba alrededor de la mesa una colcha, que sostenía con sus libros y sus enciclopedias, para convertir el espacio debajo de su escritorio en un camarote de tren. Me decía que estaba en el Expreso de Oriente y que a la mañana siguiente iba yo a despertar en otro país. Es uno de los recuerdos más bellos de mi infancia: dormir debajo del escritorio en el que él escribía sus obras. Su área de trabajo era también mi espacio de fantasía.

Mi papá podía llegar a deshoras del trabajo al garaje; era frío pero se ponía guantes y se arropaba bien. pasaba
horas allí. Teníamos un piano y mi mamá recorría las teclas de ida y vuelta para avisarle que la comida estaba lista

LA NOVELA EN UNA MOCHILA

Hubo un tiempo en el que adaptó el garaje como estudio. No teníamos auto y en la parte inferior de la casa había un garaje de buen tamaño. Entonces trabajaba en la BBC para el área de servicios latinoamericanos como locutor de radio y hacía muchos turnos nocturnos; la ventaja es que le daban unos días de descanso para recuperarse, días que él ocupaba en escribir. Para eso usaba su tiempo libre y, a veces, para pintar. Podía llegar a deshoras del trabajo directamente al garaje; era un poco frío pero se ponía guantes y se arropaba bien. Pasaba horas allí. Teníamos un piano en la sala y quedaba justo arriba del garaje, y mi mamá recorría las teclas de ida y vuelta para avisarle que la comida estaba lista. Recuerdo que en casa sí había momentos en que él tenía su espacio sagrado de escritura y por ninguna razón había que interrumpirlo. Recuerdo además la música clásica, Mozart o Albinoni en loop, el disco puesto una y otra vez, una cadencia repetitiva, como fondo para acompañar la escritura.

Lo del dibujo y la pintura creo que comenzó así: el artista plástico y del performance Felipe Ehrenberg vivió un tiempo en Londres y ahí hizo amistad con mi padre. Un día experimentaron con el ácido, y mi padre decía que una sola dosis le había bastado para un viaje psicodélico que le sirvió de inspiración. Sus cuadros de esos años son muy bellos y poco conocidos, es impresionante su imaginación desbordante y su talento inagotable. A mi parecer también era un gran artista plástico, pero a esta actividad le dedicó mucho menos tiempo.

Sé que en Londres, cuando escribía Noticias del Imperio, solía reunir a mi mamá y a mis hermanos para leerles avances de la novela. Eso no lo recuerdo porque era muy chica.

Una vez, tras muchos años de escritura y correcciones, mi mamá le pidió que ya terminara la novela, le dijo: “Si no acabas esta novela, la que se va a volver loca soy yo”.

Finalmente, el cierre del libro ocurrió en esa época en que nos mudamos de Londres a París; como se lee en la última página, fue iniciada en Londres, en el número 5 de Longton Grove, en 1976, y concluida en París, en la Maison du Mexique, en 1986. A París ya solamente fuimos mi papá, mi mamá y yo; mis hermanos y hermana ya se habían ido de la casa y vivían de nuevo en México.

El ir a París era también cumplir un sueño de joven de mi papá de vivir allá, un sueño de escritor, junto con el impulso de irse de Londres. Él trabajaba para la BBC en un área en la que convivió con mucha gente latinoamericana, lo que, decía, reforzó sus raíces. Durante la Guerra de las Malvinas, en 1982, vivió una situación incómoda, de mucho enojo, de cuestionarse qué estaba haciendo en el reino de Margaret Thatcher. Esto empezó a despertar en él estas ganas de irse de Londres, y se presentó la posibilidad de que viviéramos en París. Vio la posibilidad de trabajar en Radio Francia haciendo una labor similar a lo que hacía en la BBC. Fue difícil porque a nosotros, como mexicanos, nos tenían en un estatus legal de inmigrante no deseado. Le costó trabajo conseguir los papeles para que pudiéramos entrar al país mi mamá y yo. Y él se lanzó primero, para instalarse y prepararnos el terreno. Creo que fue en ese primer viaje cuando se llevó en una mochila el original mecanográfico, casi terminado, de Noticias del Imperio; ése era el único ejemplar de la novela.

