Domingo 29.11.2020 - 19:17

Millennials se vuelcan a las calles para brindar su esfuerzo solidario

Millennials se vuelcan a las calles para brindar su esfuerzo solidario
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Escombro es palabra llana, dicen los preceptos gramaticales y ortográficos. Terremoto, colapsado, varilla, cemento, despojo y muerte también son llanas en su pronunciación; pero, no en su analogía con la adversidad. Tembló es aguda: fraternal, también. Cooperación se pronuncia con fuerza rítmica al final: un eco la cobija. Cascote, guijarros, cascajo conviven en los espacios del infortunio. Edificación y destrucción riman. El 19 de septiembre pasado, en los intervalos del mediodía, la presencia resbaló por esos vocablos en un intento por paralizar la encomienda de la vida.

La gravedad se impone desde el martes, pero la frescura de los jóvenes lima el riesgo con su arrojo redundado. “Están equivocados con nosotros. Creen que no somos capaces.Confunden nuestra risa con irresponsabilidad. Aquí estamos dispuestos a dar la vida por salvar a uno de los niños de esta escuela”, dice Julio Santis Espinosa, un moreno de 20 años tatuado en el cuello con una cruz: lleva linterna en la mano derecha y una pala en la izquierda. El polvo de las ruinas de la escuela que colapsó en Peten y División del Norte unta su rostro con un blanco ceniciento.

“Nunca había cargado nada en mi vida. Alguien me pidió una foto y lo mande pal’carajo: no estoy de turista aquí. Vengo por una causa que sobrepasa cualquier acto de exhibición”. Alberto Trelles, Millennial

 

Parece que a los Millennials, los Peter Pan del siglo XXI, le ha llegado su turno, se enfrentan a su histórico momento. He visto una fila de más de 100 metros de Millennials a un costado de la calle Puebla esperando turno para entrar a la ‘zona cero’ y palear entre el polvo o carretillar pedazos de horcones de cemento a los camiones de la dirección de Obras de la Ciudad de México. Anoche fui testigo de una guardia de más de 500 Peter Pan en una cadena que le daba la vuelta a la redondez de Ámsterdam en la colonia Condesa: de mano en mano llevaban cachos de tabiques del edificio desplomado en esa calle.

[caption id="attachment_638944" align="aligncenter" width="1068"] Jóvenes se organizaron para ir a Petén.Foto: Carlos Olivares Baró[/caption]

“¡Viva México!”: no es un grito patriótico: es una celebración a la fraternidad. México más que un país se convierte en un concepto de fraternal prosodia. Los Millennials saben pronunciar la palabra patria sin decirla a voz en pecho: la insinúan en sus gestos: la tararean en su cadencia de transparente espontaneidad. “¿Qué por qué vine? Vine porque mis amigos vinieron. Me dijeron que me consiguiera unos guantes. Aquí estoy con ellos esperando pasar para arrastrar despojos, cargar lo que sea. Cooperar”, expresa uno que se parece tanto a David Bowie, que así le dicen en la univerdad.

Con un poquito de amor sumado a otro poquito de amor se construye un amor grande. Con una piedra que se arrastra, la vida se devuelve y se le arranca a la muerte la usurpación. Con una cubeta de cemento adosado que cargamos se aclara el gris de la desdicha. “Primera vez que hago este trabajo. Nunca había cargado nada en mi vida. Me estoy haciendo hombre en esta actividad. No me da pena decirlo. Alguien me pidió una foto y lo mande pal’carajo: no estoy de turista aquí. Vengo por una causa que sobrepasa cualquier acto de exhibición”, habla Alberto Trelles con total convencimiento de su labor.

“Ayer me puse muy nervioso porque había señales de vida entre los escombros del colegio Enrique Rébsamen. Estábamos todos muy conmovidos. Se me hizo un nudo en la garganta. Lloré. Qué saludable es llorar y que te vean”. Arturo, Millennial

 

Ella tiene 18 años, vive en Lomas de Chapultepec. Por su zona se sintió el temblor del martes, pero no pasó nada a su alrededor: “Más que todo el susto. Mi abuelita lloró mucho, yo estaba sola con ella ese día. Salimos a la calle y a los pocos minutos entramos. Mi papá nos calmó cuando llegó a comer. Mi madre está en viaje de negocios: exporta joyas de plata a boutiques de Europa”, converso con Fabiola Cscheman, quien con un grupo de jovencitas prepara sándwiches de atún. Lo hacen meticulosamente, se ve que son ‘niñas refinadas’, de clase alta; pero, están preparando la cena de los voluntarios con tanto afecto que conmueve su entrega. Son Millennials: nacieron en 1989 y tienen planeado irse a estudiar a Estados Unidos o a Europa.

[caption id="attachment_638945" align="aligncenter" width="1068"] Afuera de un edificio colapsado en Benito Juárez.Foto: Carlos Olivares Baró[/caption]

“Aquí no importa el dinero de mi familia. El chofer de mi papá me trajo, pero le dije que se fuera, que no me esperara. No pienso irme por ahora. Conformamos un equipo de apoyo y repartimos comidas a varias zonas de edificios que se desplomaron. Hago todo esto con tremendo afán. Mi padre me apoya y mi mamá, que me llama desde Barcelona cada minuto, me dice que me cuide mucho”, abunda Fabiola Cscheman.

La gravedad del asunto se agranda. Dicen las autoridades que hay en la delegación Cuauhtémoc unos 27 edificios con posibilidad de derrumbamiento. (La palabra derrumbar rima con colapsar). Los Millennials se cruzan en las calles de la Roma y de la Condesa. Parecen hormigas comunicándose en su apurada travesía. Se comunican por sus celulares, se ponen de acuerdo: “En Puebla hace falta agua”, “Linternas para la noche, ¡no olviden eso!”, “Me dijo un paramédico que hacen falta pastillas desinflamantes”, “¡Algodón, traigan algodón!”. En 1985 no había Internet ni celulares: los mensajes corrían de boca en boca. Los Peter Pan tienen ventajas en eso de la notificación: mandan un WhatsApp y al minuto llegan los arneses y las cuerdas: al minuto la prueba de la solidaridad hace su presencia. La palabra ruina huele a desamparo.

“Aquí no importa el dinero de mi familia. El chofer de mi papá me trajo, pero le dije que no me esperara. Conformamos un equipo de apoyo y repartimos comidas a varias zonas de edificios que se desplomaron”. Fabiola Cscheman, Millennial

“¿Irme? Ya mis papás están avisados, no regreso hasta que todo esto termine. Ya he hecho aquí buenos amigos. Se acabó mi timidez. Me doy cuenta que en la desgracia uno puede crecer. Ayer me puse muy nervioso porque había señales de vida entre los escombros del colegio Enrique Rébsamen. Estábamos todos muy conmovidos. Se me hizo un nudo en la garganta. Lloré. Qué saludable es llorar y que te vean”, me confiesa un Peter Pan de complexión fuerte, retraído y de pocas palabras: se llama Arturo y tiene 20 años.

La estación de los Millennials. El Eclesiastés advierte que “Todo tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. /Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado”. Estos Peter Pan con smartphones están suscribiendo con valor su nacimiento en estos días de malaventura atribulada. Escombro es una palabra grave. ¿Quién lo duda?