Bernardo Bolaños

Defensores de Putin en México

ANTROPOCENO

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Bernardo Bolaños

El antiamericanismo que, por razones históricas, campea en América Latina, es utilizado por Vladimir Putin en su confrontación con Occidente. El presidente ruso no es un comunista, pero miles de marxistas latinoamericanos lo ven con simpatía. De hecho, Putin comenzó su carrera política al lado del liberal Boris Yeltsin y logró excluir a los comunistas del reparto de las empresas de Estado soviéticas (constituyendo Yeltsin y él un círculo de oligarcas amigos).

Putin culpa a Lenin y a Stalin de la creación de Ucrania y ha advertido a los pobres ciudadanos ucranianos que, si quieren la “descomunización”, eso significa deshacer lo hecho por los líderes soviéticos. La anexión. En resumen, el presidente ruso no es afín ideológicamente a la izquierda latinoamericana, ¡y, sin embargo, ha sido adoptado por Maduro en Venezuela, por Ortega en Nicaragua y por muchos marxistas del mundo, incluido México!

Desde luego, el conflicto en Ucrania no debe leerse en blanco y negro. Si bien Rusia no es una democracia y viola el derecho internacional al reconocer a las regiones separatistas en el este de Ucrania y al enviar a ellas tropas de “mantenimiento de la paz”, lo cierto es que en estos años Occidente no ha escuchado suficientemente a los habitantes ruso-parlantes de las mismas. Véase en Netflix el aclamado documental “Invierno bajo fuego: la lucha de Ucrania por la libertad” (2016); no se escuchará en él la versión de los habitantes prorrusos del Donbás.

La comunidad internacional ha impuesto sanciones a los oligarcas rusos... mmmh y bueno, a otros les ha dado títulos de nobleza. En 2020, el primer ministro británico Boris Johnson propuso como nuevo Lord a Evgeny Lebedev, millonario hijo de un exagente de la KGB y propietario de los periódicos Evening Standard y The Independent.

Por lo tanto, no caigamos en narrativas maniqueas. Una visión equilibrada consiste en conceder que el eventual ingreso de Ucrania a la OTAN es una preocupación legítima para la potencia rusa. Apenas en 1991, Ucrania formaba parte de la Unión Soviética. Muchos ni siquiera saben que en ese país se encuentra Chernóbil y asocian intuitivamente el lugar, de triste memoria, con el territorio ruso. ¿Cuba tenía el derecho soberano de acoger misiles nucleares soviéticos en 1962? En todo caso, Estados Unidos tenía un legítimo interés en impedirlo, como lo tiene Rusia hoy para tratar de evitar la entrada de Ucrania al club militar atlantista.

Pero el discurso de Putin va más allá de esta preocupación. Negar la identidad nacional de Ucrania es un mal presagio. Ante los tambores de guerra, no hay que escuchar a los influencers marxistas que, envenenados de antiamericanismo, apoyan al autócrata ruso y hablan de supuestos batallones de neonazis ucranianos apoyados por la OTAN. La presencia de neonazis en Ucrania se exagera. En 2019, la lista unificada de extrema derecha ucraniana obtuvo sólo 2.15% del voto popular. No, ni el pueblo ucraniano es neonazi, ni Putin es un libertador.