Era el trabajo de su vida; lo metió en una mochila y lo llevaba al hombro. El viaje iba de Londres a París, pasando por Dover, en Inglaterra, y Calais, en Francia, en tren, ferry, y de nuevo tren. No soltó la mochila ni para ir al baño. Le pesaba mucho. ¿Cuántas cuartillas habrán sido? Unas mil, quizá. Llegó a la estación de trenes de París, acaso la Gare du Nord, y salió para buscar un taxi. En el reflejo de alzar el brazo para llamarlo dejó la mochila en el suelo. Llegó el taxi, se subió, avanzó. Y de pronto mi papá se dio cuenta de que algo le faltaba: la mochila. Había dejado en la banqueta diez años de su vida. Le pidió al chofer que diera la vuelta y regresara. Decía que esos fueron los peores diez minutos de su vida.

En esa época había habido en París ataques terroristas. Si se hallaban bultos sospechosos lanzaban a los perros para que olfatearan aquello y en muchos casos lo destruyeran. Fueron minutos de gran angustia, de pensar que quizá había perdido la que ahora muchos consideran su obra maestra.

Finalmente regresó y ahí estaba, intacta, la mochila. De no encontrarla yo creo que ése hubiera sido el fin de mi papá.

Paulina y Fernando del Paso, 2012.

COCINA Y DIPLOMACIA

Gracias a un apoyo consiguió instalarse en la Casa de México, en la Cité Universitaire, porque el sueldo de la radio no era tan bueno y París es carísimo. Como seis meses después llegamos mi mamá y yo. Habremos vivido ahí, entre estudiantes, unos dos años, y fue ahí donde mi padre concluyó Noticias del Imperio. Después lo llamaron a la Embajada de México en París, primero como agregado cultural, y pudo rentar un departamento más en forma.

En ese lapso mi padre y mi madre hicieron el libro de cocina. Lo empezaron en la Casa de México, que era un lugar muy estrecho, donde todos los cuartos daban a la cocina, pues no estaba diseñado como departamento sino que se había acondicionado el lugar para nosotros. Ahí surgió la idea, pero realmente la ejecutaron en el nuevo departamento. Cocinaban y cocinaban y sobraba muchísima comida. A los estudiantes de la Casa de México, que ya eran nuestros amigos, les tocaba disfrutar de esta cocina mexicana que hacían y les regalaban mis papás. Se trataba de platillos adaptados a los ingredientes que podían conseguirse en París. Era muy chistoso verlos juntos en la cocina. Mi mamá decía:

—Entonces lo revuelves y ya cuando esté...

Y él preguntaba:

—¿Pero qué es eso de “ya cuando esté”?

—Pues le echas un ojo y ves si está listo.

—¿Cómo sabes si ya está listo?

Tenían que desmenuzar el significado del “estar listo”: porque está espeso o empieza a burbujear. Todo eso que para mi mamá era un conocimiento intuitivo había que expresarlo en palabras para que cualquier persona pudiera entenderlo y que le saliera bien la receta. Ella decía:

—Le pones tantita azúcar.

Y mi padre preguntaba:

—¿Y cuánto es “tantita azúcar”? ¿Una cucharada, dos?

La experiencia del infarto le dio el impulso de querer regresar a México. Mis hermanos ya vivían en Guadalajara, casados, con hijos, y él quería convivir con ellos y con sus nietos

Había una negociación constante mientras mi mamá hacía las recetas y mi papá trataba de traducir ese conocimiento a instrucciones muy claras. Es un recuerdo muy bonito que tengo, el de los dos colaborando, enalteciendo en esa ocasión algo que era la especialidad de mi mamá.

Luego se sumergió en el trabajo de la embajada, primero como agregado cultural y después cónsul, lo que le consumía toda su energía y todo su tiempo. Sí lo disfrutó, pero fueron unos años en los que dejó la escritura. También estaba lo social, ir a comidas o acudir a reuniones, parte de la dinámica del trabajo.

