Todo parece indicar que el Partido Demócrata ganará las elecciones de medio término en Estados Unidos; no sólo la Cámara de Representantes, algo que se ha pronosticado desde hace meses, sino incluso el Senado.
Esto llama particularmente la atención, pues, en primer lugar, a pesar de que los republicanos rediseñaron los mapas electorales en estados como Texas y Florida, en una práctica que se conoce en inglés como gerrymandering —el trazado estratégico de distritos electorales para favorecer a un partido y perjudicar a sus adversarios—, su derrota parece inminente.
En segundo lugar, el mapa electoral del Senado favorece naturalmente a los republicanos, pues los demócratas tienen que defender 13 de los 35 escaños en disputa y ganar al menos cuatro más para recuperar la mayoría. Para lograrlo, necesitan imponerse en estados que históricamente han votado por los republicanos o que son altamente competitivos, como Ohio, Maine y Alaska.
La corrupción y el caos de la administración de Donald Trump desempeñan, sin lugar a duda, un papel importante. Los demócratas, en lugar de atacar las políticas del presidente o de concentrar sus campañas en los peligros que enfrenta la democracia estadounidense, han invertido su capital político en señalar un sistema profundamente corrupto, en el que el presidente, su familia cercana y una serie de multimillonarios se han aprovechado del poder que ostentan para enriquecerse vulgarmente. Desde el inicio de su segundo mandato, se calcula que la fortuna de Trump ha aumentado alrededor de 2,700 millones de dólares. Mientras el ciudadano de a pie tiene dificultades para pagar sus gastos más básicos, Elon Musk, aliado del presidente, ha visto crecer su fortuna hasta superar el billón de dólares, según estimaciones de Forbes.
Sin embargo, el verdadero talón de Aquiles de los republicanos en esta campaña es el fracaso en la guerra contra Irán, un autogol que era fácil de evitar. La guerra tiene dos efectos. En el ámbito político, la campaña militar, que lleva ya más de siete meses, contradice una de las promesas más elementales del presidente Trump: poner a Estados Unidos en primer lugar, o, como se conoce en inglés, America First. El aislacionismo del presidente fue la bandera que le permitió establecer un contraste importante con el movimiento neoconservador de George W. Bush y sus predecesores: la promesa de que Estados Unidos no gastaría más en guerras a miles de kilómetros de casa y que los recursos se concentrarían, en cambio, en mejorar la situación económica de la población.
El segundo efecto, y tal vez el factor más importante en la elección que viene, es la inflación, que sigue aumentando como resultado del alza de los precios de los hidrocarburos, sobre todo el diésel, después de que Irán decidiera cerrar el estrecho de Ormuz y todo el Medio Oriente se hundiera en una guerra sin salida. En la campaña contra Kamala Harris, la estrepitosa alza de los precios después de que el país saliera de la pandemia durante el mandato del presidente Joe Biden desempeñó un papel central. Donald Trump prometió a su electorado y al país entero que los días de inflación llegarían a su fin. Sin embargo, tan sólo en septiembre de 2026, la inflación registró un aumento mensual del 0.6 por ciento y alcanzó una tasa interanual del 3.7 por ciento. Los precios de la gasolina subieron un 9.1 por ciento en un solo mes, mientras que el índice general de energía aumentó un 5.2 por ciento.
Corrupción, inflación y guerra: esos son los temas principales en este ciclo electoral. Tan impopular es el presidente y tan consternados están los estadounidenses por estos asuntos que incluso bastiones clásicos del republicanismo, como Texas y Kansas, están en juego.