En mayo de 1856, el senador estadounidense Charles Sumner pronunció un discurso en contra de la esclavitud y atacó duramen te a varios de sus defensores en el Senado. Dos días después, Preston Brooks entró al recinto, lo encontró sentado en su escritorio y decidió responderle a bastonazos hasta dejarlo ensangrentado e inconsciente.
El penoso episodio ha pasado a la historia como uno de los momentos más graves del Congreso estadounidense, no solamente por la agresión, sino porque dejó claro lo bajo en que puede caer la política cuando los argumentos se acaban y le dan paso a la provocación o al espectáculo con el fin de sustituir al debate.
Ciento setenta años después seguramente nadie espera ver a un diputado resolviendo sus diferencias a bastonazos, pero Carlos Gutiérrez Mancilla, una persona con más pinta de malandrín de barrio que de diputa do, volvió a ser protagonista de un show en la Cámara de Diputados, después de que él y algunos legisladores de su partido, el PRI, arrojaran agua sucia sobre el logotipo de Movimiento Ciudadano para protestar, según ellos, por la crisis del agua en Jalisco. Después alcanzó a Jorge Álvarez Máynez, lo increpó, le lanzó agua, hubo empujones y terminó llamándolo “asesino” y “cobarde”. Todo esto con la intención de llamar la atención sobre un problema que merece una discusión bastante más seria que aventarse agua y actuar como payasos. El problema es que Mancilla ya tiene antecedentes de este tipo. Apenas en agosto protagonizó otro enfrentamiento con el diputado morenista Arturo Ávila, donde lo empujó, jaloneó e insultó, y en mayo ya había tenido otro encontronazo durante una discusión en el pleno legislativo. El Congreso es, precisamente, el lugar donde alguien debería demostrar que puede sostener una posición con argumentos, presentar iniciativas y votar por lo mejor para todos los mexicanos; sin embargo, aquí estamos ha blando más de un porro a sueldo que de un legislador que representa a México.

• Conmoción VIP
Eso es precisamente lo que deforma una parte de la política mexicana. Este tipo de payasos entendieron que una propuesta tarda semanas en discutirse, y que, si presentan una iniciativa, puede tardarse meses sin generar una sola nota, pero un pleito puede recorrer las redes sociales en cuestión de minutos. Ahí aparece la tentación de sustituir el trabajo legislativo por el espectáculo, para muchos resulta mejor y más sencillo convertirse en noticia que convertirse en un buen diputado. Lo grave es que cada vez que eso ocurre, el problema que supuesta mente estaban defendiendo termina desapareciendo, y toda la conversación queda reducida al escándalo que provocaron.
Jalisco tiene un problema real con la calidad y el abasto del agua, existen ciudadanos inconformes y hay responsabilidades que deben discutirse. Nada de eso se resuelve aventándole agua a un dirigente partidista dentro de San Lázaro. Tampoco se resuelve empujando ni convirtiendo los pasillos del Congre so en un ring de box. Si un diputado quiere denunciar algo, tiene una tribuna, recursos y una cantidad de herramientas que cualquier ciudadano común desearía tener para hacerse escuchar, pero este tipo de personajes, que prefieren un bacanal, resulta sumamente difícil creer que lo que más le preocupa sea resolver problemas
Quizá por eso conviene recordar aquella historia de 1856. Preston Brooks seguramente creyó que había defendido su causa cuando levantó el bastón contra Sumner; lo que terminó dejando para la historia fue el ejemplo de un Congreso donde la razón había perdido espacio frente a la violencia. Las dimensiones son distintas, claro, pero la lección sigue funcionando: cuando un legislador necesita destruir, empujar, insultar o hacer un espectáculo para hacer se notar, no está fortaleciendo el debate, está demostrando que el debate es lo que menos le importa.
Reenviado
“No hay negocio como el negocio del espectáculo”
- Irving Berlin, escritor
y compositor estadounidense

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