Entre la presión laboral y los excesos de la comida francesa, con grasas muy sabrosas y vinos, y acaso por la tristeza de ya no estar escribiendo, en París le dio un infarto. Mi madre, santa Socorro como la han llamado muchos, reaccionó rápidamente y consiguió una ambulancia. Fue un infarto fulminante, donde se partió su corazón. Se estaba desangrando, se le hizo un coágulo, que en principio lo salvó, pero luego, al crecer, generó una presión en el corazón, y eso es lo que casi lo mata. Los doctores dijeron que se iba a morir... pero eso fue algo que mi padre escuchó toda la vida.

Al otro día pidió que le llevaran trabajo al hospital, al área de cuidados intensivos, y comenzó a revisar la traducción francesa de Noticias del Imperio. Los doctores estaban impresionados con su recuperación.

GUADALAJARA Y ARREOLA

La experiencia del infarto le dio el impulso de querer regresar a México. Mis hermanos ya vivían en Guadalajara, casados, con hijos, y él quería convivir con ellos y con sus nietos.

Esto no fue inmediato. Se esperaron a que terminara yo la preparatoria, al cumplir los dieciocho años. En París conoció a Raúl Padilla, rector de la Universidad de Guadalajara, quien lo invitó a dirigir la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz. Eso fue clave para el regreso.

En Guadalajara pudo combinar sus varias pasiones. Le gustaba trabajar en una biblioteca. Su estancia en la Universidad le abrió tiempo, también, para retomar la escritura, aunque ya no proyectos tan ambiciosos como sus otras novelas. Fue una etapa muy libre, sin tanta presión. Hubo poesía, mucha obra gráfica, los libros para niños... De toda esa etapa hubo frutos muy buenos.

Está el libro de Juan José Arreola, Memoria y olvido, realizado a partir de varias entrevistas que mi padre le hizo a Arreola, para él una forma de reencontrarse con uno de sus maestros y su primer editor.

Y está Linda 67: historia de un crimen, cuyo proceso seguí de cerca. Él tenía esa colección de novela policiaca de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, El Séptimo Círculo, y tenía el gusanito de escribir algo en ese género. Lo increíble fue el viaje que hicimos a San Francisco mi mamá, mi papá y yo, porque él tenía la novela más o menos bosquejada pero quería hacer los recorridos del personaje para ajustar los tiempos, pues unas calles son de subida y otras de bajada y esto no queda claro en un mapa de la ciudad. Era la aventura de hacer esos recorridos y el querer ser muy preciso en sus descripciones. Recuerdo que mi papá y yo caminamos hacia el muelle muy temprano justo el día del asesinato de Linda, el sábado 15 de abril de 1995, y fuimos, ya con mi mamá, a otros lugares que se mencionan en la novela. Él tomaba sus notas en un cuaderno escolar, de esos con espiral. Fue un gran viaje, muy lúdico, que duró unos cinco días. Hay mucho de él en el protagonista de la novela: el gusto por la gastronomía, por la ropa... Aunque era un divertimento, algo distinto a lo que había hecho antes, tuvo gran cuidado en los detalles, hizo mucha investigación. Se apoyó en mapas, periódicos y en guías de la ciudad y de distintos temas.

Fuimos a un restaurante que tenía unos cajones en los que la gente dejaba recados, y ahí dejamos uno como si fuéramos David Sorensen, el personaje principal de Linda 67.

La vocación plástica del autor, 2012.

RECONOCIMIENTOS Y ENFERMEDADES

En la parte final de su vida hubo momentos muy significativos, dos en particular: la celebración en Bellas Artes de su cumpleaños 80 y la entrega del Premio Cervantes 2015, que fueron atravesados por un mal momento, como fue la isquemia. En realidad tuvo dos isquemias cerebrales; la primera en 2012.

