EL MOVIMIENTO comenzó debajo de la cama de Catalina Roldán. Por unos segundos creyó que su hija la sacudía, hasta que miró a la niña inmóvil y después hacia la ventana. La cortina se agitaba. “Ay, está temblando”, recordó. La colombiana, residente en México y de visita con su familia en Cali, tomó los documentos de sus hijos, avisó a su madre, le pidió ponerse zapatos y ordenó salir de inmediato.
Catalina Roldán sintió miedo, pero decidió que los menores no debían verlo. Es enfermera y asegura que esa formación le ayudó a reaccionar, aunque atribuye parte de la serenidad a lo aprendido de su esposo, un mexicano que vivió en Oaxaca y estaba acostumbrado a los sismos. “Por él también eso me ayudó mucho a mantener la compostura”, explicó. Para ella era la primera experiencia de esa magnitud.
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Afuera de las viviendas, el susto adquirió otra expresión. Los vecinos salieron a balcones y calles mientras las primeras súplicas comenzaron a escucharse alrededor. Catalina Roldán describe a Cali como una ciudad con fuerte arraigo católico, donde muchas personas recurrieron de inmediato a la oración. “Lo primero que se escuchaba eran súplicas pues a Dios de que calmara el sismo, pues que calmara el temblor”, relató.
Su familia permaneció en una zona donde no hubiera balcones, cristales u objetos que pudieran caer desde arriba. Conforme pasaron los minutos, las diferencias cotidianas entre quienes compartían el vecindario quedaron relegadas. Algunas personas se abrazaron, otras conversaron para tranquilizarse y varias permanecieron juntas fuera de sus casas. “En momentos así como que se pierde todo sobre ser diferentes y solamente estamos para ayudar”, contó Catalina Roldán.
También pidió a sus hijos mantener cerca de la cama una sudadera, zapatos y prendas que pudieran tomar con rapidez. “Esta noche no se va a dormir tranquilo, sino con un ojo abierto y el otro cerrado”, dijo.
Conforme Cali comenzaba a medir las consecuencias, la atención de Catalina Roldán se desplazó hacia un punto que encontraba mucho menos visible. En redes veía repetirse imágenes de Cali, Manizales y Pereira, mientras buscaba noticias del Chocó, una región que, a su juicio, casi no aparecía en la conversación. Allí tenía un conocido que logró confirmarle que estaba bien, aunque la sede donde trabajaba había colapsado.
“Nadie casi habla del Chocó”, lamentó Roldán. Su inquietud iba más allá del terremoto. Recordó las carencias que ya enfrentaban algunas comunidades antes de la emergencia y expresó temor de que la ayuda tampoco consiguiera llegar.
Horas después, el teléfono de Catalina dejó de servir sólo para conocer lo ocurrido y se convirtió en una herramienta para otras familias. Como vive en México, pero se encontraba temporalmente en Cali, se ofreció a localizar personas en zonas donde los datos móviles y la señal dificultaban el contacto.
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