Los anuncios sobre el estado de la economía mexicana, tanto del Gobierno federal como de bancos, think tanks y organismos internacionales, muestran señales contradictorias. Por un lado, México conserva fortalezas evidentes: una estrecha integración con Estados Unidos, desempleo bajo (aunque acompañado de una elevada informalidad), inflación cada vez más contenida y empresas extranjeras que siguen reinvirtiendo en el país. Sin embargo, esa estabilidad convive con una actividad económica que avanza poco, una manufactura que muestra signos de debilitamiento y una inversión que no termina de despegar.
La inversión extranjera directa ha merecido especial atención del Gobierno y de los analistas. Suele presentarse como un reflejo de la confianza internacional en México y como uno de los indicadores más sensibles a las decisiones políticas y económicas del país. En 2025, México recibió casi 41 mil millones de dólares, un máximo histórico. Durante el primer trimestre de 2026 ingresaron otros 23 mil 591 millones. A primera vista, parecería una señal contundente de confianza.
El matiz está en su composición. Cerca de 94% del monto registrado durante el primer trimestre correspondió a reinversión de utilidades de empresas que ya operan en México. Las nuevas inversiones sumaron apenas 1,705 millones de dólares.
La distinción no es, por sí misma, una mala noticia. Que las empresas establecidas reinviertan significa que México sigue siendo rentable y competitivo. El problema es otro: quienes ya están dentro prefieren quedarse, pero quienes deben decidir si amplían una planta, instalan una nueva línea de producción o traen un proyecto adicional, todavía encuentran razones para esperar.
La economía muestra señales de mejora, pero eso no significa que haya resuelto sus problemas de crecimiento. Más que despegar, parece mantenerse a flote. Las previsiones para este año confirman esa moderación. El consenso privado estima un crecimiento cercano a 1%, mientras el FMI y la OCDE mantienen expectativas similares. No estamos frente a una crisis ni ante una recesión abierta, pero sí frente a una economía que crece por debajo de su potencial y con pocas opciones para revertir ese escenario.
El Gobierno de México tiene una postura y una convicción fuerte sobre cuál es el papel del Estado en la economía. Esa visión y las decisiones aparejadas tienen beneficios y costos reflejados en el dinamismo de la atracción de las inversiones. Sumado a ello, el país no ha resuelto desde hace décadas problemas que las encuestas del Banco de México señalan: inseguridad, incertidumbre política, debilidad del Estado de derecho. A estos problemas se suma la revisión anual del T-MEC, que mantendrá abiertas dudas comerciales durante los próximos años.
Como estas condiciones no se resolverán pronto ni el Gobierno cambiará su postura sobre el papel del Estado y su conformación, la administración presente necesita ofrecer algo más concreto que anuncios generales y agilización de trámites. La confianza que falta no se construirá con un nuevo discurso, sino haciendo evidente que invertir en México es una decisión inteligente. ¿Cómo?
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