El primer ministro de Canadá, el economista liberal y católico Mark Carney, llegó al poder a principios de 2025 con el encargo de ponerle un alto a las presiones de Donald Trump. La hostilidad arancelaria y discursiva de Washington, que ha llegado a la amenaza de anexión del inmenso territorio canadiense, parte de una suposición no demostrada de que el vecino del norte se aprovecha de Estados Unidos en el actual esquema de relación bilateral, heredado de la liberación del comercio en América del Norte a fines del siglo XX.
Carney promovió la resistencia al trumpismo durante su campaña presidencial y apostó por una revisión del T-MEC que se distanciara lo menos posible del modelo de integración originario del NAFTA. Aunque identificado con ese liberalismo, el primer ministro reconoció que en la negociación con Trump su programa debía hacer concesiones al nuevo enfoque reindustrializador y proteccionista por medio de una vuelta a los combustibles fósiles y la promoción del autoconsumo.
En un valiente discurso en Davos, a principios de este año, Carney sostuvo que en medio de la ruptura del orden mundial y el irrespeto de las normativas liberales que siguieron a la Guerra Fría, las potencias medias, como Canadá, no podían quedarse cruzadas de brazos. Era indispensable defender la vigencia de esas normativas, aunque también era inevitable dotar a cada país de mayor autonomía energética y minera, y avanzar hacia nuevos esquemas de diversificación internacional.
Carney dijo entonces, en claro desafío a la Doctrina Donroe, que Canadá buscaría profundizar sus relaciones con China y el Sudeste Asiático, que defendería sus vínculos con la Unión Europea, la soberanía de Groenlandia y la independencia de Ucrania frente a Rusia. Esa “geometría variable” debía asegurar que una potencia media como Canadá siguiera beneficiándose de su vecindad con Estados Unidos y, a la vez, reforzara la diversidad internacional de su política exterior.
Carney está pagando ahora su insubordinación realista a Estados Unidos. Durante todo el proceso de renegociación del T-MEC, Trump ha sido implacable con los canadienses, al punto de provocar la interrupción de la mesa de diálogo la semana pasada y elevar a 50 por ciento los aranceles en los últimos días. La medida afectará, fundamentalmente, la industria automovilística y acerera de Canadá, que difícilmente encontraría otro mercado tan rentable que no sea el estadounidense.
El primer ministro ha llamado a resistir y aplicar la reciprocidad arancelaria, con la esperanza de que los daños que la guerra comercial provoquen en los propios Estados Unidos hagan recapacitar a Trump. Se inicia una nueva etapa en la batalla tarifaria entre los dos principales socios de México, que seguramente tendrá consecuencias inquietantes para la economía mexicana. El espejo canadiense proyecta sobre México una caída de las exportaciones a Estados Unidos de 75 por ciento a 72 por ciento en los dos últimos años.
Ecos del cisma
