Se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Veamos algunas claves de lo que deja este trepidante proceso electoral en su conjunto.
Lo primero que hay que señalar es que Luiz Inácio Lula da Silva, presidente en funciones, estaba obligado a ganar. En los sistemas presidenciales que permiten la reelección inmediata —como Estados Unidos, Argentina, Ecuador o Brasil— el horizonte debe ser ganar los dos periodos consecutivos. En ese sentido, Lula cumplió, por segunda ocasión, con lo que se esperaba de él. Ahora bien: si la elección presidencial de Brasil no fuera a dos vueltas, sino por mayoría relativa —como en México—, habría perdido, con todo y la confianza que tenía la campaña del oficialismo de triunfar desde el 4 de octubre.
Ciertamente, Lula logró, en sólo tres semanas, una remontada memorable. Es la primera vez desde el retorno a la democracia en Brasil, cuando se instaló el sistema de elección por mayoría absoluta —que exige una segunda vuelta o balotaje cuando ningún candidato consigue la mitad más uno de los votos—, que un candidato que había quedado en segundo lugar, en la primera vuelta, logra imponerse en la ronda decisiva.

Sin remordimientos
Hay algunos factores que contribuyen a explicar el resultado: un uso asertivo de las redes sociales y un duro trabajo de convencimiento para conseguir votos de quienes se habían abstenido en la primera ronda. Desde luego, Lula sacó provecho de su condición de presidente en funciones y aprendió de sus errores, algunos muy elementales, de modo que ahora sí se presentó al debate presidencial (que había desdeñado en la primera vuelta). Por su parte, Flávio Bolsonaro, ganador de la primera vuelta, parece haberse confiado de la tendencia triunfalista que le acompañó no sólo a él, sino a los candidatos del Partido Liberal que el 4 de octubre ganaron con contundencia muchas gubernaturas, diputaciones y senadurías.
No hay que dejarse engañar por el resultado que le dio el triunfo a Lula. Fue tan sólo un 3.5% de votos lo que separó a las dos candidaturas. Lo que en realidad refleja el resultado de la elección general de Brasil es un equilibrio de fuerzas entre el oficialista Partido de los Trabajadores (PT) y la derecha que apoya al bolsonarismo. El cuadro de gobernabilidad que va a enfrentar Lula a partir de enero de 2027, cuando inicie su cuarto y último mandato, será muy distinto a los que había enfrentado al comienzo de sus anteriores administraciones.
Producto de la irrefrenable polarización política que atraviesa Brasil —y de la que Lula es, en buena medida, el principal promotor y responsable—, hoy el centro político está desfondado y los espacios de poder que emergieron tras las elecciones se dividen en equilibrios precarios entre el oficialismo y la oposición. Lula enfrentará un congreso sin predominio de su partido y en la mayoría de los estados habrá gobernadores de derecha. Es cierto que en Brasil la indisciplina legislativa —la tendencia de diputados y senadores a votar de manera distinta a la línea de su partido— ha sido la solución para alcanzar acuerdos que le permiten al presidente en turno tener ciertas condiciones de gobernabilidad. El llamado bloque del centrão estará, una vez más, llamado a ser el gozne que evite —o no— la parálisis del gobierno.
La agenda de demandas ciudadanas, concentradas en temas de seguridad y economía, no tendrá una pronta ni fácil solución: una criminalidad descontrolada, que los gobiernos del PT han sido incapaces de atender; y, en lo económico, la vocación de gasto clientelar de los gobiernos de izquierda, la elevadísima deuda pública, la mala calidad de los servicios, los altos intereses y el alto costo de vida que impiden a una inmensa porción de la población en Brasil “llegar a fin de mes”, es un conjunto de severos desafíos a enfrentar. Complejo panorama para el gigante de Sudamérica.

¿Nadie se dio cuenta?

