BRÚJULA ECONÓMICA

¿Vamos bien?

Arturo Vieyra*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.  Foto: larazondemexico

El mensaje que recientemente transmitió la Presidenta Claudia Sheinbaum sostiene que la economía mexicana muestra señales de fortaleza y, por tanto, mantiene fundamentos sólidos, lejos de las visiones catastrofistas que anticipan un eventual colapso económico. Si bien coincido en que la economía mexicana no enfrenta un escenario de colapso inminente, tampoco comparto la idea de que “vamos bien” cuando la actividad económica enfrenta importantes desafíos tanto en el ámbito interno como externo.

Entre los principales indicadores presentados por la mandataria destacan el récord histórico de inversión extranjera directa, una tasa de desempleo de apenas 2.5 por ciento, la desaceleración de la inflación y la estabilidad relativa de los precios de los combustibles. Asimismo, se reporta una mejora en las finanzas públicas derivada de una reducción del déficit fiscal como proporción del PIB y de un incremento en la recaudación tributaria, además de un nivel de endeudamiento que, de acuerdo con la narrativa oficial, permanece bajo control.

En el ámbito productivo y social, se resaltan el crecimiento histórico de las exportaciones, la obtención de un superávit comercial, el incremento acumulado de 154 por ciento en el salario mínimo desde 2018 y la reducción de la pobreza laboral a niveles históricamente bajos. También se destaca el fortalecimiento financiero de Pemex mediante la disminución de su deuda y una mejora en su perfil crediticio.

Finalmente, se subrayan diversas medidas orientadas a estimular la inversión, entre ellas la aprobación de una nueva legislación para acelerar proyectos de inversión pública y mixta, la creación de una instancia especializada para facilitar la inversión privada y la continuidad de los programas sociales. De acuerdo con el Gobierno, estas acciones contribuirán a impulsar la actividad económica durante el segundo semestre del 2026.

Aunque los indicadores presentados son, en términos generales, correctos, considero que resultan insuficientes para sustentar una perspectiva favorable sobre el desempeño de la economía en el corto plazo. De hecho, entre los analistas ha cobrado fuerza una visión de cautela que se refleja en la continua revisión a la baja de las expectativas de crecimiento. El consenso del mercado ya anticipa una expansión cercana al 1.1 por ciento para este año, cifra significativamente inferior a la estimación oficial de la Secretaría de Hacienda.

Basta revisar algunos de los indicadores mencionados para advertir que la lectura de la coyuntura económica es más compleja. En primer lugar, la baja tasa de desempleo no refleja necesariamente una mejora generalizada del mercado laboral. Junto con ella se observa un deterioro en la calidad del empleo, caracterizado por una elevada informalidad, una mayor proporción de trabajadores en condiciones críticas de ocupación y una marcada desaceleración en la generación de empleo formal.

Un segundo elemento, y probablemente el más relevante, se relaciona con las finanzas públicas. La Presidenta destaca el aumento de la recaudación tributaria y la reducción prevista del déficit fiscal. Sin embargo, en un contexto de débil crecimiento económico, los ingresos públicos muestran señales de desaceleración, mientras que una parte importante del gasto presenta rigideces que limitan los márgenes de ajuste. Como resultado, el esfuerzo de consolidación fiscal ha recaído principalmente sobre la inversión pública, que registra una contracción significativa.

Un tercer aspecto se refiere a la inflación. Si bien el proceso desinflacionario ha continuado, aún persisten riesgos relevantes asociados al incremento de los costos laborales, a posibles presiones inflacionarias externas y al hecho de que diversos productos de la canasta básica han aumentado por encima de la inflación general.

Éstos son sólo algunos ejemplos de los argumentos que pueden plantearse tanto en favor como en contra de la situación económica actual. Una evaluación objetiva exige evitar tanto las visiones excesivamente optimistas como los diagnósticos catastrofistas. El desafío central consiste en fortalecer la inversión productiva, particularmente la inversión privada, que sigue siendo el principal motor potencial del crecimiento. En este sentido, sería deseable que las medidas anunciadas por la Presidenta para agilizar la ejecución de proyectos de inversión durante la segunda mitad del año, se traduzcan en resultados concretos.

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