El PRIporro de cantina, Carlos Gutiérrez Mancilla ya agarró gusto por el pleito. Esta semana decidió llevar agua sucia a la Cámara de Diputados, tirarla sobre el logotipo de Movimiento Ciudadano, perseguir a Jorge Álvarez Máynez, aventarle el agua encima, empujarlo y gritarle como cricoso exigiendo “merca”.
Todo, según él, para llamar la atención sobre el problema del agua en Jalisco. Después explicó que lo suyo no era violencia, sino una acción “disruptiva”. ¡De buenas! Ya nada más falta que la Cámara de Diputados abra una comisión especial para distinguir entre trancazos legislativos y trancazos disruptivos.
El pequeño problema es que Mancilla tiene historial. En agosto se agarró con Arturo Ávila en el Senado, hubo empujones, jaloneos e insultos; antes ya había retado a golpes a otro diputado de Morena y, por si faltaba algo, hace unas semanas apareció en el Congreso con una gorra al estilo Trump que decía Make Mexico Safe Again. El hombre podrá tener muchas cosas, pero por lo visto lo que no tiene es una sesión diaria con un psicólogo, o en su historial debería de aparecer que pasó tiempo en un anexo, ¿no?
Y como todo alumno necesita un buen maestro, ahí está Alejandro Alito Moreno. El destructor nacional del PRI ya había mostrado el camino desde el año pasado, cuando terminó a empujones y golpes con Gerardo Fernández Noroña en pleno Senado. Ahí hubo amenazas, manotazos y hasta un colaborador terminó con una supuesta lesión que ameritó un collarín. Desde entonces Alito dejó bastante claro que su manera de hacer oposición incluye todo el repertorio: conferencias, denuncias, viajes a Washington y, si se ofrece, también un poco de contacto físico de alto rendimiento.
Mancilla, además, no anda precisamente por la libre. Es un diputado cercano a Alito Moreno y el PRI incluso lo colocó como representante del Poder Legislativo ante el INE, donde en una sola sesión consiguió descomponer la discusión con base en acusaciones y confrontaciones. Después del último zafarrancho en San Lázaro, la Cámara tuvo que endurecer sus medidas de seguridad, expulsó a sus asesores, quienes participaron en el pleito de cantina, y acordó prohibir el ingreso de escoltas armados. No está nada mal para alguien que supuestamente llegó al Congreso a hacer leyes.
Lo verdaderamente simpático es que Alito y Mancilla parecen haber encontrado una fórmula infalible, si no alcanza con el discurso, que vengan las descalificaciones; si no alcanza con las descalificaciones, provoca; si tampoco funciona, arma el pleito ranchero y asegúrate de que haya cámaras cerca. El PRI podrá tener problemas electorales, de credibilidad y hasta internos, pero por lo menos en espectáculo anda bastante bien servido. Uno avienta golpes en el Senado y el otro, agua sucia en San Lázaro. Trabajo en equipo, le dicen.
La última…
Al diputado Mancilla le gusta decir que sus acciones son “disruptivas” y Alito Moreno lleva toda su vida demostrando que lo suyo son las acciones porriles. A este paso, al PRI ya no le hace falta un líder o un coordinador parlamentario. Le hace falta sparring para dar buenos shows.
…y nos vamos.


