Existir

Las sombras de Gray
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Para R y A, por todo

Nuestras vidas, en este mundo real —inasible, extraño y a menudo cruel— son apenas átomos insignificantes, que adquieren valor momentáneo por aquellos lugares y personas sobre los que volcamos sensaciones, experiencias, realidades. Escribo estas líneas tras recibir el Año Nuevo con los suicidios de dos amigos. Dos seres maravillosos, dos circunstancias diversas, una decisión común. Luego, tras recordarme el cartel de un callejón parisino que hace seis décadas murió Albert Camus, ambos temas se conectaron en mi mente.

Volví, años después de mis lecturas universitarias, a sus reflexiones sobre ese acto de soberanía, suprema y trágica, con el que las personas deciden poner fin a su existencia física. Camus presenta en El mito de Sísifo su tesis sobre la preeminencia del suicidio como problema filosófico. Y con ello pone en cuestión un tema que nuestras sociedades, cristianas, se niegan a reconocer hasta el momento en que vecinos o deudos se topan con el cadáver. Ese instante en que, estremecidos y desgarrados, repiten cosas como ¿qué lo motivó a ello? ¿Cómo puede irse así? ¿Cuánto sentido tiene todo?

Ésa es la clave: qué sentido tiene todo. El mito de Sísifo es la metáfora del esfuerzo constante e inútil de la humanidad por hallar causas y razones profundas —y nobles— a nuestro paso por el mundo. Despojarnos de la vida es, según el filósofo “confesar que la vida nos supera (…) que no la entendemos” o que, simplemente, “no vale la pena”. Las razones del abandono pueden revestir muchas formas, pero su origen es siempre uno: un mundo privado de ilusiones para habitarlo y luces para comprenderlo —y comprendernos— nos hace sentir extranjeros, desarraigados, parias. Aun en suelo propio.

En todo caso, a partir del reconocimiento del absurdo que media entre nuestros reclamos y la sordera del mundo, al hombre libre le quedaría, camusianamente, la decisión de existir resistiendo. Sin buscar propósitos trascendentes, ejerciendo su vitalidad y diginidad tanto como le sea posible. En la mayor contingencia y, de nuevo, soledad. Personas notables —madres luchadoras con un hogar a cuestas, escritores y científicos en la flor de su creación, políticos irredentos— han optado por ello, dejándonos legados de resistencia personal, amor al prójimo y enseñanza de vida. Legados que deberían hacernos mejor especie y más resilientes personas. Aunque no siempre lo consigan.

Los diarios y la vida cotidiana nos saturan, en el cotidiano, con estímulos de vida y muerte. Lo que optemos elegir, en libertad, no tendrá más o menos valor que la opción opuesta. Existir humanamente es trascender. Lo otro, emular la fotosíntesis de las plantas o el apareamiento de las morsas, no parece una buena opción. No para una especie capaz de parir, alguna vez, a un Albert Camus.

Puestos ante la eventualidad del trance, algunos invocaremos las imágenes de los seres queridos, de los duelos y ausencias de nuestra partida, de lo mucho que nos queda hipotéticamente por hacer. La culpa, la esperanza y el temor se arremolinan. A quienes creen en la posibilidad y consuelo de otra vida, el salto se les hará quizá más llevadero. Para los escépticos y agnósticos, la ruptura es más radical: aquí termina todo. Y mis amigos —como yo, como Camus mismo— eran de esa especie.

Debemos poder existir y partir, del modo más libre y digno posible, del mundo. Ser concientes de eso nos llevaría, quizá, a relativizar los juicios atávicos sobre la vida y la muerte, en que somos mal educados. Y proporcionarnos más atención y afecto, entre prójimos y ajenos, mientras habitemos este universo prestado. Reconocernos, cada día y ante el final, en nuestra frágil y hermosa humanidad.