El día de ayer se cumplieron mil días desde el 7 de octubre de 2023. Días de guerra, días de dolor, días oscuros. Es difícil digerir este dato. Mil días parecen ser tantos, pero para las víctimas, israelíes como palestinas, parece como si nada se hubiera movido.
Para quienes perdieron a sus seres queridos en esta guerra, la marca se quedará en sus cuerpos y mentes de por vida. Sin embargo, incluso dentro del duelo hay etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. El paso del tiempo ayuda, a veces, a amortiguar el dolor, a transformarlo o a suprimirlo, y es así como se transita de una etapa a otra. No obstante, en particular en este tipo de casos donde el duelo está inscrito en un contexto histórico, nacional y político particular, hay precondiciones que van más allá de lo personal para que las víctimas puedan seguir adelante.
Primero, se necesitan respuestas, se tiene que saber la verdad: ¿quién es el responsable? ¿cómo pudo un grupo terrorista sanguinario infiltrar las fronteras de un país que invierte tanto en su propia seguridad? ¿hubo advertencias? Y si las hubo, ¿quién decidió ignorarlas? ¿Y por qué? Y segundo, tiene que haber justicia: en el caso de Israel, los responsables deben dejar sus cargos, como mínimo, y las cortes internas e internacionales tendrán que juzgar a quienes fueron responsables de la falla de seguridad del 7 de octubre; en el caso del pueblo palestino, la justicia tendrá que someter a escrutinio a quienes condujeron una campaña militar que dejó en Gaza decenas de miles de muertos, incluidos miles de niños y mujeres, y desplazó a cientos de miles de personas. Los activistas no se cansan de decir que en Gaza hubo un genocidio; algunos otros hablan de limpieza étnica. Pero para quienes sufrieron el terror de la guerra, estos llamados son de poca consolación. Sólo el veredicto de un tribunal y el castigo de los responsables podrá traer algún alivio.
No obstante, nada se mueve. Prácticamente desde el mismísimo 7 de octubre, Netanyahu y su coalición se han dedicado no a encontrar la verdad, sino a tratar de ocultarla: campañas en contra de los mandos del ejército y la inteligencia para tratar de eximir al liderazgo político de responsabilidad; campañas que apuntan a los manifestantes a favor de la democracia israelí como los culpables, pues “mostraron la debilidad interna”. Mil y una estratagemas, todas con un objetivo concreto: impedir la formación de una comisión de la verdad. Las familias y el público la demandan a gritos desde hace tres años; Netanyahu ha logrado impedir su formación hasta hoy, mil días más tarde.
En cuanto a la búsqueda de la verdad y la justicia en Gaza, a pesar de que ha habido movimiento en las cortes penales internacionales, periodistas y diplomáticos internacionales siguen sin poder entrar a la Franja. El presidente Trump, en su ataque al orden liberal, ha contribuido además a debilitar aún más a estas instituciones, ya sin dientes ni mucho poder más allá de lo declarativo. Y es así como Netanyahu, Smotrich, Ben Gvir, lo que queda del liderazgo de Hamas y todos los responsables del 7 de octubre y de la guerra que le siguió siguen, a más de mil días, en el poder, esperanzados en la absolución. Los fantasmas de las víctimas, encarnados en sus seres queridos, no los dejarán descansar hasta que haya, por lo menos, un ápice de verdad y justicia.
Las campañas y el narco
