ACORDES INTERNACIONALES

Dos soberanías bajo la misma agua

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El almirante Brad Cooper estableció la fórmula de contraataque en Ormuz con la sequedad de un cobrador; si disparan contra dos de nuestros buques, advirtió, destruiremos tres de los suyos. Y lo cumplió. El sábado 5 de septiembre el Comando Central inutilizó al M/T Downy frente a la isla de Jarg y al M/T Stark 1 cerca de Jask, y hundió al M/T Kylo en el golfo de Omán después de ordenar a la tripulación que lo abandonara. La represalia se ejecutó con la contabilidad hecha y la lección implícita: enseñarle a Teherán el costo de atacar buques norteamericanos.

La aritmética, así, está propuesta y supone un circuito cerrado entre dos contendientes. Sin embargo, el tránsito por Ormuz tiene otras variables.

Irán apuntó al estrecho desde el 28 de febrero, con el propósito declarado de presionar a Washington golpeando el suministro mundial. Antes de la guerra cruzaban entre 130 y 140 petroleros diarios; ahora pasan entre seis y 11. Desde entonces, la Guardia Revolucionaria administra rutas autorizadas; además, ha advertido que quien navegue fuera de ellas quedará expuesto y su vocero admitió haber multado cada noche a dos o cinco embarcaciones. Por si fuera poco, cerca de seis mil marineros llevan meses varados en el Golfo.

La pregunta sobre la capacidad iraní de trasladar el castigo a terceros tiene, entonces, seis meses de respuesta empírica. Lo que aún no queda claro es el rendimiento político de ese traslado. Teherán vende el mismo crudo cuyo tránsito estrangula y sostiene una flota fantasma que navega sin transpondedor ni seguro. El daño a los ajenos llegó puntual, pero la impaciencia que debía convertirse en presión sobre Washington sigue sin cuajar. Aún con el instrumento, Irán todavía no obtiene el resultado buscado.

Washington enfrenta una versión simétrica del mismo problema. Trump afirmó desde el Despacho Oval que Estados Unidos controla el estrecho al completo y que sus fuerzas barrieron las minas iraníes. Pero los datos de tránsito desmienten esa frase cada mañana. Mientras tanto, la reapertura se negocia en Mascate; Omán e Irán discuten un corredor conjunto y el retiro de minas, y Teherán condiciona el paso al fin de las hostilidades, al levantamiento de las sanciones y a la liberación de sus activos congelados.

Ahí aparece el costo verdadero de castigar a Irán. Aunque Estados Unidos muestre una gran capacidad de destruir buques, no consigue llamar al orden a Irán. Los armadores griegos, las refinerías asiáticas y los gobiernos que dependen de este paso terminarán pidiéndole moderación a Washington precisamente porque lo juzgan capaz de imponerla. Y Teherán puede aprovechar esa distancia sin ganar un solo combate.

Dos potencias reclaman soberanía sobre el mismo estrecho. La aritmética de tres por dos ha quedado establecida; falta aún por contar cada buque que decide quedarse en puerto. Destruir se demuestra en una tarde; pero tranquilizar exige una autoridad que hoy nadie ejerce en Ormuz.

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