Su rutina en Guadalajara consistía en despertarse muy temprano, cuatro o cinco de la mañana, a escribir. Bajaba a la cocina, se preparaba un café o un atole, subía a su estudio, escribía, luego se volvía a acostar un rato, desayunaba, regresaba a escribir un par de horas y el resto de la jornada dependía de si le tocaba o no ir a la Biblioteca Iberoamericana. Le gustaba escribir de mañana, decía que a esa hora se concentraba muy bien y no había interrupciones. Luego las tardes eran para leer y tomar apuntes, ya sea en su sillón o en la cama. La primera de esas isquemias le dio un día por la mañana mientras se preparaba un café y fue un instante en que decía que de pronto vio doble y se asustó. Fue al médico, recibió tratamiento y el asunto no pasó más allá de ese incidente. No hubo secuelas.

Como medio año después, en marzo de 2013, tuvo un ataque más severo. El problema fue que le dio de noche y no pudo avisar a nadie, pues perdió la capacidad del habla y la movilidad y ya entonces, por cuestiones de comodidad, mis padres dormían en cuartos separados. Entonces nos dimos cuenta al amanecer, estuvo diez horas solo, esperando a que lo encontráramos. La isquemia le dejó un ojo chueco y le afectó gravemente el habla. Curiosamente, el neurólogo pronosticó que el habla sería rápidamente recuperable pero el ojo no, y ocurrió lo contrario. Al fin recuperó ambas cosas, con un proceso de terapias muy tardado y difícil para él. Hasta al final siguió tomando terapias de lenguaje. Al perder la capacidad del habla no podía ni articular ni proyectar la voz, no se le entendía nada; cambió también el tono de su voz, ya ni él mismo se reconocía al hablar. Eso fue muy fuerte, pues interrumpió el proceso de Bajo la sombra de la historia, proyectado en tres tomos, de los que sólo se publicó el primero, y le dio un antes y un después a su vida.

Esta etapa coincidió con toda una serie de homenajes y honoris causa, además de la celebración de su cumpleaños ochenta y la concesión del Premio Cervantes 2015. Antes de ese periodo mi papá había sido reacio a los reconocimientos, pues su prioridad siempre fue escribir y esos eventos implicaban, entre otras cosas, que se movilizara. En esa situación de ya no poder escribir, porque perdió además el dominio de la mano sobre la pluma, y el teclado también se le complicaba, aceptó su circunstancia y surgieron todos esos homenajes, que agradecía, y luego la sorpresa del Premio Cervantes. Él pensaba que ya no se lo iban a dar porque se otorgaba de modo alternado a un español y a un latinoamericano, y el año anterior lo había recibido Elena Poniatowska. Por su situación de salud él pensaba no llegaría a ganarlo, pues veía poco probable que se lo dieran tan pronto a otro autor mexicano.

Cuando se dio la noticia fue un éxtasis para toda la familia. Un momento increíble. No es que yo crea que lo más importante son los premios; la obra de mi papá se sostiene por sí sola. Pero el Cervantes sí fue un reconocimiento a un proyecto de vida. Y viajamos todos a España, éramos la familia muégano. Creo que fue el escritor que llevó más familia a recibir el premio: estábamos mis hermanos y yo, la hermana de mi papá, la hermana de mi mamá, todos los sobrinos, la nieta, los concuños, mi suegra y varios amigos. Estuvo Rafael Tovar y de Teresa, un gran amigo de mi papá, quien siempre lo apoyó desde los tiempos en París. Fue un viaje increíble. A diferencia de otros escritores, mi papá fue un hombre de familia; todos coincidimos en que siempre estuvo muy presente. Todos lo disfrutamos. Fue también un reconocimiento a mi mamá, que estuvo a su lado todo ese tiempo y siempre creyó en él, lo apoyó, pasaba en limpio sus novelas, lo cuidó en sus enfermedades. El Premio Cervantes sí fue cerrar con broche de oro toda una vida dedicada a las letras.

Ésa fue su lucha: recuperar la voz, la movilidad de la mano y que el ojo se volviera a acomodar. Fue impresionante...
sí pudo dar su discurso al recibir el Premio Cervantes. No estuvo de pie ni lo dio desde el atril, sino desde su silla de ruedas

TERAPIAS DEL LENGUAJE

Hubo cosas bellas. Una de sus terapias de lenguaje consistió en leer en voz alta Noticias del Imperio, y la leyó entera a lo largo de tres años. Con mi padre decíamos que él le había dado voz a Carlota y Carlota le devolvió la voz a él. Imagino que para un escritor debe ser bello ese reencuentro con su obra hacia el final de la vida, donde la novela hizo posible algo para él importante: la recuperación de la voz.

