Es indiscutible que cualquier programa social tiene como espina dorsal una buena intención. Detrás de cada presupuesto destinado, detrás de cada política pública aprobada, subyace un deseo legítimo de construir un país más justo, más equitativo, más pleno.
En ese sentido, discutir la bondad del propósito de programas como Jóvenes Construyendo el Futuro sería ocioso. Sin embargo, lo que sí vale la pena discutir, con rigor y responsabilidad, es la pericia en su diseño, en su planeación de largo plazo y en su viabilidad económica más allá de contextos temporales favorables o de narrativas optimistas.
Cuando se anuncia, de manera inesperada y seguramente calculada, la suspensión “temporal” de un programa social que durante siete años ha tenido un despliegue tan amplio como el de éste, hay que mirar más allá de la lectura institucional que subraya metas cumplidas y éxitos resonantes.
Que el Gobierno argumente que la pausa responde a “haber alcanzado la meta anual antes de tiempo” es, por decirlo suavemente, inédito en la narrativa oficial. Y ¿por qué inédito? Porque no sólo se modifica la interpretación de cómo se mide el éxito, sino que también nos recuerda, entre líneas, que el dinero, como cualquier recurso, no es infinito ni inmune al paso del tiempo.
Aún más elocuente que los números acumulados (que hablan de millones de jóvenes capacitados y de presupuestos históricos invertidos) es la pregunta silenciada: ¿Está cumpliendo este programa su objetivo original? Es un dilema que no se aclara con cifras ni con datos acumulativos, sino revisando los resultados en el día a día de los beneficiarios.
¿Es un paliativo eficiente o un verdadero trampolín hacia el futuro para estos jóvenes? ¿Es sostenible? ¿Es una herramienta transformadora o una aspiración que se desmorona al enfrentarse al entorno económico liberal que México, guste o no, todavía habita?
México no vive en una burbuja; las reglas del mercado están presentes en cada rincón de nuestra realidad. Sin un diseño actuarial robusto que permita a los programas sociales permanecer sólidos no sólo durante momentos de “vacas gordas”, sino también en los tiempos duros, su destino queda sellado como temporal. Bonitos en el papel, efímeros en los hechos.
Por eso, hoy más que nunca, debemos alzar la voz para exigir planificación, objetividad y una mirada al mediano y largo plazo. Sin ellas, las buenas intenciones seguirán siendo la mejor materia prima de las promesas políticas de cualquier color, mientras la desigualdad y las carencias continúan siendo el desafío más urgente.
Y desde todo está en orden… El motín de ayer en el penal de Mazatlán no es sólo un enfrentamiento entre internos; es el reflejo de una Sinaloa que sigue enfrentando desafíos complejos.
Los programas sociales y la prédica no cristalizan cuando la violencia marca su sangriento terreno.