TINTA ITAM

Una sola puerta

TINTA ITAM

Tinta ITAM Foto: larazondemexico

46 %. Ésa es la proporción de adultos entrevistados que, según la encuesta recientemente publicada en El Financiero, votaría hoy por Morena para renovar la Cámara de Diputados; el PAN reúne 8 %, el PRI 6 % y Movimiento Ciudadano 5 %. Casi un tercio de los encuestados no encuentra partido que nombrar. A poco más de siete meses de la elección, la cifra deja una pregunta que conviene no contestar apresuradamente: ¿qué le sucede a una democracia cuando, para entrar en la vida pública, empieza a quedar una sola puerta?

¿Vale llamarle a esto polarización? Para que haya dos polos es preciso que ambos pesen. Lo que la encuesta pinta se parece más a un predominio. Quienes miran al país desde arriba suelen atribuirlo a la dádiva o al opio. Encuentro que la predominancia de un partido se sostiene, más bien, en un relato que millones hacen propio, porque nombra agravios que vivieron, y en una presencia ganada en tierra, desde hace tiempo. Quien desestima esa fuerza no la entiende, y quien no la entiende no atina a construir una alternativa igualmente sólida.

Enfrente, el paisaje a medio construir. Unos negocian las coaliciones que hace un año juraron no repetir; otros ensayan la travesía en solitario; casi ninguno ha caminado el territorio con la paciencia de quien piensa el futuro del país más allá de los próximos comicios. Y, dentro de la casa grande, el aliado satélite cobra caro una lealtad que los votantes apenas si le reconocen.

Que un partido gane, y que gane con holgura, pertenece aún al juego democrático. Pero una democracia vale por algo más que la jornada electoral. Vale en tanto que permite exigir cuentas mientras se gobierna y cuando el encargo termina. ¿Y a quién se le piden cuentas cuando el único capaz de pedirlas es el mismo que debe rendirlas? Ya conocimos, el siglo pasado, un país donde la vida pública tenía una sola entrada y donde el poder, a fuerza de no tener adversario, terminó por rendir cuentas a sí mismo. La alarma habita en lo que una mayoría tolera dentro de sí cuando nadie la vigila. El cacique que cruza la puerta de otro color; el pragmatismo que confunde ganar con gobernar.

Por eso me inquieta menos la falta de votantes que la de políticos. Faltan mujeres y hombres persuadidos de que la pluralidad del país, guiada por principios de justicia, redunda en un gobierno mejor que una voluntad unívoca; quienes entren a la vida pública para servir a quienes miran de lejos los pleitos de unos cuantos, y se duelen, en cambio, de una violencia sin razón y de un orden hecho para servir a muy pocos. Frente al poder que desdeña la técnica, encuentro que la aflicción es mala consejera.

A quienes conocimos la alternancia en los libros y en las aulas, y ya no en las urnas nos toca algo más modesto y más difícil que cualquier épica: formar un núcleo de principios que no se negocie cada ciclo electoral; poner el dato y el oficio al servicio de quien sufre lo que puede evitarse; aprender el territorio antes que el discurso. Si no lo hacemos, la puerta será una sola, y quien quiera servir a su país tendrá que dejar en el umbral los principios que lo hicieron querer servir.

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