Ésa fue su lucha: recuperar la voz, la movilidad de la mano y que el ojo se volviera a acomodar. Su restablecimiento fue impresionante, al grado de que sí pudo dar su discurso en el histórico Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares al recibir el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. No estuvo de pie, como se acostumbra, ni lo dio desde el atril, sino desde su silla de ruedas, y hasta bromeó al comentar que iba a España “aunque fuera en camilla de propulsión a chorro o en avión de ruedas” para recibir el premio.

Tuvo que dejar la escritura, sí, y siempre quedó en él la angustia de tener ese pendiente.

Lo hermoso de esa última etapa es que, como ya no estaba escribiendo, fue un tiempo de gran acercamiento con la familia. Pudimos pasar muchos momentos con él y a todos nos tocó. Fue, en ese sentido, un gran cierre de vida. Y pues sí, hubo cosas que se quedaron inconclusas, y eso durante un tiempo me dolió, aunque luego entendí que así es esto: no siempre se puede terminar todo lo que uno emprende, la vida siempre queda como suspendida. Murió a las 9:05 de la mañana del miércoles 14 de noviembre de 2018, a los 83 años.

¿Cómo fue mi relación con él? Llena de amor y mucha diversión. Quizá por ser la última hija, fuimos muy cercanos. Él ya estaba establecido, mis hermanos se valían por ellos mismos. Me dedicó tiempo, jugábamos mucho, nos gustaba el juego de mesa Monopoly, jugábamos al museo, al five o’clock tea, a veces dibujábamos juntos. Era como ser parte de su proceso creativo y cómplice. Fue una infancia increíble. Me dejó muy inspirada.

FRENTE A LA CÁMARA

Desde que empecé a hacer videos le pedí que actuara para mí. La verdad, no era tan buen actor, pero le encantaba estar frente a la cámara. Tengo varios videos experimentales en los que él aparece. A partir de 2008 lo comencé a grabar en aras de hacer un largo documental... y ahí tengo todo ese material. Me ha costado trabajo. Se juntan la parte emocional y también el reto de abarcar a este personaje con tantas facetas. No quisiera hacerlo sólo biográfico. Estoy todavía tratando de descubrir por dónde voy a llevar ese documental. Tengo unos materiales increíbles, unas joyas.

Hay, sobre todo, entrevistas. Yo quería hacer algo más contemplativo, verlo en su intimidad, pero él quería contar-me todo a cámara, a modo de una entrevista formal. En algún momento empecé a dejar correr la cámara antes y después de la entrevista, para intentar tener momentos más naturales y no puestas en escena, porque estaba acostumbrado a las entrevistas y cuando veía que corría la cámara entraba en personaje, y yo no sólo quería grabar al personaje, sino también al papá. Al final, revisando el material, veo que hay momentos muy auténticos. Hay de todo. La cosa es cómo darle forma. Son como quince horas de grabaciones. Ése es mi proyecto, mi obra en proceso, mi reto.

Cuando le dio la isquemia, en 2013, dejé de filmar, pues él estaba en una situación delicada. Luego me arrepentí y retomé las grabaciones pero ya con el celular, y hay tomas de sus terapias donde lee Noticias del Imperio en voz alta, porque así él podía ver sus avances. Lo impresionante de esa etapa fue cómo se recuperó. Y ésa fue una característica de mi papá a lo largo de su vida: el poder superar sus enfermedades.

Su pasión por la escritura y el amor por la familia lo mantuvieron vivo hasta el día en que su cuerpo se venció, pero su voz seguirá viva para siempre.

Nota

1 Esta conferencia fue publicada en El Cultural número 111, el 12 de septiembre de 2017. Se puede consultar aquí: bit.ly/3AO6ed4.

Agradecemos a Paulina del Paso por compartirnos las fotos del archivo familiar que ilustran estas páginas.