Antonio Michel Guardiola

Entre la espada y la pared fronteriza

ARISTAS

Antonio Michel Guardiola*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Antonio Michel Guardiola
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
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  • Antonio Michel Guardiola

Los presidentes de México y Estados Unidos sostuvieron una llamada telefónica el viernes, cuyo tema central fue la migración. Si bien abordaron otros temas muy relevantes, como la economía, la seguridad o la salud pública, no debe sorprendernos que la migración se coloque en la cima de la agenda bilateral. Es un juego en el que ninguno quiere participar: sin importar la ficha a mover en el tablero, invariablemente el jugador perderá.

El gobierno de López Obrador arrancó con una visión humanitaria hacia la migración. Prometió facilitar el ingreso de migrantes centroamericanos; ofreció visas de visitante por razones humanitarias y abogaba por las caravanas migrantes. En cuanto el expresidente Trump amenazó con elevar los aranceles si no disminuían los cruces fronterizos, la política migratoria mexicana dio un giro de 180 grados.

México ha desplegado miles de elementos de la Guardia Nacional a lo largo de su frontera sur para restringir los flujos provenientes de Centroamérica. Este muro militar es insuficiente ante la porosidad del sur, pues en contraste a los 12 puntos de cruce formales, hay 370 informales. Además, la Guardia Nacional no está capacitada para manejar esta crisis migratoria, por lo que frecuentemente son violados los derechos humanos de las personas migrantes al ser detenidos por las autoridades. Un posicionamiento intransigente contra el ingreso de flujos migratorios desde el sur no sólo va en contra de nuestra política exterior receptiva a la migración, sino que ningún líder político quisiera ser el blanco de los organismos internacionales y la sociedad civil al no permitir a estas personas una salida a la violencia que viven en sus países de origen.

Por otro lado, Estados Unidos enfrenta una dicotomía similar. Biden ganó las elecciones gracias a una campaña que planteaba políticas diametralmente opuestas a su antecesor Donald Trump. Un punto clave era la migración. Biden prometió otorgar residencia a más de 11 millones de personas indocumentadas. Garantizó, también, la continuidad de programas como el de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés). Aseguró que su gobierno sería más receptivo a nuevos flujos migratorios. Se opuso a la continuidad de “Permanece en México” y detuvo la construcción del muro fronterizo de Trump.

Lógicamente, esta serie de promesas y anuncios catapultó los flujos migratorios ante la esperanza de una ventana más amplia hacia una mejor calidad de vida. Con cifras mucho más altas de lo esperado por Washington, en el primer año fiscal de Biden las detenciones fronterizas ascendieron a 1 millón 735 mil, comparado con 458 mil del año anterior. Ante la imposibilidad de controlar la llegada de personas vulnerables a la frontera con México, Biden replicó medidas de su antecesor para obligarles a esperar en territorio mexicano la resolución de sus solicitudes de asilo, lo cual le ha merecido críticas por parte de la sociedad civil y las facciones más liberales de su propio partido.

En vísperas de las elecciones intermedias de Estados Unidos a finales de este año, un elemento que jugará en contra de los demócratas es la migración. Biden no puede desechar las solicitudes de asilo o recrudecer su política migratoria porque iría en contra de sus promesas de campaña, mientras que la alternativa de flexibilizar su ingreso es insostenible para su mercado laboral, sus instalaciones, su sistema migratorio y la tolerancia de su oposición política.

Los mandatarios de México y Estados Unidos se encuentran paralizados entre la espada y la pared: restringir los flujos migratorios va en contra de sus narrativas y sería objeto de críticas destructivas por atentar en contra de los derechos humanos; permitir su ingreso no regulado detona una crisis humanitaria en ambos lados de la frontera. Las consecuencias de cualquier polo del espectro tendrán repercusiones para las aspiraciones políticas de sus partidos políticos. Permanecer en la posición actual tampoco es la solución, pues la espada cada vez presiona más en el pecho y el espacio entre la pared se reduce. Bastará más de una llamada telefónica. Hay que buscar soluciones conjuntas a un problema compartido.

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