AL PIE

La calle y Sócrates

Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: La Razón de México

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira fue uno de los grandes jugadores de Brasil. Los brasileños viven en el pasado, porque no han logrado en los últimos mundiales conjuntar un equipo que pueda ser la extensión de ese pasado. Con todo y la derrota del Maracanazo, ese gran pasado de Brasil incluye a 1950.

Sócrates no sólo era un gran jugador de futbol, es también parte del luminoso pasado brasileño. Se convirtió en la conciencia social de los derechos de los futbolistas desde el Corinthians. De figura erguida, con una gran capacidad técnica y táctica, no necesariamente representaba al futbol de las favelas.

Su familia era de clase media. Su padre le insistió en que terminara la carrera de médico, la cual concluyó a regañadientes. Lo suyo era el futbol. Fue e reconocido por la capacidad que tenía para pasar la pelota de tacón. Algunos decían que engañaba a todos, a veces a él mismo.

La historia de Sócrates es fascinante. Fue un líder dentro y fuera de la cancha. Sus compañeros como Zico, Falcao, Alemao y los destacados futbolistas de su generación, nunca fueron campeones del mundo; es la generación del “juego bonito”.

Su vida terminó siendo azarosa, más que disipada. Fue acompañada de uno de sus gustos, o vicios, según se quiera ver, el cigarro y las largas pláticas en bares con sus amigos. Muchos jóvenes querían hablar con él por su visión de las cosas, por lo que sabía de futbol y su perspectiva de Brasil.

Sócrates insistía en el sentido social del juego y buscaba que se tomara conciencia de que los niños y jóvenes de las favelas o eran futbolistas o terminaban siendo pobres y con alta probabilidad de participar de la delincuencia.

El paso del tiempo no ha dejado de darle la razón. Igual aplica para los niños brasileños que para una gran cantidad de menores en el mundo, en África y América Latina.

El futbol de calle desde hace tiempo pasó a segundo plano. Los niños y los jóvenes buscan ser como sus grandes ídolos, los cuales, sin dejar de reconocer sus innumerables capacidades, buena parte de su vida se la pasan en laboratorios futboleros.

Jugar en la calle adquiría una dimensión de identidad, de barrio y, paradójicamente, de un aprendizaje entre las calles y las banquetas para evitar a los adversarios, que eran los amigos. Los coches que cruzaban, muchas veces sin tener la más mínima consideración, lo que provocaba es que niñas y niños con la pelota en los pies se veían en el inevitable recurso de también burlarlos.

Sócrates fue un hombre de izquierda crítico que dignificó al futbol. El Doctor se reía de la “izquierda” que decía que el juego era el opio de los pueblos; por cierto, ahora no dejan de coquetear con el futbol, y aquellos que consideraban que era un juego de peladitos.

Brasil lo recuerda dentro y fuera de la cancha con su frase de que los niños juegan futbol o se quedan en la favela siendo pobres o en la delincuencia, expresión que sigue siendo relevante, vigente y pertinente.

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