SOBRE LA MARCHA

Defender la soberanía de la investidura presidencial

Carlos Urdiales. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La Presidenta más legítima en la historia de México se enteró de las trascendentes acciones de destacados cuadros de su movimiento (un gobernador acusado de narco por Estados Unidos) y personajes políticamente expuestos (el hijo de su antecesor), a través de las benditas redes sociales.

No por los canales institucionales, formales e informales que, por su alta investidura, cabría esperar. No por las transparentes vías que la 4T pretende imponer a los otros. Democracia íntima que parece anarquía desde afuera.

Quien detenta el bastón de mando popular batalla con los suyos más que con sus opositores.

¿A quiénes responden aquéllos que escriben cartas a mandatarios extranjeros desde un linaje que creen les confiere peso propio? ¿A quiénes atienden los que deciden que su presencia política ya no es radioactiva para su partido, estado y país?

La exsecretaria del Trabajo, Gobernación, Morena y ahora consejera jurídica de la Presidencia parece más implicada en el análisis de comunicación digital y los fenómenos que usan, pero reclaman. Sí, la amplificación artificial.

Los apéndices ejecutivos de Comunicaciones, Gobierno Digital y Telecomunicaciones se empeñan mejor en los amarres jurídicos de la libertad de expresión para medios concesionados y regulados por el Estado.

En cada episodio, la Presidenta invierte energía y prestigio para aclarar, para desmarcar a su administración de la cartita, del efímero retorno al no-poder, de las listas de periodistas críticos, de los lineamientos para velar por los derechos de unas audiencias capaces de discernir su voto en unos comicios judiciales, pero torpes para distinguir información de opinión.

La investidura presidencial debe seguir siendo cuidada. Ante las majaderías de quien despacha en la oficina oval de la Casa Blanca. Ante las fibras machistas y violentas de anónimos digitales o patanes de fama pública a costa de concesiones sobre bienes nacionales.

La soberanía nacional no sólo viene bien mentarla cuando al hijo de, le quitan su visa. O cuando al góber por dedazo —en plena cuarta transformación— lo imputan de ser protector de narcotraficantes.

La soberanía nacional pasa también por hacer patente que en México el poder, además de temporal, es también unipersonal.

La Presidenta Claudia Sheinbaum lo tiene claro, lo dijo ayer al referirse a la decisión imprudente —por decir lo menos— de Rubén Rocha Moya, lo expresó en un posteo genérico, pero nuclear, del fin de semana alertando sobre la soberbia que el poder por el poder pone de manifiesto.

Bien hará la clase política progre y conserva, facha y zurda, en poner más pecho para defender la soberanía de la investidura presidencial ante el acecho de los intereses personales, de grupo o de clanes que aman el poder para hacer negocios, el poder para garantizar impunidad y poco más.

Los apetitos, llegado el turno, igualan a herederos de la revolución con humanistas o transformadores que vendieron al pueblo que tanto dicen deberse, la mentira de una honestidad de ocasión.

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