LAS BATALLAS

El disimulo

Francisco Reséndiz. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

En Chepederas la vida transcurre entre caminos difíciles, pequeñas comunidades desperdigadas por la sierra y familias que durante generaciones han intentado arrancarle el sustento a la tierra. Es un pueblo pobre, aislado, de esos en los que la geografía de la sierra sinaloense termina imponiendo sus propias reglas.

Ahí, donde la agricultura dejó de alcanzar para comer en la casa y marcharse a Estados Unidos se convirtió para muchos en la única posibilidad de cambiar de vida, apareció otra alternativa. Primero fue la amapola, después la marihuana. El dinero comenzó a circular y con él cambió también la vida del pueblo.

En ese mundo surgió Maclovio Medina, “El Maco” o “El Chepe”. No tardó en entender que para crecer en el negocio de las drogas no bastaba con sembrar, producir o vender. Había que construir relaciones, extender redes y, sobre todo, aprender a tratar con el poder y dominarlo para poder “trabajar” en paz.

Chepederas comenzó entonces a transformarse. Lo ilegal dejó poco a poco de ser excepcional; aparecieron complicidades y vínculos con estructuras de gobierno. El cultivo de drogas comenzó a integrarse a la economía local mientras otros habitantes intentaban escapar de ese destino a través de la educación. Hasta que llegó la sangre.

El asesinato de Nemesio López Reyes marcó un punto de quiebre. Maclovio mostró entonces sus capacidades para organizar el negocio y ampliar sus dominios. Lo que había comenzado como la historia de una familia rural tomó otra dimensión.

Espera, espera, querido lector.

Así resumiría, tras una lectura apresurada, el arranque del libro de uno de los hombres que más saben del narcotráfico y de su relación con el poder en Sinaloa. Un incansable luchador social nacido en Badiraguato el 15 de junio de 1949, profesor de matemáticas, licenciado en Derecho, doctor en Ciencias Sociales e investigador reconocido por el Conacyt.

Claro, me refiero a Rubén Rocha Moya, hoy en la orfandad política, señalado por autoridades de Estados Unidos por presuntos vínculos con “Los Chapitos” y sometido en México a una investigación que mantiene abiertas demasiadas preguntas, entre ellas la muerte del profesor Héctor Cuén.

En 1986 fue candidato a gobernador por el Movimiento Popular Sinaloense; de 1993 a 1997, rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa; en 1998 volvió a buscar la gubernatura, ahora por el PRD; fue coordinador de asesores de los gobernadores priistas Jesús Aguilar Padilla y Quirino Ordaz Coppel, senador y, finalmente, gobernador.

Sí, se trata de un gobernador que, décadas después de estudiar la relación entre narcotráfico y poder, terminó atrapado políticamente por el mismo fenómeno. Y esta vez parece difícil encontrar la salida.

En 2013, Rocha Moya publicó El disimulo. Así nació el narco (Granises Servicios Editoriales, ISBN 978-607-8167-28-9), una novela con amplias referencias a su natal Badiraguato en la que construyó, alrededor del ficticio pueblo de Chepederas, una historia sobre el nacimiento y expansión del narcotráfico y sus relaciones con el poder político.

Rocha siempre dejó claro que se trataba de una novela, pero también reconoció que detrás de aquella ficción había cosas que había visto, escuchado o conocido desde niño. Eso es lo que vuelve interesante recuperar hoy El disimulo.

En enero de 2014, al explicar su obra, sostuvo que el fenómeno del narcotráfico nace “al amparo del propio Estado”. Cuando habló de sus recuerdos de infancia en Badiraguato fue todavía más preciso: la amapola se sembraba presuntamente a escondidas, decía, aunque el negocio funcionaba mediante el “disimulo” de la autoridad, palabra que él mismo equiparó con el soborno.

Meses después dijo que lo narrado partía de acontecimientos reales, de cosas que le había tocado ver o escuchar, aunque los personajes y la historia pertenecieran a la ficción.

Pero hay algo más en el libro.

El disimulo cuenta cómo el dinero de las drogas modifica primero a una familia y después a toda una comunidad. La ilegalidad genera empleo, mueve dinero, crea intereses y termina generando dependencias económicas. Alrededor del negocio aparecen protección, tolerancia, corrupción institucional y redes familiares de poder transformadas en estructuras criminales.

La transformación no ocurre de golpe; primero está la necesidad, después llega el dinero, luego aparecen quienes dependen de ese dinero y, finalmente, aquello que comenzó como una actividad clandestina termina incorporado a la vida cotidiana. El narco ya no está fuera del pueblo… es parte del pueblo. Y para que eso ocurra se necesita el “disimulo”.

Rocha lo explicó desde sus propios recuerdos: la amapola podía cultivarse supuestamente a escondidas, pero el negocio necesitaba de una autoridad que supiera lo que estaba ocurriendo y permitiera que ocurriera. La autoridad sabe; el productor sabe que la autoridad sabe; existe un pago o un arreglo y todos mantienen la apariencia de que la ley se cumple. Sabía de qué hablaba pues.

Por eso resulta inevitable leer hoy aquellas páginas y mirar hacia Sinaloa. El gobernador, quien la víspera pidió licencia indefinida, atraviesa uno de los momentos de mayor aislamiento de su larga carrera política.

La captura de Ismael “El Mayo” Zambada por autoridades de Estados Unidos colocó a Sinaloa y a su gobierno en medio de una crisis que no terminó con el traslado del capo al otro lado de la frontera. Por el contrario: abrió una historia de acusaciones, sospechas, versiones encontradas y preguntas que siguen sin respuesta.

Y el viejo luchador social, el profesor de matemáticas, el investigador, el político de izquierda que finalmente llegó al gobierno aparece hoy cada vez más solo.

La ironía es difícil de pasar por alto. Aquel hombre nacido en Badiraguato conocía desde niño la economía de la amapola; estudió durante años la relación entre narcotráfico y poder; escribió una novela sobre la forma en que una comunidad termina acostumbrándose al dinero de las drogas y explicó públicamente que el narco pudo crecer “al amparo del propio Estado”.

Por eso tal vez por eso vale la pena regresar a El disimulo.

No para encontrar en una novela una sentencia contra Rubén Rocha Moya, sería ridículo. Mucho menos para convertir la ficción en prueba de los señalamientos que hoy enfrenta. Hay algo más interesante.

Escuchar a aquel Rocha de 2013, que conoció Badiraguato, que investigó el fenómeno, que entendió el valor de los silencios y que decidió llamar “disimulo” a esa vieja relación en la que la autoridad sabe, el criminal sabe que la autoridad sabe y, pese a todo, el negocio continúa, vañdría mucho la pena hoy.

¿En qué momento el gobernador dejó de escuchar al escritor?

RADAR

Sí, la Presidenta, Morena y buena parte de los liderazgos políticos de Morena han dejado solo a Rocha Moya. Su fugaz regreso al gobierno de Sinaloa terminó por hacerlo evidente: Gobernación aclaró que fue una decisión estrictamente personal y ayer la presidenta Claudia Sheinbaum dejó claro que no le parecía pertinente que retomara el cargo… que fue “imprudente”.

Treinta y cuatro horas después, Rocha volvió a pedir licencia.

En política también existe el disimulo. Pero hay momentos en que ya nadie está dispuesto a disimular

Temas:

Google Reviews