Lo mas rudimentario aun te puede salvar

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Mantener todos los sentidos alerta las 24 horas del día, usar todas las herramientas a su alcance desde las nuevas tecnologías como el Internet hasta los principios básicos del periodismo, hacer del miedo su aliado y no perder la capacidad de asombro, son las labores de los corresponsales de guerra. Cuentan a La Razón los periodistas Eduardo Salazar y José Luis Arévalo. Reiteran que lo importante de estas coberturas no es quién las hace sino las víctimas de la guerra.

“No hay tantas antenas como quisiéramos”

José Luis Arévalo, quien cubrió seis conflictos armados como corresponsal de guerra —el primero en 1999 en Kosovo, la guerra entre Yugoslavia y las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte—, a 16 años de distancia destaca que las tecnologías facilitan estas coberturas; sin embargo siempre es necesario echar mano del “viejo periodismo”: sacar lápiz y papel y redactar la nota o llamar a la redacción para dictarla.

“Yo aprendí periodismo cuando no existían estas tecnologías, y fue ahí cuando regresé a los inicios, volví a dictar la nota por teléfono, a escribír mis notas en una hoja. Sí, es verdad que la tecnología nos ha ayudado pero luego no hay tantas antenas como quisiéramos, es muy complicado mandar porInternet. Cubrir guerras te da la oportunidad de trabajar con las herramientas que tienes, de las más avanzadas tecnologías hasta los elementos básicos del periodismo porque no puedes sacar tu computadora, no te puedes conectar a la electricidad”, detalla.

El periodista, quien actualmente es director de Información Internacional en Noticieros Televisa, asegura que a diferencia de su primera cobertura cuando había pocos celulares, y de Afganistán, cuando llevó un teléfono satelital alámbrico porque los celulares no servían, hace cuatro años en Libia, el teléfono satelital ya era como un celular, “fue un gran avance”, señala.

Arévalo, cuyos documentales Afganistán, de la guerra al olvido y El Muro, han sido premiados—, resalta que la posibilidad de una empresa de mandar a su corresponsal le da presencia.

“A nosotros en Televisa nos gusta hacerlo así, generalmente arrancamos con un freelance en lo que llega nuestro equipo, eso da mayor credibilidad. La gente confía más en el periodista de casa que en uno que no conoce y que apareció reportando, luego con acento español o argentino, peor aún”, dice.

Subraya que las redes sociales también son otra herramienta que permite el envío de información inmediata.

Sin embargo, no escatima los riesgos a los que se expone un corresponsal de guerra. Él ha visto descabezados, personas recién balaceadas, le han disparado a él, a su asistente y camarógrafo, les

han puesto una metralleta en la cara, un cañón de un tanque en el pecho para que se retire.

“Los que hemos ido más veces a una guerra somos más vulnerables que los primerizos, porque uno va adquiriendo confianza y el exceso de confianza te hace pensar que no te va a pasar nada, el que va por primera vez se cuida tanto, que está alerta las 24 horas del día, el que va muchas veces cree que no es vulnerable, dice ‘bueno yo ya me sé mover y no me va a pasar nada’. Adquieres conocimiento no sólo de redactar una nota, sino de saberte cuidar, a dónde ir, a dónde no moverte.

“También se revela el olfato periodístico porque tienes todos tus sentidos alerta.

Por eso, si tengo oportunidad de ir próximamente, voy a acordarme de la primera guerra, de mis miedos, de cómo moverme, cómo preguntar, a dónde dirigirme, qué comer, todo ese tipo de cosas que son fundamentales para sobrevivir, y sobre todo no tener un exceso de confianza”.

“Ellos nos decían qué podíamos contar”

En 2003, El periodista Eduardo Salazar se convirtió en el primer mexicano que reportó en vivo los bombardeos aéreos de las tropas estadounidenses en Irak.

Fue el jueves 20 de marzo cuando, desde el balcón del piso 16 del hotel Palestina, narró parte de aquella guerra.

“Cuando llegamos a Bagdad el régimen era totalitario y había un control de 24 horas al día sobre nosotros, ellos nos decían a dónde podíamos ir y qué podíamos contar. Si tú querías hacer algo te cobraban, pero conforme se fueron desarrollando los acontecimientos y el régimen de Sadam Hussein iba cayendo, las cosas cambiaron”, recuerda el periodista en charla telefónica con La Razón.

Durante 101 días reportó a los mexicanos qué sucedía, recorrió calles y casas de los afectados para contar “lo que veían sus ojos”, acompañado sólo de su camarógrafo y su asistente.

Días antes de que iniciara la guerra, alrededor de 400 periodistas querían salir de Irak, pero él y sus compañeros Jorge Pliego, en la cámara, y Alejandro Valerio, como asistente, decidieron quedarse.

Por ello, le desilusionó ver a la periodista Cristiana Manpur —a quien admiraba—, días después de los bombardeos en Bagdad, llevar al hotel Palestina con un séquito de soldados estadounidenses, quienes le cargaban sus maletas, queriendo imponer que le dieran una habitación. “Para mí eso no es periodismo”, dice tajante Salazar, quien es director General Adjunto en el diario 24 Horas.

Para el periodista lo principal era salir y mostrarle a los televidentes lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, asegura que en ocasiones sí fue limitado por parte del régimen de aquel país.

“Lo importante era narrar lo que estaba pasando, era algo que nunca había vivido, que nunca había visto. Quise contar y narrar lo que mis ojos veían, tenía esa responsabilidad. Creo que lo importante no es el corresponsal de guerra ni quién cuenta las historias, sino la gente que está viviendo la pesadilla de una guerra”, señala.

Destaca que en una cobertura de guerra el miedo siempre es el mejor aliado, incluso una herramienta “que te permite seguir a donde vas pero te indica hasta dónde tienes que ir”.

“Nunca sabes lo que va a suceder, en el próximo segundo hay una incertidumbre total todos los días, cada hora, cada minuto, así son las 24 horas del día, no sabes lo que va a pasar momentos después, en los bombardeos sabías donde caía la bomba pero la segunda ya no”, dice.

Una cámara y un micrófono fueron las principales herramientas que acompañaron a Salazar y su equipo; ellos transmitían la noticia en televisión, y aquellas imágenes eran reproducidas miles de veces en Internet. Sin embargo, un lápiz y una libreta siempre lo acompañaron; en ella anotaba las horas de los bombardeos, para después dar su reporte final frente a los televidentes.

“Aprendí muchísimo, de todas las personas que conocí, los iraquíes y familias, quienes a pesar de la pesadilla, que de un día para otro su proyecto de vida cambió, tuvieron su puerta abierta para recibirnos y contarnos sus historias.

“Sin duda volvería a tomar mi micróno y mi libreta para cubrir una guerra. Somos reporteros y nos gusta estar en los lugares donde hay que contar historias”.

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